LEÑA DEL COCO CAÍDO
Pobre Basile

BasilePor: Pablo Llonto. Con los años hemos llegado a la conclusión de que si algo maravilloso tiene el periodismo deportivo (¿será igual en todos los rubros de nuestra profesión?) es su capacidad para la voltereta.

Aquella célebre pieza televisiva de Minguito cuando, acompañado por un fotógrafo que interpretaba La Russa, ingresaba a la casa de algún famoso para reportearlo como periodista de “la Voz del Rioba” debe ser considerada brillante y fidedigna. Enojado por algún desplante o altanería, Minguito terminaba enojándose con la estrella al punto de dispararle “mirá que a vos, así como te podemo’ hacer un monumento te hacemo’ una lápida”

Los linchamientos

Son célebres en el mundo los linchamientos deportivos. ¿Recuerdan cuándo en 1994 quemaron la casa del arquero Bell de Camerún después de la eliminación en el Mundial 94? ¿O los titulares del Daily Mirror cuando Inglaterra se despidió de aquel torneo? (“El fin del Mundo”).

En los últimos días, el pobre de Basile supo bien de esas cosas. Varios medios se dedicaron a la obsesión más común cuando asoman las malas rachas: una encuesta para que el público responda. Así, en La Razón-com pudo leerse el voto de 12.223 supuestos lectores. El 72 por ciento de ellos enfureció uno de sus dedos y pulsó el casillero “El técnico”, cuando les preguntaban “¿Quién es el responsable de este momento de la Selección?”.

Buena parte de los opinadores de la pelota sacó el hierro y arremetió contra un entrenador a quien, meses atrás, poco menos que adoraba. El ambiente de drama nacional fomentado por los comentaristas de la TV se sintió en el momento del pitazo final en Lima. Durante la semana, no faltó la convocatoria a Sanfillipo, un insaciable perseguidor de Coco y Cía, siempre dispuesto a repetir la frase “que se vaya Basile, ya lo dije”. Productores de radio y televisión, colgados de la amarillenta consigna “buscá a alguien que le dé con un caño”, telefonearon al Nene en búsqueda de la palabra y la sangre. 

En cambio, el culto por el marketing del fútbol y el culto por el negocio de los futbolistas impide que se reflexione alrededor de cuánto vale realmente nuestra querida Selección Nacional y cuánto talento poseen nuestros futbolistas. Días atrás, la nota en algunos periódicos fue “el cambio de peinado de Messi”. ¿Algún día tomaremos la sana costumbre de darle el verdadero valor a quienes corren tras una esfera de marca Adidas?

La burbuja inflacionaria mundial ha sido hipotecaria y futbolística. No es posible que una casa cueste lo que cueste y que un marcador de punta se pague más que el presupuesto educativo de una provincia. La Argentina no tiene un Dream Team, aunque parezca lo contrario. Esta semana, quien para muchos ha sido uno de los mejores diez futbolistas de la historia nuestra contaba su pasado y sus valores en el programa de Fantino. René Houseman, alegrador de tardes y noches, agotaba su autobiografía con anécdotas que incitaban a una reflexión: y si estos cracks de hoy son “de oro”, el Loco ¿de qué era? 

Mucho menos podemos esperar un hombre o mujer con micrófono que le explique a la gente: “queridos televidentes, cuatro empates no son el final de un país. Usted acaba de ver un partido de fútbol y no la Guerra de la Independencia”.

Una admisión de Julio Marini, encerrada este lunes en un pequeño círculo de la nueva contratapa del suplemento Deportivo de Clarín, es valiente: “el fútbol está enfermo…”

Ojalá iniciemos el camino hasta responder quiénes y por qué lo enfermaron.

Pero bueno, la lección también es para Basile. Querido Coco, no es que ahora se levantó “la contra” en armas, como a veces pensás. Es que aún no aprendiste qué animal más extraño es el camaleón. 

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