MERECE QUE SE LO RECUERDE |
Ballard y las series |
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Lecturas
Cuando tenés diez años y estás en quinto grado leés Elige tu propia aventura, a los doce años empezás con Nippur de Lagash de Robin Wood, a los trece quizás a Verne o a Salgari –yo nunca leí a Salgari, pero a Verne sí, y lo recuerdo con cariño–, a los quince leés Demián de Hesse y te parte la cabeza. A los diecinueve, alguien te pasa un libro de Raymond Carver. A los veintidós alguien te habla de William Burroughs. Y ya te das cuenta de que podés ser feliz el resto de tu vida leyendo lo que marca Borges –la casita Borges–, y también que eso es demasiado fácil.
Una serie más
Burroughs es un principio y un cierre. Se lo puede leer con Trotsky y con Marx, o se lo puede leer desde, con y después o antes de Vonnegut. Y de Burroughs y Vonnegut, si no se cayó inmediatamente en El mundo sumergido o en La sequía, vía consumo de ciencia ficción berreta, se pasa a Ballard. ¿Y dónde entra el tío Freud? ¿Y el bisabuelo Wells? Y Ballard y Vonnegut engendran a Palahniuk y a Michael Chabon. Y Palahniuk autoriza la lectura de Gabe Hudson con dos frases en la solapa Dear Mr. President. Mientras tanto, los argentinos educados a caballo del liberalismo de manual seguimos leyendo a Nippur de Lagash y a Ballard. ¿Por qué? Porque si Ballard hubiera sido argentino, habría escrito sobre el peronismo con una luz nueva. A su manera, escribió sobre la guerra de Malvinas en un texto bastante cursi pero con excelentes momentos. ¿Qué más hubiera contado de haber sido porteño, o mejor rosarino, o todavía mejor, montevideano? Seguramente habría construido la historia de un tipo que en la década de los 90, en vez de convertirse en un zombie, prueba con las drogas duras y el sexo trapezoidal, pero lo que más lo excita es su trabajo como diseñador para una multinacional de origen danés.
La otra comedia
La serie del futuro, la serie psicoanalítica, la serie de la guerrilla paranoica, la serie apocalíptica. Ballard fue nuestro Balzac cuando todavía no habíamos llegado a Philip Roth o cuando los planteos de Roth –el adulterio, el agotamiento del deseo y los problemas de pareja– todavía nos resultaban demasiado ajenos. En todo caso, los libros de Ballard también construyen una comedia humana, muchas veces pasada por el tamiz de iones de la televisión. Y hay un truco que pocos saben, los protagonistas de esos relatos, cirujanos e ingenieros, apocalípticos integrados, seguramente son lectores de la primeras novelas de su creador, las de cine catástrofe, lo que se conoce como el primer Ballard.
Esperando la nueva exhibición
Pero ahora Ballard deja de ser uno de los grandes escritores vivos del siglo XX para dar un paso hacia el panteón. ¿Esto es bueno o es malo? No tiene mucho sentido evaluarlo desde esa perspectiva. Un amigo me dice: “Bueno, por lo menos va a servir para que lo reediten todo”. Aunque sus libros se conseguían –Minotauro nunca dejo de lanzar sus nuevos títulos– con que vuelva a circular Exhibición de atrocidades, en traducción mítica de Marcelo Cohen, estamos hechos. Y Ballard desde el cielo, mirando con su mueca irónica, su inteligencia y sus máquinas.
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Por: Juan Terranova. Murió Ballard. La noticia ya venía siendo cantada, incluso por él mismo, desde hacía años. Luego, largas listas de fans y críticos rindiéndole homenaje en sitios webs, blogs, diarios y revistas especializadas. Muy bien. Se lo merece. Merece que se lo recuerde porque describió la negatividad del siglo XX mucho mejor que Thomas Bernhard, y fue un perverso asimilado, un voyeur inglés que hacía equilibrio, hijo de una guerra, nacido en Shangai, y le dio al mundo, por lo menos, seis libros fundamentales. 
