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carnaval

Por Cicco. Primero estaba el de Río. Luego el de Bahía. Entonces llegó el de Gualeguaychú en Entre Ríos. Y ya la fiebre se hizo epidemia. Cuando quisimos darnos cuenta, teníamos carnavales hasta en la sopa.

 

Y sí, a la gente le gusta. Le encanta el carnaval. Disfrutan de ese espíritu desbordante del viva la pepa, aunque a esta altura del partido, la Pepa debe estar más para el arpa que otra cosa. Pero nos gusta, nos encanta, le decía, esto del carnaval. Pues, una vez que acabó la excusa de la navidad y el fin de año, la gente necesita un argumento sólido y de calendario, una razón histórica, lógica y mundial para justificar ponerse nuevamente del reverendo moño. Y qué mejor que el carnaval. Esa algarabía made in Brasil donde lo que se trata es de apretar el pomo y que no nada importe otro pomo más. No hay nada mejor para el carnavalero que esa mezcla andante de luces y minas, de autos y monstruosidades, llamadas carrozas, que todo carnavalero sigue desorbitado cual niño en juguetería. La carroza es equivalente al juguete del hombre moderno: la ve pasar, radiante y musical, envolvente y escultural, y nunca puede subirse.

El carnaval responde uno tras otro a los eslóganes que te inoculan las compañías: disfrutá mientras puedas. La vida es una fiesta. Y con máscara encima, todo vale.

Perdón que sea aguafiestas, pero, como podrás sospechar, el carnaval nunca fue lo mío. Odiaba que me tiren agua. Odiaba que me tiren espuma. Odiaba la gente con máscara. Odiaba el baile murguero. Y en fin, odiaba tanta alegría concentrada, suelta y chorreante cual reguero de orín en la calle.

Es paradójico, pero tanta gente programadamente alegre, me pone triste.

Y ahora resulta que a los pueblos, a las provincias, a los grandes creativos del turismo, no se les ocurre mejor idea para convocar visitas que organizar sus propios carnavales. El otro día un amigo fue al de Lincoln y me mostró videítos. “Horas y horas sin parar de carrozas, parecía Río”, me contaba, entusiasmado. “Gastamos con mis nenes menos de 300 mangos, comida incluida”. Las carrozas de Lincoln parecían, verdaderamente, de primer mundo.

Estamos rodeados: hoy en día, si bien en un pueblo vecino al mío hay, desde hace tiempo, corso y carnaval –nunca entendí bien la diferencia-, ahora en mi pueblo quieren también institucionalizar el propio. Que Dios nos ayude. Y que el reinado del rey Momo se termine de una buena vez. Ya tenemos demasiado. El carnaval es un pomazo.

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