ESPECIAL TEATRO: PURA CEPA, DE ANA FRENKEL
La perfección y el cuerpo

Pura CepaPor: Julián Gorodischer.  Presenciar la función de reestreno de Pura cepa (en Ciudad Cultural Konex, viernes y sábados a las 21), me impulsó a recordar, como mordiendo la madalena. Me transporta a un galpón del barrio de Palermo, días de invierno de hace unos años, el sueño de mejorar el aspecto personal gracias a las clases del entrenamiento corporal a cargo de Ana Frenkel, directora del espectáculo.

Mis compañeros de entonces eran los bailarines que descuellan en escena. Ante nuestras performances defectuosas (amateurs) no ofrecían carcajadas sino algo peor: un aplauso suave, inequívocamente convenido. En Pura cepa, en varias escenas, se ven hombres con hombres y mujeres con mujeres que representan peleas o atracción a través de roces corporales que derivan en empujones, caricias, caídas, asistencias. En las clases que compartíamos con esos seres virtuosos del movimiento eso pasaba todo el tiempo: ensayaban con un absoluto control de las emociones; para nosotros (amateurs) hacer el contact impro (expresión corporal basada en el contacto) con un bailarín era un sueño postergado; se juntaban entre ellos y teníamos que emparejarnos entre nosotros. Una de las chicas del hoy Grupo Compo (artífices de Pura cepa) también solía quedar sin pareja durante el contact, pero se iluminó e hizo “del defecto un valor”, y empezó a agravar en vez de disimular las brazadas espásticas donde debería haber existido un suave desplazamiento bailado y se ganó, en vez de los sobrios aplausos de compromiso, ovaciones que desmentían cualquier ”puesta armada”.

Llegado un punto se nos volvió intolerable ese mundo de formas armónicas, pero no por tomar una actitud disidente sino como un impulso ciego y desesperado que nos llevaba a fugarnos veinte minutos antes de la relajación, para pasar inadvertidos en vestuarios vacíos que no atestiguaran nuestro deplorable estado. Eramos torpes, habíamos fracasado en el intento de ubicarnos forzadamente al lado de los bailarines más hermosos para que nos tocara hacer con ellos el contact, más interesados en tocarles el culo accidentalmente que en lograr la conexión que la técnica corporal predica. Y sufríamos el hecho –siendo impares- de ser asistidos por la ayudanta de Ana, llamada Debi, que era una mujer encantadora, pero eso no nos quitaba el dolor de un nuevo rechazo del Grupo Compo. Recuerdo el día en que un protagonista de Pura cepa se apiadó y aceptó ser mi pareja en el contact, haciendo lo posible por no delatar mis pisotones o mi imposibilidad de confiar en su espalda como sostén –como se pedía-, tanto que terminado el número yo no podía dejar de repetirle “gracias”, ante su mirada impávida que parecía rogarme: “Tené la dignidad de callarte y no me hagas pasar por esto por favor”. Nosotros (amateurs) nos encargábamos siempre de desmontar la farsa del aprobado que nos dedicaban con el aplauso de rigor, después de un solo, como si supiéramos que lo mejor para nosotros sería desertar de una vez y volver al mundo que nos había tocado: el de las contracturas.

La aventura duró dos meses, en los que nos enseñaron muchas cosas que hoy se exhiben en Pura cepa. Recapitulando, siempre coincidimos en que el Grupo Compo nos ayudó a separar el contacto entre dos cuerpos de la excitación bruta y llana; llegamos a las clases estando programados para iniciar la cuenta regresiva para llevarlos a la cama en el beso en la mejilla, y ellos nos mostraron cómo variar la ley de la atracción, desexualizando la cosa cuanto más rozados y tirados estuviesen uno encima del otro y poniéndose más calientes en las escenas donde no hay contacto, como durante las canciones en inglés que se cantan en Pura cepa, con los bailarines quietos y separados. Además, nos enseñaron a ser menos dependientes de la narración para permanecer despiertos en una butaca, a dejarnos llevar por las formas que se bailan que –ya sin la presión de compartir el escenario- nos proveen un enorme placer visual, en especial cuando el Colo (Diego Rosental) se desplaza como si volara, con una liviandad que antes asociábamos a los pájaros y los ángeles. Fue nuestro error (de amateurs) no quedarnos a saludar después de la función de Pura cepa; debimos presentarnos como es debido, agradecer por una performance tan encantadora, y hasta nos hubiera redimido de nuestra impericia pasada recordar alguna anécdota de las clases compartidas, como si hubiéramos sido novios o ex compañeros de colegio y entre nosotros todo estuviera saldado. Sin embargo, nos escapamos antes de terminarse el aplauso, como si nuestra última clase hubiera sido ayer, y todavía sintiéramos el foco de luz blanca y la voz de Ana pidiéndonos que bailáramos, forzando a excusarnos como el primer día: “Hoy paso”.

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