butacas

Por Javier Porta Fouz. La práctica de “contar el argumento” como parte central y mayoritaria en una crítica de cine me irrita profundamente. Quiero leer una crítica, no revivir (o vivir) en forma escrita (en modo trámite) la película. Sí, claro, hay excepciones, grandes críticos que han hecho un arte de contar el argumento mientras de esa forma apuntan datos, analizan, interpretan. Dos de ellos: al uruguayo Homero Alsina Thevenet y el mexicano Jorge Ayala Blanco. Pero la mayoría de las veces se cumple la regla: cuanto más se cuenta el argumento, menos atractiva es la crítica. Hasta el punto de, a veces, anular por completo la crítica. Argumento + “qué buena la actriz” + “ideal para ver con los chicos y un balde de pochoclo”: eso no es una crítica. (Sobre qué es una crítica escribí esto aquí). Y ahora vamos a diferentes acercamientos a eso de “contar el argumento”.

 

1. A fines de 1983 se estrenó en Argentina El regreso del Jedi. Yo vivía en ese entonces al lado del cine Gaumont. La vi tres veces. Tenía 10 años y el nivel de fascinación que me provocó la película se ubicó entre alto y altísimo. Me la pasaba hablando de la película. A mi tía abuela se le ocurrió preguntarme por qué me gustaba tanto. Y yo, repito, tenía 10 años, y me embarqué en un relato de las peripecias de los personajes, en un peregrinaje argumental que se intensificaba en el tramo final, cuando la acción iba por tres caminos diferentes pero interconectados (Naves, Bosque, Luke y Vader). Terminé agotado y mi tía distraída. Además de agotado, insatisfecho: ¿qué cuernos importa de qué trata una película a la hora de convencer a alguien de sus méritos? El qué siempre es el cómo. En ese momento, a los diez años -pienso ahora- decidí (inconscientemente o no tanto) que nunca más me iba a poner a contar el argumento a la hora de hacer una crítica (bueno, mentira, sé que escribí una crítica en El Amante en modo “contar el argumento socarronamente” pero no la encuentro; bah, no la busco).

2. No contar el argumento no implica anular por completo la posibilidad de anotar de qué trata en general una película o incluso de detallar acciones. Pero claro, si es que eso sirve para el ángulo de entrada crítico o para dar una mínima orientación de qué va la cosa. De lo que estoy en contra es de contar el argumento como “obligación”, de contar cosas que no vienen al caso, de relatar y relatar: “Juancito vive feliz con su familia (mujer, hijo, perro labrador) en las afueras. Tiene un trabajo en la ciudad: es el encargado de hacer que los trenes anden bien. Su oficina es un gran tablero de control. Un día, a un lunático se le ocurre secuestrar un vagón completo y exigir un rescate que consiste en diez millones de dólares y un helicóptero para huir. Juancito tendrá un día difícil en su trabajo...” Listo, me perdieron, ya no leo la crítica salvo que el crítico sea uno al que conozco (y valoro) desde antes. Y este ejemplo que puse es muy corto -cortísimo- comparado con las cosas que uno lee habitualmente. Pero detesto contar argumentos, incluso en un ejemplo destinado a objetar que se cuenten los argumentos.

3. A veces me doy cuenta de que cuento de qué trata una película en una o dos líneas. Soy aún más parco para contar argumentos que para hablar por teléfono. Otras veces directamente copio el resumen argumental que mandan, pero lo copio diciendo que lo copio, con comillas y todo. Otras veces, como suelen venir con errores, los corrijo un poco, y lo digo. ¡El argumento está por todos lados! ¿Para qué gastar caracteres de una crítica para eso?

4. Un alumno o alumna que además de aguantarme a mí estudiaba periodismo como carrera terciaria “oficial” me dijo que un profesor les había enseñado (les había enseñado) que la crítica de cine tenía una estructura más o menos fija y que empezaba por “contar el argumento”. Yo en mi clase acababa de decir que la crítica era un género híbrido y especialmente libre. Continuará (o no).