violencia en el fútbol

Por Pablo Llonto. El informativo de la radio da la noticia. Es muy parecida a la de semanas pasadas. En consecuencia, es una mala señal. Estamos a punto de naturalizar una información como si formara parte de la rutina de un club de fútbol. El locutor de turno dice: “Se entrena el plantel de Independiente con una custodia de Gendarmería Nacional, además de la policía”.

 

Es evidente que la triste retirada de Cantero en su mínimo intento por luchar contra las bandas fascistas argentinas (leáse barras bravas de Independiente), ha generado el agrande de los chicos malos.

Tres planteles, al menos, estuvieron a punto de ingresar a nuestra historia de luto. Independiente, Huracán y Leandro Alem, fueron víctimas en las últimas semanas de ataques y amenazas directos de los barras. Amparados por una estadística que crece y crece, por una AFA cómplice e incapaz, por una policía que alimenta sus bolsillos gracias a la violencia y por un estado que no encuentra la política adecuada para educar a una sociedad futbolera intolerante e hipócrita, los campeonatos argentinos se juegan siempre con sangre.

Si los hechos en Huracán no alcanzaban, o tampoco las apretadas filmadas en vivo a los jugadores de Independiente, el mensaje en la cuenta de Twitter de Santiago Davio, delantero de Alem, después del partido con Ituzaingó es casi, casi, la última advertencia :"Hoy temí x mi vida!!! "Nos mataron en el micro, regalados !!! No se puede más con esta violencia".

No se trata de cuál vida vale más que otra. Una muerte de un barra, espectador, jugador, o cualquier protagonista, es suficiente para detener el fútbol y dar órdenes concretas. Eso es lo que hay que hacer.

Viene ocurriendo todo lo contrario. Las páginas deportivas ofrecen abundante material diario sobre tiroteos, dagas, facas, y ejércitos derechosos de supuestos fanáticos que utilizan el mismo sistema de los grupos de tarea de la dictadura: cobardía, ataque en grupo, encubrimiento y códigos de mafia para protegerse. Su creación del “enemigo” es tan variable y arbitraria que han llegado al punto de enfrentarse internamente para disputar “los botines de guerra”, simbolizados en el fútbol por los peajes de estacionamientos, las ventas dentro del estadio, la reventa de entradas hasta llegar al tour barra brava.

Convertido en la vergüenza mundial, el fútbol argentino navega sin rumbo entre hospitales y causas judiciales que se abren y se cierran, pero por sobre todas las cosas se multiplican como los peces.

Ya ningún estadio ni partido de fútbol es de bajo riesgo. Ahora empezamos a medir los entrenamientos como de alto riesgo o mediano nivel. Por decir algo, los lugares de practica de Independiente y Huracán son probables escenarios de batallas y crímenes todos los días.

El gremio de los futbolistas no sale de la preocupación del comunicado ni del asombro.

Lo peor de todo es que decir, o escribir “ya es hora de que alguien actúe” es lo mismo que nada y, si bien no nos han vencido, seguiremos bregando desde aquí para intentar que este ambiente podrido y horrible que nos dejaron, no tenga que esperar el asesinato de un futbolista para que se dejen de joder.