Ramón Díaz

Por Pablo Llonto. De las pocas buenas cosas que Ramón Díaz hizo como entrenador, una de ellas ha sido renunciar. En estos tiempos de entrenadores sobrevaluados, inflados por un periodismo deportivo incapaz de resolver una de sus grandes contradicciones (la ineptitud para analizar por qué ocurren las cosas en el mundo fútbol y mucho más en el más ancho mundo deportivo), que algunos medios se lamenten por la ida de Ramón Díaz de River es un megapecado.

 

Díaz no sólo es el típico técnico chanta, que no deja nada a los jugadores ni como personas ni como futbolistas; es además un incompetente conductor de grupos que oscila entre sus apoyos a las barras bravas y por ende a la violencia en el fútbol, y un provocador de rivales que lo ubica entre los personajes más pequeños como seres humanos que ha dejado el fútbol.

Si algún hincha de River, como el ex periodista Farinella de Olé, se pone triste en estos tiempos por la partida de Ramón, allá ellos. Nuestro desquiciado fútbol necesita unos cuantos alejamientos como estos ( ya falta poco para el adiós de Julio Grondona y de los dirigentes que lo bancan) para que tengamos alguna esperanza de transformación en los próximos tiempos.

Sus desmedidas pretensiones de salarios codiciosos, los dirigentes bailando alrededor de sus apetencias, las inexistentes aspiraciones personales de un ambiente más sano y menos comercial en el fútbol, sus pretensiones para colocarse en vidriera a cualquier precio, y por último sus escasos anhelos por crecer como un técnico que aporte una idea para mejorar el juego, son algunas de las razones para aplaudir su renuncia.

Sabido es que desde nuestra columna los adoradores de entrenadores sufren del desinterés del columnista. Si nos encargamos, cada tanto, de quienes creen que rescatando a los jugadores podemos poner en su lugar a los amasijados técnicos modestos, que sin las chantadas de Ramón, trabajan día y noche en las Inferiores o en los clubes más humildes para enseñar. Enseñar de verdad.

Cuando asoma el Mundial de Brasil, y las huestes periodísticas alzan sus plumas majestuosas para elogiar o destruir entrenadores de aquí y de allá en base a los resultados, este respiro argentino de reflexión es saludable. Por eso también, dejemos de hablar de Sabella, y dejemos que hablen un poco más los futbolistas, verdaderos realizadores de un juego, que cada vez es menos un juego y más un negocio. Con gente como Ramón Díaz, dispuesta a convertirlo en más show y circo cada vez que agarra un club.

Este espacio no llora ni llorará a Ramón Díaz; todo lo contrario. Ojalá haya cavado su propio Nunca Más.