Por Javier Porta Fouz. Usted se clavó y vio Fuerza antigangster. No sabe bien por qué, pero mientras la película transcurría le parecía cada vez más mala. Y no solo porque podía llegar a vislumbrar la pretensión de hacer alguna referencia oblicua a The Big Heat (Los sobornados, la obra maestra de Fritz Lang), o por la música, o porque no se entienden las persecuciones automovilísticas, o porque otros detalles torpes (los hay, y muchos). Hay algo más, malo y dañino por poderoso, la principal fuente de molestia: Sean Penn, que funciona en contra de la película desde el minuto uno (o cero, inclusive).

Hay algunos ejemplos, cada vez más lejanos en el tiempo, de cuando Penn era un actor de cine: entre otras Carlito’s Way y Dulce melancólico, pero Dulce y melancólico es de 1999. A partir de allí la cantidad de tropiezos de Penn ha sido considerable: casi hunde nada menos que a Clint Eastwood en Río místico, ayudó considerablemente a deteriorar El árbol de la vida de Terrence Malick, actuó en 21 gramos y él y la película se dañaron mutuamente… Pero concentrémonos en Fuerza antigangster. Apenas empieza la película y ya Penn deja en claro que no solo admira desde siempre a Robert De Niro sino que además está dispuesto a demostrar que puede actuar como si se lo hubiera comido entero y De Niro estuviera adentro suyo tratando de salir. En Fuerza antigangster Penn es el mafioso Mickey Cohen. En realidad, nunca es Mickey Cohen: es siempre Penn jugando a actuar intensamente, demostrando que puede ir hasta el fondo y desorbitar los ojos, torcer la boca, pararse quebrado y a la vez decirle telepáticamente a la cámara que lo ponga en el centro, que no lo abandone, que ahí está él con una actuación gigante, que es el King Kong de la actuación, y se golpea el pecho. De tan gigante, adquiere un peso imposible de llevar para cualquier película, y una debilucha como Fuerza antigangster (que también tiene que cargar con Ryan Gosling, que siempre tiene cara de mirarse al espejo y adorarse) se termina haciendo pedazos. Penn lucha contra la película todo el tiempo: cada vez que aparece la pone en pausa y nos hace prestarle atención a su caracterización, como si fuera un niño en la escuela que quiere conquistar a sus padres en un acto. Está tan enamorado de su capacidad gestual intensa y fuera de lugar que bien podría haber actuado solo, interpretando a todos los otros personajes, incluso los femeninos, incluso al perro, y tal vez podría haber interpretado hasta un edificio (lleno de luces, eso sí). En esta película Penn es como si fuera un jugador de fútbol que en medio de un partido se pone a hacer jueguito cada vez que le dan un pase. No, mala metáfora: es como un jugador de fútbol que cada vez que recibe la pelota se pone a pintarla y muestra lo buen pintor que es. Penn no se integra a la película porque no parece considerar que está haciendo cine, más bien cada una de sus apariciones nos hace pensar en una vieja diva que hace su último gran papel en teatro, y que cada vez que sale de atrás de la cortina hay que aplaudirla de pie. Pero esto es cine, y un trabajo así hiere, duele, molesta. Lo extraño de Penn, y lo que lo hace un mal actor aun difícil de entender, es que es un gran director, uno contenido, pudoroso, hasta noble: sus cuatro películas como realizador hasta el momento (The Indian Runner, The Crossing Guard, The Pledge, Into the Wild) revelan incluso un gran talento para dirigir bien a los actores. Pero cuando actúa tenemos la sensación de que –como dijo Pauline Kael sobre Richard Chamberlain– los dedos de sus pies están actuando dentro de los zapatos.

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