NECESIDAD CIENTÍFICA DEL CULTIVO DEL PREJUICIO/ 
¿Motivos? para no ver películas, parte II

Highlander y Prometeo/Por: Javier Porta Fouz. Hace casi dos años, en este mismo sitio, publiqué una columna titulada “Motivos para no ver películas”, la pueden leer acá. Ahora, más viejo y por ende con menos tiempo por delante, les ofrezco algo así como una secuela, una segunda parte.

Lamento arruinarles la fiesta, pero no somos inmortales. Es decir que, entre otras cosas, no nos vamos a enterar de quién ganará el primer mundial de fútbol totalmente capicúa, el de 2222, y tampoco vamos a poder ver todas las películas que existen, por más que sólo nos dediquemos a eso y ni siquiera nos regalemos algunas horas para dormir. Incluso si fuéramos inmortales, y la producción de cine siguiera a este ritmo, tampoco podríamos ver todo el cine existente, porque en el mundo se producen más de 24 horas de películas por día. Así las cosas, hay que elegir. Elegimos entre lo que está disponible: el menú accesible de hoy en día –cine, televisión abierta, de cable y satelital, DVDs, Blu- Ray, Internet– es más amplio que el de hace décadas, y cada vez será más amplio, pero de todos modos la oferta nos marca límites. Dentro de esa oferta (que sube mucho si uno maneja el idioma inglés) uno elige por diversos motivos: recomendaciones de amigos y enemigos, del hámster del vecino, y a veces hasta de los críticos de cine. Pero se sabe que, en última instancia, toda persona que habla y/o piensa elige en función de eso que todos tenemos: un gusto en parte formado y en parte siempre en formación (y casi siempre con zonas felizmente deformadas). Y ese gusto, ese gusto, ese gusto, sí, se basa en juicios y prejuicios. Es que los prejuicios más razonables suelen ser juicios proyectados. En el diccionario de la Real Academia Española, la segunda acepción de prejuicio es “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.” Sí, bueno, qué se yo, que se conoce mal o que se conoce bien, el problema no es tanto calificar el conocimiento sino cuantificar el desconocimiento. Es decir, puedo conocer muy bien algunos datos muy comprobables sobre ciertas películas que no pienso ver, el problema es que desconozco mucho de la película porque no la veo por prejuicio. O la conozco de forma fantasmal, de forma proyectada, mediante el desarrollo de vectores vaporosos a partir de líneas firmemente establecidas y aprendidas: el prejuicio vendría a ser algo así como el conocimiento pasado por la lógica de la ciencia ficción. Con esto que sé sobre este asunto (película) es probable que al ver el asunto (película) me pase esto que preveo, prejuzgo, que me pase.

Vamos a un ejemplo, con una película que se dice que remite a otra del director e incluso que es la precuela de otra de ese mismo director. Vi la otra a la que remite y vi esa de la que la nueva película es precuela. Una es Blade Runner, y me gusta pero no me resigno a reverla. O, mejor dicho, me gustó cuando la vi por primera vez en el retroformato VHS, y me gustó menos cuando apareció el “corte del director”, que vi en cine. Hace más de diez años (bastante más) que no la veo y así seguramente permaneceremos, en el camino del olvido, la película y yo. No me gusta la saga Alien. Listo, lo dije: bah, me parece una buena (o tal vez muy buena) película la primera (de Ridley Scott) y muy buena (o tal vez excelente) la segunda (la de James Cameron), pero no hay caso, no me interesan: ni el bicharraco, ni el metal de la nave, ni la pistolota de Sigourney Weaver. Ese mundo de lucecitas intermitentes en los tableros, puertas que se abren y después se cierran (pero que no son de madera), pasillos con formas octogonales. Me imagino viendo Alien y necesito urgentemente una película que transcurra en una ciudad en la que haya lindas esquinas. No sé, será en parte una claustrofobia espacial lo que me expulsa de las Alien. No digo que no sean grandes obras de la creación cinematográfica del mundo mundial y del arte excelso, digo que soy inmune a sus encantos. Nada más, eso. Y sí, todo este texto fue para decir que –a pesar de que me la recomendaron personas en cuyo criterio cinematográfico confío– no tengo ganas de ver Prometeo de Ridley Scott. Y ni siquiera es un desgano para poner entre signos de admiración. Es un desgano pobre, poco pasional. No me atrae la película y el afiche me tienta tanto como un alfajor de yeso. Así estamos, así estoy. Y sí, escribí todo esto para decir que estuve esquivando Prometeo. Sí, ya sé, debería verla, es importante, dicen que es buena, soy crítico de cine, etcétera, pero andá a convencer a un prejuicioso que ya sabe que no es Highlander.

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