PETISOS

Por Cicco. Toda mi infancia fui el primero del a fila. No porque fuera bueno. Ni destacado. Ni sobresaliente. Era, nada más que el más petiso de la clase.

 

Feo ser bajito. Todo el mundo te toma por menos edad que la que tenés. Y las chicas, te pasan por adelante y nada: uno ni califica como hombre. Somos los caniches toy del género humano. Simpáticos sí, pero para la cartera. No para guardián.

Criarse siendo petiso es poner a fuego mínimo la cocción del orgullo. Año tras año, ves cómo tus amigos despegan. Se hacen lungos, les salen pelos en la barba, mientras uno se queda rezagado, lampiño, eternamente niño. Aún recuerdo que, ya sintiéndome grande –o adolescente para el caso- los adultos conservaban un gesto que me daba por el quinto quinoto –un órgano que, en lo petisos también queda más bajo que la gente normal-. El gesto se resumía así: uno se acercaba a saludar a la persona en cuestión, y, para no tomarse el trabajo, de inclinarse y darte un beso, te acariciaba la cabeza. No era una caricia, propiamente dicha. No señor, era una sacudida. Como una cepillada. El símbolo de sumisión al petiso, que nosotros sumábamos pacientemente para el día de la venganza.

Y así es, la vida. Si una persona normal quiere ser reconocida. Un petiso quiere ser cien veces más reconocido que él. El hambre de un petiso por ser destacado en algún rubro –el que sea- no tiene parangón. Donde quiera que veas un líder siempre habrá, en el fondo alguien con complejo de altura. De Hitler a Gandhi, y a Menem, todos fueron más bien sopetis.

Todos bebieron el veneno de la indiferencia escupida por sus pares altos. Todos se resignaron a que las mujeres se las llevaran otros con más estatura. Todos fueron testigos de cómo las peleas siempre la ganaban los otros. Y en los recitales uno más que bandas, veía nuca y pelambres.

Qué cosa seria. Mamá me mandó una vez a un experto en huesos a ver si tenía futuro o iba a quedarme estancado en el metro cincuenta. El hombre fue esperanzador: “Va a ser un chico normal, señora”, le dijo. “Un poco petiso, pero nada fuera de lo común”. Mientras tanto, el doctor, para estirar la norma, me hacía colgar en una barra varias veces al día. Aún recuerdo la espalda estirándose y los huesos cual vagones de tren haciendo un esfuerzo por mantenerse unidos.

No sé si el cuelgue en la barra fue efectivo. Pero al final, algo crecí. Pasé el metro sesenta. Me puse al nivel de otros petisos en la facultad. Y me dejé el pelo largo para que la gente viera que algo podía crecer hasta donde quisiera.

Ignoro por qué les cuento todo esto. Será porque es año de elecciones. Donde como podrá imaginar, no hay lista que no tenga, a la cabeza, con el nombre rutilante, su petiso de turno. Ahora conociendo el paño, se lo digo: mejor no los vote. Tarde o temprano, se tomarán venganza.

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