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Por Pablo Llonto. En su afán por echarle la culpa de todo lo que pasa en el mundo a un gobierno que quiere voltear, el diario Clarín cometió un exabrupto deportivo.

 

El pasado lunes en el suplemento deportivo el nuevo jefe de la sección Facundo de Palma (hace unos meses el diario echó sin causa a Julio Marini) escribió que de las 301 muertes que tiene el fútbol, 213 lo eran hasta el 2003 y “las 88 restantes se cargan en las alforjas estadísticas de los Kirchner”.

Seguramente después de las felicitaciones recibidas por uno de los editores generales, el encargado de supervisar Deportes, Ricardo Roa, De Palma se habrá entusiasmado y estará preguntándose: y el lunes que viene, ¿de qué puedo hablar?

Aquí van algunas ideas:

Desde que Cristina asumió ha disminuido la cantidad de goles de cabeza de los equipos de Primera.

Desde que Cristina asumió se venden menos jugadores argentinos a Tailandia.

Desde que Cristina es presidenta no se han construido más estadios en Avellaneda y sólo hay dos, los de Racing e Independiente.

Desde que Cristina llegó a la Rosada la Argentina no ganó el campeonato Mundial de clubes.

Sabíamos de la presión que sufren algunos periodistas en el matutino de la calle Tacuarí por traer noticias malas que empeoren la imagen del gobierno (existe una prohibición no escrita de dar noticias buenas) y así se ha reflejado en la encuesta realizada por la propia comisión interna de los trabajadores de Clarín, bastante hartos de un periodismo dirigido por las apetencias políticas de sus dueños (ver la encuesta en la página comisión interna de Clarín), enojo que ,además, está equilibrado por las quejas que también las hay, y muchas, contra el gobierno.

Pero lo cierto es que llegar a la reflexión de que son los gobiernos los responsables de las barras bravas resulta bastante de cuarta. El problema de las barras es bastante complejo y serio como para venir ahora a resolverlo tan fácilmente creyendo que el Estado mágicamente va a frenar la cuestión “garantizando la seguridad de sus habitantes”.

La consigna general suena bonita, como suenan también que el hambre se termine con un estado que “garantice la alimentación de sus habitantes” o que la gente pueda viajar a Miami y que el “estado garantice que todos tengamos 3.000 dólares en el bolsillo para ir a Disneyworld”.

Desde ya que el estado puede hacer todo eso si dejáramos y estuviésemos de acuerdo en que el estado suplante a los empresarios y sectores de la sociedad que no están dispuestos a pagar más impuestos y a repartir sus ganancias con los que menos tienen y dejar de enviar su platita los fondos y bancos del exterior.

Pero en el fútbol el asunto es distinto. Ni se arregla con palos y mucho menos se arregla con plata. Hace más de 15 años venimos señalando que el mal de la violencia excedió el asunto de las barras y que existe un nivel de intolerancia y agresión que ha convertido al fútbol en un reflejo de odio fanático que hoy, en unos cuantos países del mundo capitalista, tenemos que mirar como un curiosidad del planeta Marte el experimento de los brasileros el fin de semana pasado: el clásico de Porto Alegre entre el Inter y Gremio se jugó ante un sector de las tribunas que probó la convivencia pacífica de hinchas. Se trató de una zona mixta experimental. A eso hemos llegado los humanos por la incentivación del odio al rival futbolístico. No es que la violencia del fútbol se resuelve separando hinchadas, prohibiendo al público local, o poniendo 1.000 policías por partido. Todos sabemos lo que pasaría si a un hincha de River se le ocurre ir con su camiseta un domingo y pasear por los alrededores de Caminito o de la calle Brandsen, aunque no haya partido. O los riesgos que se atraviesan si un día domingo o sábado o cuando sea se te ocurre tomarte el tren o colectivo equivocado cuando van hinchas de tal o cual equipo hacia los estadios.

La violencia en el fútbol como cuestión cultural y su consecuencia mayor que ha sido la potenciación de las barras y las policías como partícipes de un gran negocio, necesitan de una transformación educativa muy fuerte donde el estado puede jugar un rol central pero necesita de los clubes fundamentalmente y de los dirigentes y los hinchas para que todo ese sentimiento se diluya en unos cuantos años. Si el 90 por ciento del público que va a las canchas sigue creyendo que la barra del equipo es simpática, alegre y divertida mientras más cantos de “putos” y “lo vamos a matar” lleve adelante, estamos fritos. Tan fritos como estamos, si el periodismo, todos los días, exacerba el fanatismo, el resultadismo, ganarle como sea al clásico rival y tanto verso mal parido del que tenemos que hacernos cargo.

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