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lou reed

Por Cicco. Sí, ya sé que pasaron muchos días desde que dejó este mundo. Pero de todos modos, las despedidas pueden tomarse su tiempo. Sobre todo, cuando son merecidas. Lou Reed, el máximo poeta del rock de los bajos fondos, hizo de su vida, su arte. Murió en su ley, recostado en la cama, a poco de terminar sus movimientos de tai chi. Un tsunami que se retiró acariciando suavamente la orilla del mundo con su última ola.

 

Lou Reed era de los verdaderos. Su voz era verdadera. Sus letras eran verdaderas. Cada arruga de su cara se la había ganado tropezando, aprendiendo y golpeándose con cada esquina de Nueva York. Ay, Nueva York, qué gran disco. El mejor de su carrera. Y el álbum de rock más poderoso de las últimas décadas. Nadie como Lou para componer himnos de la decadencia. Acuarelas de personajes perdidos, cafishos, travestis, drogones.

Todo el mundo cuando piensa en él recuerda “Camina por el lado salvaje”, su tema más célebre. Pero a mí me gusta otro, más nostálgico: “Coney island baby”. Uf, te pone la piel de gallina. Cuando lo compuso, dijo que superaba a todo lo que había hecho hasta entonces. Tenía razón.

Lo queremos a Lou. Cuando vino a la Argentina, dio una conferencia de prensa y aún atesoro los puchos que fumó aquella tarde en un hotel. Dijeron que era una persona temible pero se portó como un caballero. Respondió a cara lavada, sin sus clásicos lentes oscuros y hasta se tomó un tiempo para sacarse fotos con nosotros.

Lo queremos a Lou porque él no andaba con rodeos. La media tinta para él, no existía. Era de la escuela de Neil Young, artistas que podrán hacer discos espantosos pero nunca hicieron música con otro órgano que no fuera el corazón. O los testículos.
Cómo me gustaba New York y cómo me gustaban sus dos discos de luto: “Songs for Drella”, con John Cale, su ex compañero de Velvet Underground, y dedicado a su difunto amigo Andy Warhol. Y “Magic and loss” uno de sus álbumes más potentes y oscuros, que compuso tras la muerte de dos amigos. Le tengo tanto respeto a ese disco que para escucharlo necesito prepararme. No quiero que esa tormenta me tome por sorpresa.

Cada disco de Lou fue un capítulo de la novela de su vida. El capítulo drogón. El capítulo afeminado. El capítulo con David Bowie. El capítulo de su separación. El capítulo de su pasión por Edgar Alan Poe. Y su último disco asociado con Metallica, su pasión por encontrar un sonido cada vez más áspero.

Entre tanta estrella nueva del rock platinada para la ocasión, Lou parecía un tipo de pocas pulgas. Pero en verdad, era alguien que buscaba que el negocio no lo pasara por arriba. No le vengan con modas. No le vengan con bailar el gangan style para vender más discos. Él hacía música y punto. Como debe ser.

Lo queremos a Lou porque tenía la sabiduría de los tipos que volvieron del lado salvaje y descubrieron la paz en las cosas sencillas como un amor duradero, los ejercicios del tai chi y tomar café con tostadas. Aquella vez que vino a Buenos Aires y me llevé sus puchos, le hice una única pregunta que aún recuerdo. “¿Cómo explica su éxito en la Argentina cuando su fuerte está en las letras y aquí pocos entienden el inglés?”Una pavada, claro. Lou me clavó la mirada y el rostro se le arrugó aún más. “Esa”, me dijo, “es una típica pregunta de periodistas”. Y eso fue todo. Un rock star de verdad.

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