IDEAS SECUNDARIAS: COMANDO ESPECIAL
Tiempo y espacio

COMANDO ESPECIAL/Por: Javier Porta Fouz. Claro, también los espacios definen películas. Si bien para buena parte del público “qué pasa” en una película es lo principal, el “dónde” suele ser también determinante. Un lugar tremendamente transitado por el cine estadounidense, y sin equivalencias con cines de otras procedencias, es el colegio secundario. Un lugar y un tiempo que corresponden una edad.

Comando especial (21 Jump Street) transcurre en el colegio secundario. Ahí comienza, y ahí vuelve enseguida, a los pocos minutos, con dos protagonistas que lo terminaron hace años: son dos policías que ya pasaron por el colegio, y que fueron compañeros (la pareja despareja) en la academia policial y también compañeros, pero de existencias asíntotas, en el secundario. El nerd y el popular, que deberán volver –como policías encubiertos– a la escuela: a revivir, ya de otra manera, esos días que, según la mayor parte de las películas sobre el lugar, es definitorio, crucial, lleno de momentos fundantes. Claro, nada se revive igual en relatos cargados de movimiento. En Comando especial los dos protagonistas llegarán, siete años después (y esta es una de las grandes ideas cómicamente productivas de la película) a un espacio y un reparto de rolas modificados por el tiempo. Las categorías en el colegio, en la High School, ya no son las mismas: ahora es cool ser alternativo, ecológico, sensible, ocurrente. Ya no es cool el modelo de “atleta popular y bestia” que vimos en decenas de películas, y que los protagonistas han vivido.

El secundario, como buen lugar habitual del cine americano, es un escenario de la fascinación, la lucha y la obsesión por el poder y una de sus posibles derivaciones: el triunfo. El triunfo que garantiza el tener poder, el poder que permite el triunfo. Así, las vías hacia el poder pueden ser la belleza, la destreza deportiva, la sabiduría tecnológica, la simpatía y algunos ítems más. En Comando especial se trabaja también sobre la experiencia como fuente de poder (y, con estos protagonistas, también como fuente de desperdicio). Más allá de este breve análisis sobre temas y lugares, Comando especial tiene, es cierto, al menos una docena de chistes deformes, ingeniosos, llamativos. Y también momentos de brillo con acción salvaje y/o autoconciente. Sin embargo, como pasa en la mayoría de las combinaciones de comedia cómica y policial, hay un problema de estiramiento, de ritmo enclenque: las acciones policiales fallan en tensión porque están agujereadas de chistes; los chistes se ven interrumpidos por la intriga policial. Y además, como esta es una bromantic comedy (comedia con eje en la amistad masculina), hay que cargar un poco las tintas en la relación de amistad de los dos protagonistas. Y la verdad es que Chaning Tatum no es el actor más convincente del mundo. Y además ya hemos empezado a extrañar al Jonah Hill de Supercool frente a este –más prolijo, más “sanforizado”– de Comando especial. Y ya que se me ocurrió centrar este texto en el colegio secundario como escenario y en el poder como tema, les recomiendo Poder sin límites (Chronicle), que se estrenó en febrero y que recién pude ver hace pocos días. 

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