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primavera en la ciudad

Por Cicco. Pensaba escribir este texto un mes atrás en los albores primaverales. Entonces, sí, hubiese sido un asunto actual y urgente. Pero ha pasado un mes, y no sé donde tuve la cabeza que recién hoy resuelvo aportar esta reflexión única, imperdible, y tan profunda que no hay que mirarla muy de cerca para no caerse adentro.

Ay, la primavera, naranjo en flor, rosas rosadas, palitos ortegas. Hasta los parajitos cantan mejor en primavera. Los viejitos parecen más sabios. Las mujeres más bellas. Y los asaltantes de banco parecen con un mejor bronceado. Y todo, gracias al milagro de la primavera soñada, inspirada y evocada por los poetas más que porro en músico de reggae.

Uno que se cree, estoico, firme y lleno de sólidos principios y convicciones. Uno que, ante el primer atropello advierte: “No, jamás haría esto. En esto no voy a transgredir”. En fin. Uno se cree muy sólido pero qué le vamos a hacer: llega la primavera y todo lo cambia. Todo renace. Y se llena, de pronto, de un aire navideño donde el hombre siente que todo es posible incluso comer almendra y turrones con 30º de calor como si fuera lo más natural del mundo.

Pero claro: si alguien le estornuda en pleno invierno, usted pondría el grito en el cielo. Pero en primavera, sus engranajes cambian, el software del bocho se transforma, su aparato reproductor comienza a bombear un sinfín de escenarios favorables, y uno se siente guachi guau. Y cuando uno se siente guachi guau es capaz de perdonar hasta el ladrón que acaba de robarle la billetera en el bondi: “Pobre hombre”, se dirá, primaveralmente piadoso, y exhortando al resto de los pasajeros que también aporte para la causa, “tal vez está enamorado y necesita pagar el hotel alojamiento a su amada”.

Es por eso que, en contrapartida, en países nórdicos donde la primavera es una cargada –dije cargada eh, no cagada, ojo-. Un airecito templado que equivale a nuestro otoño. Es, en esos países donde la gente empina tanto el codo. Donde, a pesar de albergar a las naciones más limpias, más seguras y más ordenadas del planeta, el índice de suicidio escala por las nubes –y sí, allá hay siempre nubes-. El invierno los abate en el abatimiento de los abatidos. Son bichos guardados, los que viven allá arriba. De costumbres de cuevita. Temerosos. Encascaronados. Sin sol, el hombre no florece. Y el palito ortega se seca.

En la ciudad también es duro, incluso en esta época tan linda. Pues, aún en la primavera y el verano, rodeados de asfalto y bocineo a toda hora, la única diferencia con otras épocas del año es esta: hace más calor. Pero del naranjo en flor, de las rosas rosadas, y los palitos ortegas, ni noticia.

A pesar del rodeo edilicio infernal, la primavera se las arregla, como puede, para colarse: se respira en el aire, ahora más húmedo, más amable. Los que viven en el Norte del mundo, tiritantes y azules de tanto invierno ingrato, nos reconocen por nuestra famosa sangre caliente latina. La sangre caliente no existe. Si ellos tuvieran una primavera más primaveral, sus vidas, su música, y su torrente sanguíneo también cambiarían de temperatura.

La queremos a la primavera. Nos queremos más en primavera. Estamos convencidos de que, la primavera es al año como el sábado a la semana: una oportunidad única, breve e irrepetible donde se abre la temporada de caza. Es un perfume que capta el lóbulo ese que capta estas cosas, y nos pone en acción. Una señal que nos envía la naturaleza para que saquemos nuestra mejor flor antes que venga el abejorro.

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