lluvia

Por Cicco. Del desbarajuste climático, es poco lo que uno ve en la ciudad. Se vive en un playón gigante de cemento, envuelto en humo, cloacas y calefactores, que ponen a la naturaleza en segundo plano. En la ciudad, siempre hay techo donde guarecerse. Y botas de goma, rara vez se las necesita. Se vive en un gran paréntesis: lo que sucede fuera, son noticias de un mundo remoto, ajeno y cenagoso.

 

Desde hace ocho años vivo en el borde de un pueblo: si camino una cuadras, hay asfalto y civilización. Si voy más allá, hacia el sur, hay campo y caballos, y barro. El otro día, en cola de banco, escuché una mujer desolada: tres meses sin poder volver a casa. Vive a 17 km, tierra adentro, y con la intensidad de las lluvias, el camino se volvió impenetrable. Necesitó mudarse a casa de un familiar en el pueblo. Historias como esa, desbordan. Hace tiempo, quiero comprar ladrillos y el hombre del almacén que los cocina en su horno, tiene impedido el acceso. “Enfrente”, dijo, “es todo un pantano”. En el corralón, venden los últimos del stock: con cada horno bloqueado por lluvia, sus reservas se agotaron. Una semana atrás, se quedó un auto y la policía dispuso de un todo terreno para sacarlo. Se quedó también. Desconozco, si auto y 4x4 aún siguen allí, cada vez más sumergidos.

Con el agua, no se encontró momento para sembrar maíz -imposible hacerlo: no hay que máquina que no se hunda- y preocupa aún más: no se puede levantar cosecha. Los pronósticos son, a tono, tormentosos. Habrá disparada de precios de alimentos. Como mínimo.

Comparado con el desborde de aguas del Paraná y el sinfín de inundados, esta realidad de mi pueblo tiene sabor a poco.

La ciudad, sin embargo, recibe todo esto desde la tele, en departamentos muy arriba, mientras escucha el picor de la lluvia en el balcón, inofensiva. Los planes en esta porción minúscula del mundo, no se suspenden por lluvia. El ritmo de la ciudad, es ritmo enlatado. A salvo. Último bastión de comodidad en un planeta a un pie del abismo, fuera de eje, ahogado aquí, desértico más allá.

El pronóstico, mal que nos pese, sigue dando más agua. En casa, las goteras se multiplican. Y cosa rara para el invierno, hormigas y moscas abundan.

Un día atrás, Fabio, amigo que vende Durlock, explicaba cómo la humedad trepa por las casas de mi pueblo. Escala dos metros del muro. No más. La gravedad hace que el agua no siga al techo. La humedad: problema diario en una ciudad alarmantemente baja. Pero para qué preocuparse. En 300 años, dice él, no más humedad. Ni pantano en los caminos. No más rurales imposibilitados de levantar cosecha. Horneros esperando el sol para volver a cocinar ladrillos, familias aguardando regresar a casa, nunca más. De todo eso, nada quedará en pie. Pues mi pueblo, en 300 años, estará cubierto por el agua.

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