baraka y samsara

Por Cicco. El mundo es enloquecedor, turbulento y, por así decirlo, desalineado y feúcho. Pero, claro, eso es porque uno no lo mira bien. Lo observa de soslayo con los ojos cansados de la rutina de aquel que no espera nada bueno. A lo sumo verá, del otro lado del bondi, una escena de policial de noticiero mala onda. Sin embargo, Ron Fricke está convencido de que el mundo es fascinante. Y ya hizo dos películas -acá pondría un adjetivo que condense lo apabullante de las imágenes y la atmósfera poética que las rodean, pero no se me ocurre ninguno-, que le dan la razón.

 

La primera fue Baraka en 1992. Con gente de rastas por el piso como ramas de un viejo árbol. Con orientales pintados en blanco bailando una danza demencial. Con monos sumergidos en aguas termales, más humanos que los humanos. La peli capturó el destello celeste que cubre cada rincón de la Tierra. A veces, para no interferir en la naturalidad de la atmósfera, estacionaban una van y le hacían orificios desde donde filmaban todo. A veces, el método era el opuesto. Plantaba la cámara delante de un personaje y le decía simplemente que mirara el lente. “Eso viene de la fotografía”, dijo Fricke en una de las pocas entrevistas que dio. “Es como un muy buen retrato donde uno le pide al otro que mire a cámara. Uno
obtiene mucho de quieńes son en verdad. Es algo que llamo 'una meditación guiada'”.

Fricke, que hizo sus propias cámaras 70mm para el proyecto, se tomó su tiempo -12 años- en editar la secuela, Samsara, sobre el ciclo silencioso y redondo de vida y muerte. Las dos son inmejorables. Ni una voz. Ni una línea de diálogo. Ni una inscripción en el muro. Nada de nada. Suficiente con el mecerse de la música que lleva a meterse en el mundo de Fricke que también es nuestro mundo.

El director dio la vuelta al globo atrapando cual coleccionista de mariposas -24 países recorrió sólo para Baraka , y otros 26 para su secuela-, todo aquello colorido, ritual y glorioso que existe en el planeta. Frick lo mira todo con ojos de fumado: se detiene, extático, en volcanes en erupción, santuarios tallados en piedra, el cadáver momificado de un viejo soldado, la nariz aplastada, un hombre extrañamente en paz.

Las pelis de Fricke se insertan a tono con “La vida en un día”, el proyecto de los hermanos Scott -Ridley y el falllecido Tony- de editar imágenes de todo el mundo tomadas durante las mismas 24 horas -no se la pierda-. O la última, más morosa, peli del gran Terrence Malick, “El árbol de la vida” donde remonta tanto vuelo poético que llega hasta los dinosaurios -dura 139 minutos es por momentos una fiesta visual y por momentos un bodrio-.

Fricke no es activista del medio ambiente que se propone poner el acento en el desmadre climático, en la superpoblación, ni en el declive del hombre moderno. Él sólo quiere mirar lo que nadie ve. Sus películas retratan la lucha incesante de supervivencia, destrucción y divinidad que existe en cada creación. Y muy en especial, en esa plaga imparable llamada humanidad. Fricke da testimonio visual del esfuerzo de siglos del ser humano por arañar la eternidad. El legado de lo que aún hay por rescatar. Sus films son un clip largo y envolvente, donde hasta aspectos cruentos como nuestra forma de alimentarnos, o la cadena inhumana industrial, tienen su parte en la melodía.

Uno termina de ver Baraka y Samsara y no queda aplastado, resignado a ser humano, y avergonzado y con un impulso irrefrenable de convertirse en burro u hormiga. A veces, en nuestro destino por destruir, en nuestro afán de niño por comerlo, beberlo y poseerlo todo, el hombre hace sentir orgulloso a Su Creador.

Mire las pelis de Fricke, no se va a arrepentir. La vida aún es bella. A pesar de nosotros mismos.

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