PREMIO ALFAGUARA PARA ANDRÉS NEUMAN |
| Los aforismos del ganador |
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Imagen pública
Conocí a Neuman durante las actividades del FILBA, en la librería Eterna Cadencia. Nos saludamos y poco más. Creo que en un momento se puso a imitar a Borges y la gente que lo rodeaba se reía. El tipo tiene un sitio “oficial” en la web donde se ve una foto suya sonriendo. Mi amigo, que seguía en el teléfono cuando me senté en la computadora, decía a los gritos y exagerando: “¿La estás viendo? ¿La estás viendo? Esos son los dientes carniceros del progresismo”. Lo despedí con amabilidad y encontré una nota en ADN. En la foto que la ilustra, Neuman también sonríe, pero aparte aparece posando frente a una biblioteca llena de libros editados por Acantilado, cuyo catálogo es uno de los más atractivos de la lengua castellana. Paco, el librero irónico, me lo dijo con claridad: “Hermosos, pero valen oro”. Y ahí sí me agarró un poco de envidia. “Mirá que turro todos los Acantilados que tiene” pensé, dando por sentado que esa era su biblioteca y olvidando que lo lógico sería envidiarlo por la guita del premio.
El aforista
Abandoné la computadora, me hice un café y busqué a ver qué tenía de Neuman. Encontré un libro titulado El equilibrista, publicado en el 2005 justamente por Acantilado. El subtítulo informa “aforismos y microensayos”. Si me preguntan, no creo que haya género que sea intrínsecamente malo. Ni el soneto, siempre polvoriento, ni el Teatro de Revista, con su energía libidinal mal conducida, ni el panfleto, necesariamente arrebatado, ni el manifiesto, entusiasta y anacrónico, me ponen en guardia o despiertan mis sospechas. Pero aceptemos que hoy en día publicar aforismos es meterse en un berenjenal. Para el caso, El equilibrista de Neuman simplemente me desconcierta. Algunos de sus aforismos recuerdan a la sección “Lo importante” que Cora Cané mantiene por los siglos de los siglos en la contratapa de Clarín. Un ejemplo: “No confundir la moral con quienes la defienden”. Otros intenta la paradoja (“Llegar a viejo es la desgracia más afortunada”), otros son cursis (“El olvido requiere una buena memoria”, “A veces leer es demasiado fértil”), otros suenan a consejo de viejo (“Aprender a perdonar es empezar a equivocarse menos”), otros intenta un hondo calado metafísico (“No podríamos sobrevivir sin sabernos mortales, pero no podemos vivir sin sentirnos eternos”), y hay algunos, quizás la mayoría, son francamente tontos. Los más divertidos pueden ser los incomprensibles (“Abuelo es paraíso”, “La poesía es un guante creciente”). Un detalle que no debería pasarse por alto: todos, sin excepción, son optimistas. Pero de un optimismo al que uno le gustaría decirle: “Bueno, vamos cortándola, ¿sí?”. Estoy tentado de copiar el libro entero, porque el efecto parece acumulativo y estoy seguro de que no logro trasmitir con palabras lo que siento cuando lo leo. En un momento, llegué a dudar si estaba despierto o frente a un espejismo. Pero me despabilé y afectado por la lectura, reflexioné: “El ingenio es como una olla con agua hirviendo. Sirve para cocinar un buen plato de vermicelli, pero también puede generar quemaduras de tercer grado”.
Lichtenberg, Cioran y Twitter
Que quede claro, al lado de esto José Narosky es Deep Purple. Y puesto a pensar, hay dos aforistas que me gustan mucho. Uno es Lichtenberg, que en realidad lo que dejó fueron extensos cuadernos de anotaciones. Y el otro es Cioran, esté sí maestro negro del género, melancólico profesional, risueño en su opacidad de juguete. Neuman no tiene nada que ver con ellos. Y es muy probable que Cioran saliera veloz a comprar dos litros de querosén y una caja de fósforos si le tocaba leer algo como El arte de la alegría, un ensayo breve que se incluye al final de El equilibrista. Ahora bien, hoy en día los grandes aforistas estás en Twitter. Les recomiendo al habitante extranjero de Villa Culpa, o al lúcido jinete de amplio espectro político, pero más allá de las firmas particulares, la creadora es la máquina Twitter, la que nunca descansa. Ella, instantánea, hiperconectada y lenta, acumula, en los pliegues de su carne, millones y millones de frases banales, pero también, cada tanto, como no podía ser de otra manera, tira al aro y emboca.
Winner don´t use drugs
Resumiendo, Neuman, un argentino que vive casi desde siempre en España, acaba de ganar una torta de plata con una novela titulada El viajero del siglo y pasa así a formar parte del sospechoso y plácido parnaso latinoamericano de los mega-premiados. Por mi parte, cuando terminé de repasar El equilibrista, llamé a mi amigo el literato envidioso, y le leí más de la mitad del libro. A cada frase que yo leía, él estallaba en insultos. Solamente paré para recordarle que si decidiera volver a la Argentina, Neuman sería casi millonario. Fue un gesto sádico y en su momento lo disfruté. Pero cuando corté, y mientras calentaba un poco más de café, me di cuenta de que me había quedado un sabor raro y amargo en la boca.
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Por: Juan Terranova. Estaba en casa, durmiendo la siesta y sonó el teléfono. Con la mano derecha busqué el inalámbrico y atendí. Del otro lado una voz me dijo: “Andrés Neuman ganó el Alfaguara, 175.000 dólares”. Era un amigo, periodista, ocasional poeta y lector esmerado. Su voz tenía una carga tan grande de envidia furiosa, que le costaba disfrazarla de indignación. “Bueno, bueno, tranquilízate” le dije. Todavía estaba un poco dormido y me costaba entender lo que decía. Por la modulación y el énfasis que usaba, era como si un colectivo hubiera pisado a su perro para luego darse a la fuga. Me imaginé al perro en el asfalto, hecho raviol. Intenté calmarlo una vez más, pero su reloj biológico sonaba nítido avisándole que estaba listo para formar parte de la Marcha contra la Inseguridad. 
