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Un hombre de familia y Un cuento de navidad

Por Sebastián Di Domenica. Me gusta el cine mágico. Aquel en el que hay finales felices, los enfermos se curan y los sueños son alcanzables. En ese combo también suelen aparecer los ángeles: aquellos que entran en la vida de un personaje para darle una mano ante un grave problema. Por supuesto, siempre a partir de buenas historias, bien contadas y actuadas con el mejor oficio. Ese tipo de películas me gustan mucho, y por eso durante muchos años fui un gran seguidor de las producciones norteamericanas que transcurren en la navidad. A las que están entre mis preferidas, las veo una y otra vez cada vez que las agarro en el cable. Una de ellas es "Un hombre de familia" del año 2000. La historia de un asesor financiero soltero y exitoso que una noche de Navidad en Nueva York se encuentra con un angel (un joven negro que asalta un autoservicio) que lo traslada a la vida que en algún momento rechazó. El final presenta una de esas escenas exquisitas que puede ofrecer ese cine que me gusta: Nicholas Cage y la hermosa Tea Leoni se sientan a tomar un café en un aeropuerto vacío, la cámara se aleja, y se puede ver que afuera es de noche y cae la nieve de manera lenta. La historia que no había sido puede llegar a ser.  

En la escena anterior a ese final, el protagonista corría en busca de su antigua novia a la que había dejado muchos años atrás. La mujer que en ese momento emprendía un vuelo para mudarse a París se sorprende ante la llegada de aquel hombre que le pide que postergue todo. Primero ella se niega, pero ante el relato de aquel sueño en el que ella también era protagonista, decide aceptar y tomar ese café. El angel que lleva al protagonista a ver aquello que no fue o que puede llegar a ser está muy visto en el cine de ese país. El famoso "Cuento de Navidad" de Charles Dickens de manera periódica es actualizado y versionado en formatos varios. En esa novela corta de 1843, varios espíritus llevan a un hombre, avaro y egoista y que no era bondadoso en Navidad, a viajar por el tiempo y ver entre otras cosas su solitario entierro. El maravilloso relato de Dickens y todas la historias que toman algo de aquel plantean la fórmula del hombre ante el balance personal: ¿Hice lo correcto con mi vida? ¿He logrado ser feliz? ¿He sido fiel a mis ideas y mis deseos? ¿Me porté bien con los que están cerca mío y con toda la sociedad?  

Muy lejos de la locura del shopping, de las vacaciones adelantadas, del Vitel Tone en la casa de la tía, las fiestas y el fin de año obligan al análisis y a la reflexión sobre lo que somos y lo que hicimos. Tal vez en la vida real no existan ángeles que nos muestran aquello que no pudimos hacer de la mejor manera o que nos señalen las elecciones equivocadas. Sin embargo, existen este tipo de historias en libros y películas, que nos invitan a reflexionar. Dickens en su cuento no solo se ocupa de las fallas del protagonista, sino que en ese viaje mágico también se ocupa de exponer el matrato infantil, los trabajadores explotados, y las familias en condiciones miserables. El recorrido mágico nos obliga a ver que el dolor está muy cerca y que debemos saberlo para actuar en consecuencia. Es decir, además de ser introspectivo, el cuento es muy político. En "El hombre de familia", Cage era una asesor financiero egoista que finalmente siente la frialdad y la soledad del dinero por el dinero. El negro que lo asalta a punta de pistola, y que resultaba ser un angel, es el mismo que lo lleva a abrir los ojos ante su vida.  

Pero tal vez usted se pregunte; ¿qué relación tiene todo esto con internet y la sociedad digital, tema de esta columna? La semana pasada conversaba con un amigo que tiene una hija adolescente y me contaba sobre ella. Me decía que está todo el día con los SMS, con el Facebook, con el chat y la lista sigue. Preocupado me dijo; no tiene tiempo para conversar conmigo, ni para ver una película completa y mucho menos para leer un libro. Siempre digo aquí y en todos lados que es realmente maravilloso vivir en una época en la que toda la información disponible está al alcance de un par de clicks. A su vez, también es increíble poder tener en el bolsillo de la camisa un dispositvo tecnológico para estar conectado a todo y todos y ser receptor y también emisor. Todo eso es maravilloso. Pero tantas posibilidades de acceso y tanta información disponible ha generado un estado de alerta y ansiedad que no es tan bueno. Apagar los dispositivos tecnológicos a veces es una buena idea para abrir puertas, para entender qué nos pasa y ver el mundo complicado y complejo que nos rodea. Charlar con personas cercanas, ver buen cine, leer libros son acciones irremplazables y que requieren la quietud pre tecnológica. Que el brillo de las pantallas y el incesante flujo de información no ensucie maravillosos momentos y la posibilidad de vernos en el espejo, con o sin la presencia de ángeles. 

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