CONFESIONES DE PRIMAVERA |
| Mujeres |
Por: Javier Porta Fouz. Tengo un amigo al que le parecen lindos y sexys Rubén Américo Gallego, Lula y George Lucas. Es gay, y le gusta esa clase de hombres, estadísticamente forma parte de una minoría. A mí me gustan las mujeres, con lo cual formo parte de una mayoría (entre los hombres). Sin embargo, cada vez que expreso algunos de mis gustos en cuanto a mujeres famosas, paso a formar parte de una minoría. La gente me mira raro. |
Confesión 1: veo mucho tenis, pero sobre todo tenis masculino: hay consenso en que el tenis femenino no está pasando por su mejor momento. Sin embargo, a veces veo partidos femeninos porque me gustan algunas tenistas. ¡Sharapova!, dirá alguno que no conoce el circuito más allá de un par de nombres. No, Sharapova no me hace ver un partido, en absoluto. Sí, claro, me gustan Wozniacki o Ivanovic, sobre las que hay consenso en que son bonitas. Pero las que realmente me gustan, que me parecen eróticamente atractivas, por las que suelo ver partidos, son Kim Clijsters y, sobre todo, Serena Williams. Sí, la menor de las hermanas Williams. Por ella hasta he festejado triunfos, sobre todo en ese Abierto de Australia en el que algunos decían –osaban decir– que estaba “gorda”. Ese cuerpo atlético y abundante, lleno de curvas, a mí no me hace decir “gorda”: me hace decir “hermosa, atractiva, puro erotismo” y algunas otras cosas menos elegantes.
Confesión 2: Hablemos de actrices de cine, ya que esta columna suele centrarse en el cine. Hay una larga tradición de críticos “enamorados de actrices”. Entre muchos otros, Horacio Quiroga y Guillermo Cabrera Infante han escrito profusamente sobre sus encandilamientos cinematográficos, y han declarado su devoción por las estrellas femeninas de diversas formas. Se puede decir que uno tiene especial devoción por alguna actriz cuando va a ver una película, que sabe que será un bodrio, sólo por su presencia. Para establecer un parámetro, a mí Julia Roberts no me hace ir a ver una cosa como Comer, beber, amar; pero Diane Lane me hizo ir a ver el grasiento bodrio Infidelidad. Otro parámetro, crucial: Megan Fox (nacida en 1986) no me hace ver una película sólo para verla a ella; sin embargo, Helen Mirren (nacida en 1945) me hace ir al cine y más allá para verla. Para que nos entendamos: sí, Mirren me parece mejor actriz que Fox, pero no es eso de lo que estamos hablando; Mirren me hace ir al cine porque me gusta como mujer, hoy, a los 65 años. De hecho, parte del módico placer con que vi RED fue porque Mirren aparece vestida de blanco y disparando armas de fuego. Espero que Mirren no se arregle demasiado la cara con irreversibles y oprobiosas cirujetas, y que siga llevando sus años y arrugas con dignidad. En realidad, no quise poner dignidad, quise poner que siga llevando sus años y arrugas con ese alto nivel de erotismo que tuvo siempre: vestida de rojo, de red o con el corpiño de lata como Morgana en Excalibur (1981); sin ropas en Calígula (1979); sin ropas en Las chicas del calendario (2003); con ropas y rango ejecutivo en Los secretos del poder (2009); en su punto infernal de cuarenta y pico de años en El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989). Digo que Helen Mirren me gusta, que me parece una de las actrices más sexys del mundo, y me miran raro. Miran raro a este crítico que nació casi tres décadas después que esta bomba sexual de la que estamos hablando. Es cierto que, como siempre cuando se habla de gustos, uno cree que los equivocados son los que piensan diferente. Pero todos sabemos que para Helen Mirren o cualquier otra linda mujer no es demasiado difícil ser atractivas en la juventud: las verdaderas estrellas del erotismo cinematográfico se revelan en su real magnitud cuando saben manejar los años a su favor. No encuentro un mejor ejemplo de esta sabiduría que la británica Helen Mirren.
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