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Por Cicco. Necrológicas, hay por todas partes. Gente, muere todo el tiempo, con más o menos poder para garantizarse un espacio final en los periódicos. Lo que se ve pocos son necrológicas de lugares. Pero con la muerte de Liberarte, último videoclub de culto de Buenos Aires, hay que hacer la excepción.

 

Veintisiete años de vida tuvo este local en Av. Corrientes 1555, escaleras arriba, al fondo de la librería. Lo abrió el Partido Comunista, como centro cultural, y lo acaban de cerrar porque, con la piratería surcando la web, tener un video, como bien sabrá, es como el comunismo: se oxida.

Pero Liberarte era mucho más que un video club: era una usina de cine. Los dueños lo llamaban videoteca, para separarse de la competencia –tenía casi 15 mil títulos, suficientes para sentirse grosos-. Allí había talleres, obras de teatro y si uno quería seguir informándose, la librería traía buenos títulos sobre el séptimo arte. Cada dos por tres, te cruzabas un periodista de cine –y otros colegas amigos de la casa como el gran Carlitos Dutil, de policiales, íntimo de los encargados, o Jorge Carnevale, el más lúcido de los críticos del rubro-. Pasaban también, directores extranjeros, productores y actores, pero esos, nunca los ví.

Conocí Liberarte unos quince años atrás, me llevó un amigo editor de Revista Noticias, Silvio Santamarina. Me llevó prácticamente de la mano, cual nene que va a debutar. “Vos querés saber de cine”, dijo Silvio, canchero. “Yo te voy a mostrar”. Él sabía mucho del tema. Pero mucho. Ese primer día, no sólo debuté con Liberarte. Además, me hice socio –debo tener el carnet, roto, en alguna parte-. La redacción de Noticias, donde trabajábamos con Silvio, quedaba pocas cuadras de ahí. Así que los viernes, al salir, se transformó en rito: ir a Liberarte y llevar, mínimo, tres películas –si tenías abono, te cobraban por el fin de semana como si fuera alquiler 24 hs-. Él sacaba películas ocultas y exquisitas, mientras yo iba plantando los cimientos de los clásicos: Hitchcock, Truffaut, Chaplin, Los Hermanos Marx, John Huston.

Cuando mi amigo Silvio, dejó de trabajar en la revista, recurrí a la recomendación de los dueños: tenían esa cara larga del que conoce más que uno, y además yo los veía altos y circunspectos –además, yo siempre fui petiso-, pero siempre aportaban algun consejo como quien arroja migas a las palomas.

Durante diez años donde me empapé en las aguas de Liberarte veía cine, cual soldado: con disciplina. Gracias a la videoteca porteña por excelencia, conocí las obras asesinas y silenciosas de Takeshi Kitano, el cine alucinado de Luis Buñuel, rastreé las primeras de Roman Polanski y de Francis Ford Coppola, me ví todo Jim Jarmush que lo pintaban como un fenómeno, y pude alquilarme completita la filmografía del gran Brian de Palma, el nuevo Hitchcock.

Liberarte era el equivalente de un tenedor libre para un gordo. Uno podía servirse y probar platos nuevos. Un día me hice el culto y quise degustar caviar: me ví las pelis más emblemáticas de Goddard y de Greenaway, y luego alquilé el clásico Blow up, de Antonioni. Y con todos ellos me sucedió lo mismo que cuando leí, también soldado y disciplinado, el Ulises de Joyce: me embodrié –tampoco me gustó el caviar, ojo-. Pero qué importaba: los viernes eran día de fiesta. Y llegar a Liberarte, sabiendo que tenías crédito en el abono era una sensación de aire fresco, de descubrimiento inminente en medio del sopor de Buenos Aires. Además, los dueños siempre traían material nuevo. Eran ninfómanos del cine. Y cada semana había dando vueltas directores iraníes o coreanos floreados por la crítica. Si no los veías, tenías la impresión de que te perdías de algo clave. Liberarte te abría la cabeza.

Lo que aprendí de cine allí, no lo aprendí más. Ningún video club. Ningún amigo cinéfilo. Ninguna página web, me aportó tanto como Liberarte. Que en paz descanse. Cada vez que pase por la puerta, le dejaré una flor en su memoria. Y rezaremos junto a sus 29939 socios para que sus películas sigan disponibles para la ciiudad. Siempre actuales. Siempre vivas. Tal vez cuando sea viejo, lo entienda a Goddard.

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