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Por Javier Porta Fouz. Deshora se siente cómoda como cine salteño, como cine argentino, e incluso como coproducción argentino-colombiana. Un actor colombiano es uno de los protagonistas (Alejandro Buitrago) y la película no se preocupa por explicar nada, ni por hacerlo hablar “en argentino”. Es un hecho dado su acento: tendrá que ver con algo del pasado, que la película deja oculto. O tal vez ni siquiera eso, porque ocultar sería una acción demasiado deliberada, demasiado orientada, demasiado sesgada para esta película que expone, expone y expone.

 

La sinopsis que fue enviada en el mail de prensa dice así: “Ernesto y Helena llevan muchos años casados. Viven en una finca aislada entre campos de tabaco y la selva de alta montaña en el noroeste argentino. Un día, reciben a Joaquín, el primo casi desconocido de ella recién salido de un centro de rehabilitación, que ha sido enviado por su familia, y en contra de su voluntad, a pasar un tiempo allí.

El matrimonio está atravesando una frágil situación, la dificultad para concebir un hijo los ha sumido en una obsesión y en la pérdida de deseo. La nueva presencia es para Helena la oportunidad de reinventarse y, para Ernesto, oxígeno.

La convivencia desestabilizará a la pareja y un triángulo amoroso comenzará a tomar forma entre la cacería, la riña de gallos y la vida en la finca.

El deseo también puede tomar la forma de una profunda violencia.”

No siempre las sinopsis son así de precisas, y a la vez así de abiertas. El texto expone, dibuja un mapa, y no detalla. Para detallar está la película. Y detallar más, que se podría hacer aquí, en este texto, sería avanzar contra esta película hecha con seriedad, con mano firme. Aquí se sabe lo que se quiere contar. No es una película errabunda, por más que durante los primeros tramos lo parezca. La directora Sarasola-Day deja moverse a sus personajes, pero todo está trazado para exponerse en orden muy determinado, muy claro, muy distanciado. Ernesto (Luis Ziembrowski) se presenta como un hombre prefijado, preseteado por una idea repelente de la masculinidad. Helena (María Ucedo, que puede mejorar cualquier película, e incluso lo hacía parcialmente con Juan y Eva) es una mujer insatisfecha y en conflicto con su marido. Este conflicto es silencioso hasta que eleva el volumen (y ahí Ucedo brilla en esa escena en el bar).

Deshora no se plantea porqués, razones. Deshora exhibe, expone, avanza convencida hacia miradas, roces, desconfianzas, deseos. No soluciona, no resuelve, no desata, no oculta y no revela: como buena película negativa no integra sino que expulsa, quita.

En el mail de prensa también se ofrecen estos comentarios de la directora: “Deshora surge de la relación de familiaridad y extrañeza que tengo con el contexto en el que crecí. La vida de provincia, la relación con esos lugares, las prácticas y con la convivencia en un contexto tradicional y conservador.

Me motiva la idea de intimidad. El cuerpo como territorio en donde se desarrolla lo íntimo, el cuerpo como herramienta de relación con los otros y con el espacio. El punto que me interesa es cuando la intimidad se ve amenazada, cuando nuestro universo conocido se vuelve extraño, cuando desconocemos a quienes nos rodean y a nosotros mismos. La intimidad también como lugar en donde habita el deseo, esa parte más secreta de nosotros que funciona como un motor que puede empujarnos hacia algo vital o hacia el abismo”.

Es un comentario perfilado, coherente, bien expuesto, que evita cualquier detalle que revele demasiado de la película. Es un comentario interpretativo, que nos indica la claridad conceptual de la realizadora. Deshora, y esto se dice sin saber su suerte en la cartelera (está recién estrenada), será vista por poca gente, a juzgar por su salida y porque no tiene las características que tienen que tener las películas argentinas de éxito (un par de nombres determinados y una promoción determinada, pero no vamos a entrar en esos detalles aquí). Estrenada a un año de su presentación en la sección panorama del Festival de Berlín 2013 (la edición 2014 acaba de comenzar en el día de este estreno), Deshora será otra película argentina que seguramente pasará desapercibida. En parte es por una realidad de la distribución, la exhibición, el público, la formación del público, etc. Y por otro lado por su propia sequedad y parquedad (sus límites) a la hora de construir estos personajes. El trío protagónico de Deshora sufre, se hace daño, se mira, se desea, incluso se seduce. Cumple acciones, pero no es: hay una austeridad extrema que hace que estos personajes no sean memorables, y esto no tiene que ver con heroísmos imposibles, con simpatías fuera de lugar, con excentricidades diversas. Es otra cosa: los personajes de Deshora son ejecutantes de acciones, tipos definidos pero que no llegan a individualizarse. De hecho podrían ser denominados “el marido, la mujer y el extraño”. No nos acordaremos de Ernesto, Helena y Joaquín. Porque Deshora es una película que impone respeto (y que hace esperar otra película de la directora) pero que -tal vez orgullosa de su seguridad- deja poco lugar para que los personajes adquieran relieve, para que sepamos algo de ellos (y esto no es un pedido de psicologismo), para los gustos, las dudas, las manías, la comunicación, la interacción más errática, menos atada a lo funcional. Así Deshora asfixia, reprime toda posibilidad de falla: la película se blinda y, a la vez, cercena su potencial.

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