FURIA EN EL AEROPARQUE/
Indignate no es enójate

AEROPARQUE Y FURIA - JACK NICHOLSON FURIOSO EN EL RESPLANDRO/Por: Adriana Amado. Viernes antesala de fin de semana largo.  Vientos de primavera, de esos que ocurren sistemáticamente para octubre pero que la buena prensa que la estación omite de la consideración. Vuelos cancelados, postergados, desaparecidos de las pantallas que ese día no anunciaban las partidas. A mitad de la tarde se acumulan pasajeros en los pasillos, gente de paso en lugares de paso, diseñados para rodar y no para permanecer horas tras horas  con la ansiedad del destino incierto. ¿Saldrá el avión? ¿Y si no? ¿Cuándo? ¿Dónde fueron a parar las valijas despachadas? ¿Dónde habrá un ser humano que pueda responder alguna de estas dudas existenciales? El único ser vivo del lado del otro lado de los mostradores es el pobre señor de la seguridad privada, que podría haberle tocado cuidar la capilla, pero ese día lo asignaron al ingreso a la zona de embarque.  Y a recibir toda clase de quejas, malhumor, empujones, insultos en portugués,  italiano, e intensamente en argentino. Justo el que menos tenía que ver con todo eso.

Las filas apretujadas crecen y crecen en ese desierto de empleados con la persistencia que da la ansiedad y el desconcierto. Sentarse sobre la valija frente al chequeo es más confortable que hacerlo en un pasillo y resignarse a que pasen sobre los pies una y otra vez las rueditas de los que creen que en movimiento el tiempo pasa más rápido. Todos esperan que en algún momento aparezca algún uniforme que no sea el de los mozos que despachan medialunas como si fuera el último alimento antes del fin. Los de la mañana ya se resignaron a tirarse en el piso, contra el vidrio que hace ángulo agudo porque no está diseñado para apoyar la espalda. Pero después de medio día de espera, son los treinta centímetros más acogedores que el aeroparque concede. Frente a la oficina de Aerolíneas Argentinas, la gente  levanta los puños con un comprobante de embarque inútil. Cada veinte minutos el altoparlante comunica a los pasajeros que las demoras se deben a razones meteorológicas ajenas a la voluntad de la compañía (bueno sería que tuviera algo que ver) y pide disculpas por los inconvenientes ocasionados. Después de ocho horas de incomodidades y desinformación, la repetición sonaba más a cargada que a sincera disculpa.

Y  estalló la ira. Uno de barba intensa y ropa invernal puteaba como para que lo escucharan en el aeropuerto de destino. Con voz penetrante y sintaxis asamblearia reclamaba por la falta de información.  Y atrás de una puteada impecable agregó que era intolerable pasar el día en un lugar donde cobran “$72 el café con leche”. Otro revoleó furia equivalente en una piña certera que recibió el único uniforme de Aerolíneas Argentinas que había asomado en varias horas. Empujones. Valijas derribadas. Turistas extranjeros maldiciendo el operador que le había sugerido Calafate como destino único en el mundo.  Si antes no había ningún empleado,  después del evento quedaron menos.

Debajo de las pantallas que seguían sin informar la hora de salida de ningún vuelo, algunos se ufanaban del episodio. “Hay que matarlos/ despedirlos/ romperle la cara a todos”.  Se creían de los indignados por ser clase media en situación de protesta. Pero esa locura nada tiene que ver con los indignados del mundo. Stéphane Hessel  en el manifiesto que inspira las movilizaciones que vemos por estos días aclara expresamente que la indignación no tiene nada que ver con la ira: “la violencia da la espalda a la esperanza. Hay que dotar a la esperanza de confianza, la confianza en la no violencia”. Y aclara luego “Es por esta razón que no deberíamos acumular mucho odio”. Pero claro, era poco probable que lo hubiera leído el energúmeno de corbata que maltrataba al pobre tipo de seguridad que de tan pobre no podía escaparse de la ingrata tarea que le había tocado ese día. Porque hasta el último de los empleados de Aerolíneas se pudo guardar durante el caos. Pero el infeliz de la empresa tercerizada (también en aeroparque se agita el fantasma de Mariano Ferreyra) tenía que arreglárselas con un papelito mal escrito con los vuelos cancelados y la garganta apretada del miedo que le daba la turba que insistía en embarcarse en aviones que estaban cancelados.

La furia que desatan episodios de violencia alrededor del transporte público es llamativa. Se supone que cuando pasa en los molinetes del subte o en la estación del tren conurbano son infiltrados, militantes, forajidos, masa obrera ignorante. ¿Quiénes eran los que estallaban en el aeroparque el 7 de octubre? Todos estaban muy nerviosos, enojados profundamente con ¿la situación?, ¿el clima?, ¿la compañía?, ¿la falta de información? ¿Qué es lo que enojaba tanto a gente que viaja en avión el día previo a un fin de semana largo? ¿Qué enoja tanto a gente que correspondería a la franja social más satisfecha, según venían repitiendo las encuestas y análisis electorales? ¿No estábamos felices? El nuevo humor social está un tanto susceptible.
 
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