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Por Cicco. Nunca tuve músculos para mostrar con orgullo en la playa. Mi bronceado siempre fue desparejo y tirando al rosado salmón. Nunca tuve actitud de valentia ante el agua helada de La Feliz. Y mi expresión en la orilla con el viento afilado de la costa solía parecerse a la de un perro apaleado. Pero tenía el truco. Mi arma letal donde tomar revancha de todo.

 

Desde que tengo memoria, juego al truco. Soy muy pero muy chico y ya sé cómo ir mirándole la pinta a las barajas, ese lento striptease expectante, y aún cuando no sé como resolver un problema de regla de tres, ya puedo ocultar la fortuna de una buena mano con el rictus de policía de la Bonaerense.

Cuando viene alguien a elogiar el poker, o la canasta o el tute o el bridge, uno sólo puede reírseles en la cara: ni comparación che. ¿Qué están diciendo? Son locos. No entendieron nada. La gente que compara el truco con otros pasatiempos de playa es porque lo jugó de grande y no le pesca la onda. No lo lleva en la sangre.

El truco es el juego de barajas perfecto, mezcla deducción, con mentira y con el pálpito del detective. Nosotros, en el pasillo de mi balneario Horizonte del Sol, jugábamos todos: chicos y grandes por igual. Claro, excepto en torneos que era el pico de adrenalina de mi verano, no nos mezclábamos. Los chicos por un lado, grandes, las estrellas del pasillo, por el otro. Aprendimos de los mejores: nuestros propios viejos.

A veces con Álvaro, Mario y Maxi, mis grandes amigos, nos pasábamos horas viendo a los viejos jugar al truco. Una forma de pescarle su método, que más que método es como una forma de vida, el ADN de cada uno. Está aquel más proclive a mentir, el otro más conservador, está el que miente sólo cuando está desesperado y el que no hay forma de que se le escape una seña del adversario. Lo bebimos todo de ahí: Pirulo, Mario, Horacio, papá Alberto, mi tío José Antonio, que figuraba a lo alto del ranking de los mentirosos.

En mi pasillo, cada familia tenía su cajita con barajas. Nada de cartas de cuarta. Usábamos las Casino o las Havana que duraban veranos y veranos. Y los primeros días, salíamos a la orilla a buscar 30 piedras negras pequeñas para marcar puntaje. Usábamos también las tablas de las mesas de playa como marcador. Todo valía.

El truco también era una forma de ir narrando la vida, el runrún del verano mientras se jugaba.

Los viejos contaban la fonda donde habian ido a comer con los chicos una noche atrás mientras, sumaban porotos cantando envido sin tener ni dos figuras del mismo palo. No hay que fiarse de nadie en estado de truco.

Yo era muy tímido y el truco me hizo hablar. Me ayudó a salirme de mi mundo interior y me enseñó también a guitarrear. Agrandar las cosas cuando tenía poco ligue. Y parecer un pobre tipo cuando ligaba mucho. Todo en pos de obtener más tantos al final de la mano.

Ganamos varios torneítos con mis amigos. Nada del otro mundo. Nada que trascienda las fronteras del balneario Horizonte, en Marpla, el primero luego del faro. Pero para nosotros, eso era suficiente. Nos habíamos vuelto tan fanáticos que, durante años, organizábamos nuestros propios torneos de truco. Nada de trofeos de plástico. El que ganaba, se llevaba toda la guita de las inscripciones.

Hace años que no vuelvo a la playa. Y por lo tanto, hace años que no juego al truco. Y hace años también que no veo una partida. No me imagino como habrán impactado en él las nuevas tecnologías. Es un juego celoso que no permite ni voltear la mirada a leer un whatsup, el momento de distracción que esperan tus rivales para comunicarse las señas.

Ah, cuán agradecidos que estamos al inventor del truco. Le dio a este pobre flacucho y a sus amigos, una razón para, en cada verano, sentirse los reyes de la Feliz. Reyes de bastos, pero reyes al fin.

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