fin de la obsecuencia

Por Pablo Llonto. El reacomodamiento, o aquello que en lenguaje popular Diego Maradona llamó “el panquequismo”, es casi un género del periodismo.

 

Suele practicarse mucho en la prensa política, conforme a los vientos y a las publicidades que soplen, pero mucho más aún se ensaya y practica en los no tan saludables campos del periodismo deportivo.

Ya hemos dicho que consiste en esa facilidad para darse vuelta en el aire conforme la tabla de posiciones, una o dos Copas Libertadores, o el jab implacable de una nueva estrella que no figuraba en los papeles.

La reciente mala racha del Boca que conduce Carlos Bianchi, sumando diez partidos seguidos sin ganar e igualando así la mala campaña de 1957, consume el tiempo de variopintos colegas que enredan lenguas y plumas en su afán por dar explicaciones sobre algo tan viejo como el fútbol: los entrenadores no hacen milagros con los planteles, en el fútbol todo se resuelve en función de los talentos que posee cada equipo.

Por eso hoy, cuando el ejército de periodistas que meses atrás suponía que Bianchi tenía en sus benditas manos la fórmula para lograr aquello que Falcioni no logró (ganar, gustar, golear), vemos desfilar – sin estupor – el más variado catálogo de explicaciones acerca de por qué le pasa esto.

Bianchi tiene espaldas para soportar este presente y aún un futuro más oscuro. Lo avala, por suerte para él, un pasado más que rico, que impedirá el final de hacha y leña que ya hubiese tenido cualquier otro entrenador. Pero nuestro eje no está allí sino en el sorprendente “cambio de frente” que mucho periodismo empieza a emanar.

El otro ejemplo es Sergio “Maravilla” Martínez (no podemos continuar sin señalar nuestro desairado ruego para que alguna vez se apague el boxeo en la Argentina), a quien se llevó hasta el punto más extremo de la idolatría periodística, más a fuerza de necesidad de ídolos que de otra cosa. La comprobación que ahora realizamos, en sólo 48 horas, desde la pelea en Vélez hasta el momento de escribir estas líneas, demuestra que los especialistas y los no tanto, poco más que piden entrelíneas la amable retirada de quien era el campeón con más imán, de Monzón a esta parte.

Cierta furia, entre chauvinista y por falta de reflejos, alimentó en el caso de Maravilla las pasiones que enardecen a los pueblos que piden guerreros y sangre. Todo vale cuando ello ocurre. Incluido que gran parte de un estadio, el sábado por la noche, en el peor momento de Maravilla se pusiera a gritar “a este puto le tenemos que ganar”, transformando así los habituales reclamos carniceros contra el inglés Murray (“¡Matálo!, ¡Rompelo!) en ruegos cavernícolas de un sector del país que no quiere avanzar ni en materia de derechos, ni en materia de igualdades.

Por suerte, un cacho de dignidad se apreció en unos pocos periodistas que llevaron sus tarjetas con puntaje certero y mostraron que aún en los momentos más inconvenientes, saben decir que alguien perdió cuando perdió. Otros escondieron la mano, y el micrófono.

Momentáneamente se ha producido el fin de las obsecuencias deportivas. Por un tiempo, las sobadas de lomo dilatadas y casi infinitas, se tomarán un descanso.

Lo bueno sería que dicho descanso sirviese para reflexionar. Porque así como hay ídolos con pie de barro, también hay micrófonos de barro.