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Por Cicco para Hipercrítico desde Meca, Arabia Saudita. Parece mentira, pero a los mas de 700 muertos y 800 heridos que sucedieron en la peregrinacion a Meca, ese día les tocaba el rito mas sencillo: arrojar apenas siete piedras sobre un muro tan grande que hasta un chico lo acierta. Las piedras simbolizan alejar la maldad de nosotros. Dificil, es cierto. Pero uno hace el intento.

 

A los muros -que son tres- se los llama Yamarat y ésta siempre fue la parte más crítica de la peregrinación. Allí, se sucedieron, desde siempre la mayoría de los accidentes. Las Yamarat son un embudo multitudinario. Un embrollo logístico.

Años atrás, el reino de Arabia Saudita invirtió millones en levantar un edifico de cuatro pisos desde donde uno puede arrojar las piedras. Antes, había solo una plataforma y los monolitos eran del grosor de un tronco añejo, la gente, permanecía un tiempo hasta que acertaba en el monolito y al regresar, se topaban con los recién llegados. El cruce, a veces, era mortal.

La verdad que la nueva estructura de las yamarat tiene un diseño impecable. Las plataformas anchas y cómodas, las salidas bien señalizadas: durante años no hubo muertos ni heridos alli. Todo hacía pensar que el problema de las Yamarat estaba solucionado hasta días atrás, cuando miles de peregrinos no respetaron sus horarios de salida -porque cada país tiene un lapso para tirar las piedras y evitar concentraciones- y, para sumar más presión al asunto, se apresuraron a arrojarlas antes de la oración del mediodia, pensando que allí se acababa el rito. Cuando, en verdad, tenían todo el día para hacerlo.

Un malentendido.

Una transgresion.

Más una serie de imprevistos volvieron a colocar a las yamarat en los noticieros de todo el planeta.

Ni los 100 mil agentes de seguridad dispuestos para la peregrinación -23 mil de ellos expertos en emergencias-. Ni las 5 mil cámaras de seguridad. Ni un equipo de 49 unidades de bomberos y ambulancias. Pudieron anticipar y contener el accidente.

Según se dice por acá, las cosas sucedieron así: liberaron una puerta que nunca debió librerarse y la gente se apresuró a ganar camino. Hasta que un peregrino cayó. Y luego otro. Y luego otro.

La multitud es como un niño que nunca aprende. Siempre se comporta de forma descabellada y brutal.

En pocos minutos, miles de personas luchaban por su vida. Algunos emergieron de la montaña humana a salvo. Otros no lo lograron.

Soy uno de los dos millones de peregrinos que llegó este año a Meca a cumplir con uno de los cinco pilares obligatorios del islam. Y ese mismo día, 40 minutos antes de la estampida, arrojé mis siete piedras en las yamarat. En mi caso, fue todo liviano, sencillo y descomprimido.

En menos de media hora estaba nuevamente en un alojamiento en Mina, el campamento más grande del mundo, una ciudad fantasma que solo se enciende los cinco días que dura la peregrinación,

A poco de regresar, escuchamos las sirenas. Luego los helicópteros. Luego el pisotón de los soldados a la carrera. Al comienzo, se habló de 200 muertos. Pero la cifra escaló como una epidemia. En todo ese día, no nos permitieron salir.

Aún hoy, a un día del accidente se escuchan las sirenas y los soldados parecen más cansados que nunca. Agotados de separar muertos de vivos.

En mi caso, es la segunda vez que hago la peregrinación. La primera, dos años atrás, no tuvo incidente alguno. Y, claro, nadie habló de ella.

Para el mundo fuera del islam, la peregrinación parece un acto de locura, una concentración humana inaudita y absurda. Los musulmanes, en cambio, lo entendemos como un acto de amor.

La visita del amante a la casa de su amado.

A aquel que completa la peregrinación, Dios le perdona todos sus pecados. Y lo devuelve limpio e inocente, tal como vino al mundo.

Algunos de ellos, regresan a casa.

A otros, Dios les hace tomar un atajo y los manda directo al paraíso.

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