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Por Javier Porta Fouz. Volver al pasado en el cine, o al pasado del cine, o a nuestro pasado en relación al cine nos descubre otro cine, otra forma de valorar las películas: nos descubre otras miradas, nos descubre que ya no somos los mismos. A veces, la mayoría de las veces, esa vuelta nos depara sorpresas.

 

Una de las películas que más disfruté en mi vida fue El padrino, en una primera visión el siglo pasado, en VHS, en un televisor que hoy ni levantaríamos de la basura. Uno de esos VHS muy gastados, de edición más o menos mala (o mala) argentina, esas ediciones despreocupadas por hacer las cosas bien. La película -me dije, con menos de 20 años- está a la altura de su leyenda. Y de su final con la tercera parte, que había visto en cine incluso antes de acercarme a la I y a la II. Debo haber visto de vuelta El padrino en el mismo “período de alquiler” del VHS. Y después siempre dije que era una película que estaba a la altura de su valoración y de su veneración por millones de personas. Pero volví a ver El padrino mucho después, en este siglo, en el cine y en copia digital de alta definición, y me pasó esto.

Volver al pasado del cine -arte del tiempo, de su tiempo, de los tiempos nuestros (como dice el chileno Héctor Soto)- puede ser riesgoso. Y con cierto temor fui hasta esa película acá llamada La bella y el campeón. O sea Bull Durham, la película escrita y dirigida por Ron Shelton en 1988, con Kevin Costner, Susan Sarandon y Tim Robbins. “Una de béisbol”, podrán decir. Uno de los títulos de estreno en Argentina menos lógicos y más disparatados que se recuerden. ¿Quién corno sería el campeón de qué cosa en esta película? En fin, pero veamos otro ángulo: “la bella” del título nos invita a pensar la película, el peso de los personajes. La bella: Susan Sarandon. Sí, bella, aunque su pico de hermosura en el cine llegaría poco después con Traficantes de Paul Schrader (1992). Pero Bull Durham no plantea que la bella sea la chica. El objeto de deseo es, claramente, Crash Davies, o sea Kevin Costner en un momento en el que no lo podían arruinar ni esos pantalones pinzados (junto con unos minutos de música de saxo morcilla, los dos elementos ochentosos más ruidosos, aunque son molestias menores). La película se centra en cómo ella puede conquistar a Costner. Sobre cómo puede conquistar a este hombre joven y hermoso pero curtido, de vuelta de tantas cosas y con un sentido del honor y el humor -y de la respuesta encendida- que eran una combinación irresistible.

La película está llena de grandes diálogos (todos), un sentido del sexo y el deseo constantes que electrifican la película, un armado de secuencias con una gracia indudable (el momento de traumas y conflictos de los jugadores durante el partido es antológico, y la “actitud” de Costner es insuperable). Bull Durham es una de las grandes películas de los ochenta, con una estructura narrativa nada convencional, en la que se detalla el aprendizaje de un personaje -maestro Costner, maestra Sarandon, alumno Robbins- y se lo hace sin picos dramáticos, sin suspenso deportivo -los resultados revisten poca importancia-, con una fluidez y una seguridad para contar que transmiten esa felicidad que nos llega del cine convencido de que tiene unos personajes extraordinarios y los actores justos para interpretarlos.

Bull Durham es una pieza del cine del pasado en mucho menor medida que El padrino. Sí, El padrino tiene más años y contiene mucho más “gran cine”, tiene secuencias que por sí solas son más evidentemente brillantes que toda Bull Durham. Sin embargo, para volver a ver o para atesorar, me quedo una y mil veces con Bull Durham, que brilla menos -encandila menos- pero en su trabajo eficaz, en su modo de ser de “una de tantas películas de los ochenta”, impone su verdad, su modo de ser, sus maneras alejadas de la ópera, su búsqueda de la perfección narrativa sin sacrificar la modestia. Quizás alguna vez, o en un rato, o con la próxima revisión de ambas, me convenza definitivamente de que Bull Durham es mejor que El padrino (si es que ya no estoy convencido). De lo que estoy absolutamente seguro es de que la actuación de Costner es mucho mejor que la de Brando. Es más, estoy seguro de que Costner es el mejor actor de su generación y de que Brando no lo fue en absoluto.

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