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Por Cicco. El último jueves fatidico y fatal fue ese en el cual se desencandenó lo que se desencadenó: una fatalidad. El crimen perpetrado por el criminal sobre su víctima acabó transformando la vida de José Josefo en la muerte de José Josefo, por razones que aún hoy se pregunta la policía, el fiscal de la causa -estoy buscando aún el número, mil perdones-, y se preguntará quizás también las razones José Josefo, ya sin vida, ni pulso, ni actividad cerebral, ni menos aún, ganas de tirar cohetes en fin de año.

 

En un domicilio cito en Av. Belgrano 215, del lado de la vereda viniendo vio del lado de las mueblerías, hacia mano izquierda, ahí justito donde está el piletón de sangre del pobre José Josefo, aunque José ya no esté más ahí. Fue en este lugar soleado en los días de sol y nublado cuando hay nubes, donde Josefo encontró su muerte o, según cree la policía -porque es gente muy creyente- donde la muerte lo encontró a él.

Todo parece indicar que no fue suicidio, pues sucedió en la vereda y no había lugar de donde colgar una cuerda de donde ahorcarse. Tema aparte: cada vez hay menos lugares de donde tender sogas para el ahorcamiento, lo cual habla muy mal del gobierno de la Ciudad. Como decíamos, los investigadores desconfían que Josefo se haya quitado la vida porque tampoco se halló el arma homicida. Esto terminaría con la posibilidad del suicidio de Josefo. Aunque, fuentes allegadas a la fiscalía, no descartan que Josefo pudo haberse pegado un tiro y, para no crear malestar en la familia, luego ir a esconder el arma en un baldío. Matar es un arte y el que acribilló a Josefo de un tiro en la sien -un certero tiro en la sien, el número que le sigue al 99, y se pronuncia igual pero tiene otros resultados a la hora de atravesarlo con una bala 9mm-, el que mató a Josefo la tenia clara: sabía que luego de matar, lo que debe hacer todo asesino es, acto seguido, rajar. Y lo bien que hizo el asesino porque, si se quedaba ahí, no sólo tenia que enfrentar el juicio, la condena y el encarcelamiento además le hubiera tocado algo mucho más arduo: limpiar.

Los asesinos asesinan porque un herido es un problema. Un muerto, en cambio, es un trámite. Un herido en su tren desesperado para que lo rescaten, derriba objetos valiosos de decoración, ensucia muebles y en fin, arma un despelote bárbaro. El muerto, en cambio, es más discreto. Nunca una queja. Nunca un mueble tirado. Gente copada.

Se sabe que la bala era 9mm porque el asesino dejó una nota con la medida del calibre para ahorrarle trabajo a los peritos, un buen gesto de su parte. Y después dejó otra nota, de puño y letra -más de letra que de puño- donde contaba las complicaciones de encontrarle la sien a Josefo, un hombre que trabajaba en maestranza -un maestro de La Matanza-, y que tenía la costumbre de llevar siempre sombrero de copa. Al parecer, el asesino forcejeó con Josefo porque éste se resistía a morir sin su gorro, y el asesino se resistía a matarlo en otro lugar que no fuera la sien. “Mire, un disparo en la sien”, le explicó. “Tiene más prensa que un disparo en el entrecejo”. No se sabe si lo convenció o si le voló el sombrero con el canto de la mano o si el asesino llevaba, para la ocasión, un ventilador portátil. El asunto es que el criminal logró su cometido y la bala 9mm le entró a Josefo por la sien, marcando un circulito del tamaño entre un lunar y una aceituna negra en el perfil izquierdo de Josefo, que no era precisamente el que elegía para subir sus fotos al muro, y esto, creen en el círculo íntimo de Josefo -que es una forma de decir, la gente que se acostaba con él-, esto decíamos, le debe haber jodido muchísimo a la víctima.

Entonces, y para cerrar esta historia, ese último jueves fatal en Av. Belgrano 215 vino el asesino y asesinó y la víctima se victimizó, pues los muertos tienen esa rara costumbre de haceserse las víctimas, una mezcla de mirada perdida, palidez y olor feíto. Una forma de morir, según concluyen los nutricionistas, muy poco saludable.

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