relojes

Por Cicco. Es asombroso cómo el marketing nos vende cada vez más cosas que no necesitamos. Nos convencen de que para seguir adelante con nuestra pobre vida, hay que hacerse de una serie de electrodomésticos que nos garanticen comodidad, dispersión y ganas de no pegarse un tiro. Pero en ese tren de vender cosas al divino botón, está el objeto, ahora de lujo, más incomprensible de todos: el reloj pulsera.

 

¿Para qué vamos a precisar hoy en día un reloj pulsera cuando todo celular nos indica la hora, el día y hasta, si se baja una App, el pronóstico del tiempo? ¿Qué necesidad hay de pagar un platal –porque los que se compran uno, ponen un buen billete- para un artículo que lo único que hace es, en verano, protegernos la muñeca del sol y evitarnos en gastar un 0,01% en cremas?

A veces me pregunto, ¿la gente que se compra relojes de pulsera lo hace porque, cada vez que necesitan chequear la hora, extraer el celular del bolsillo esto les cuesta mucho esfuerzo? ¿Es mucho pedir, señores? ¿Hay estudios médicos que indiquen que los riesgos de lumbalgia, calambres, hernias de discos, se multiplican cuando uno estira su cuerpo hacia un lado mientras hunde la mano y revuelve el bolsillo en busca de su móvil? ¿Es este ejercicio, repetido a lo largo del día, un gran contratiempo físico, y tiene un correlato social que indica que uno, en verdad, no tiene dinero para comprarse un reloj pulsera?

Las compañías de relojes, imagino, se deben reír a carcajadas. En lugar de venirse a pique el negocio, con la irrupción de celulares que incluyen la hora, estas no paran de vender. Y lo hacen poniendo íconos masculinos –porque el reloj es tetosterona pura- como Brad Pitt y George Clooney. Y, para lo que no se prenden con la neurona cholula, apelan a su neurona snob: y llenan el reloj –aguja claro- con un sinfín de cronómetros que el 99% de los usuarios no le da ninguna utilidad y, ni siquiera sabe para qué catzo funciona, excepto como chirimbolo, una palabra que a esta altura del partido, para esta gente es un bien necesario.

Yo no soy tan viejo, pero en mi época, recuerdo que los relojes eran más pequeños. Ahora, por lo visto, se repite el viejo esquema: tenerlo más grande, es tener todo más grande. En ese orden de cosas, los modelos con más chirimbolos son un símbolo de que las cosas para el usuario, de la cintura para abajo, funcionan muy bien –esto incluye, cómo no, los bolsillos-. Será así entonces que el reloj pulsera hoy es ícono de aquellos que se pueden permitir tenerlo y tenerlo, a sabiendas que es al divino botón, como 4x4 en el Microcentro. Les irá bien de la cintura para abajo, claro está, pero de los hombros para arriba, hay un ambiente vacío que se llena con cualquier estupidez. Y eso sí: no hay chirombolo que lo haga funcionar como corresponde.