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estevez y francella

Por Javier Porta Fouz. Fuera de la zona Daniel Hendler (dejemos afuera su primer largometraje, Un crisantemo estalla en cincoesquinas, que es definitivamente otra cosa), el cine de Daniel Burman suele volverse más errático, por momentos más aguachento, menos seguro. De El misterio de la felicidad se ha dicho que es su primera película con Guillermo Francella. Lo que debería destacarse, sin embargo, es otra cosa. Pero vamos por partes.

 

La película empieza con diversos shocks: una música con unos tarareos pavadá y padadá que nos llevan a un cine argentino de otras décadas, una secuencia sin diálogos de dos socios que hacen todo en sincronía, imágenes que parecen amarronarse, envejecerse de ochentosidad fílmica nacional.

A esto se suma una cantidad grosera -y puesta de forma grosera- de publicidades de productos y servicios. Los personajes empiezan a hablar y la cosa empeora: una sarta de diálogos nacionales-masculinos de alto nivel de toxicidad barrial bolas tristes manual del hombre argentino que quizás sea habitual en la televisión (no voy a comprobarlo). Esta línea continuará, aunque bajará de intensidad. Hay más: el personaje de Sergio Boris habla como Pucho de Hijitus, con ese gardelismo quéasécómoandáshuviatripagorda tan presente en el cine argentino pre Rejtman, pre Martel, incluso podríamos decir pre Burman. El asadismo, el gauchitismo (el peor momento de la película, cuando decide describir a “la cuñada”), la “emoción fraterna” del “así somos de entrañables”. Cuando la película está más plagada de estas características, los problemas se hacen síntoma en una regresión actoral de Francella: la boquita en “o”, los principios de palabras aspirados, los gestos más en automático.

Uno incluso puede llegar a pensar en escaparse del cine cuando se nos presenta el departamento de Eugenio (el socio de Santiago-Francella) y su mujer Laura (Inés Estévez). Como pasaba en El nido vacío, otra vez un departamento de un personaje del cine de Burman es chirriante. En El nido vacío veíamos una escuálida biblioteca en la casa de un dramaturgo importante. En El misterio de la felicidad vemos algo así como un hogar típico de ancianos que no renuevan nada desde hace cuarenta años pero habitado por gente con buen pasar económico y que tiene un coche y ropas que no se condicen con esos ambientes que hasta parecen tener olor a coliflor recién hervido. Por otra parte, aparece Inés Estévez y debuta en la película con una conversación sobre “el coso del portero” que parece escrita bajo el Código Hays y para personajes que no están casados desde hace años.

Pero Inés Estévez es la bomba de tiempo que terminará con la película neo costumbrista que nos amenaza en El misterio de la felicidad. Y empieza a hacer tic tac, y con cada movimiento de Laura-Estévez la película gana un relieve que no tenía. Estévez entra y avanza, y se sobrepone incluso a unas cuantas recaídas por tener que encajar en eso de “qué bichos emocionales son las mujeres”. Y la película le va haciendo más lugar, deja de ser tan obvia (¿cuántas veces tenemos que enterarnos de la fascinación de Santiago por su relación con Eugenio?, ¿hacía falta “el desayuno vacío”?). La película, aun con nuevos pozos, se deja llevar por Inés Estévez que brinda -entre otras características- fotogenia total, seducción de la cámara y del registro sonoro con movimientos, gestos y voz que dejan en claro que debería haberse convertido hace rato en la gran actriz exitosa y seductora de la que carece el cine argentino. Incluso es visible que cuanto más se mete Francella en el mundo que le propone Estévez es cuando recupera sus notorias capacidades fílmicas y va abandonando los tics. La película, mediante Estévez y su sonrisa, su sapiencia, su naturalidad cinematográfica, su belleza, se asienta. Ella pasa a ser la protagonista, la dominadora de la narración. Si hay una buena comedia romántica agridulce y madura en El misterio de la felicidad logra surgir por debajo de una hojarasca de fealdad neo costumbrista que podría resumirse -además de en la publicidad de Movistar- en la imagen de esos vasitos de jugo falso que acompañan el café con leche y las medialunas. Si la sensación del final es positiva es porque la película tiene el mérito no tan habitual de ser mejor cuando se pone a andar que en su planteo inicial, como si Burman hubiese ideado un plan de exposición de defectos para después corregirlos frente al público. O quizás sea algún otro misterio lo que salva a la película, o -más probablemente- sea el efecto expansivo de una actriz extraordinaria.

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