SOBRE EL COMIENZO DE LA PRIMAVERA
Deutschland über alles

ELCOMIENZO DE LA PRIMAVERAPor: Juan Terranova. Desde hace poco, Patricio Pron vive en Madrid después de haber pasado casi diez años en la universidad alemana de Göttingen donde se doctoró en Filología Románica. Nació en Rosario en 1976 y tiene publicados varios libros, entre ellos la llamativa novela Nadadores muertos. El comienzo de la primavera, publicada a fines del año pasado, ganó el Premio Jaén de Novela.

El comienzo de la primavera contiene descripciones muy duras de todo lo alemán. Si no recuerdo mal, desde los legos a los filósofos y los académicos, todos los personajes alemanes tienen algún grado de sordidez. ¿Por qué?

Bueno, simplemente porque esa sordidez es uno de los aspectos más interesantes del pasado y del presente de Alemania, además del paisaje cotidiano de cientos de miles de alemanes e inmigrantes. Fue también el mío, durante un período.

El comienzo de la primavera es una novela muy alemana en lo anti-alemán y al mismo tiempo muy argentina en lo alemana. ¿La escribiste pensándola en alguna de las dos tradiciones? ¿O estaría en una tradición compartida, en una tradición puente?

La novela participa de ambas tradiciones, pienso. En su rechazo de lo alemán es profundamente alemana y en su interés por Mitteleuropa es decididamente argentina. Esa doble adscripción conecta con mi biografía, que está a caballo entre esos dos países, pero también adhiere a una tendencia de la literatura argentina que es la de los escritores de doble adscripción como Walsh, Borges, Copi, Wilcock o Cohen, que me parece la más interesante.

“(…) nunca pude dejar de ser alemana, de arrastrar conmigo esa identidad de la que nadie puede desprenderse, como una mancha de nacimiento o los estigmas de un santo” confiesa Bernd Pechstaedt en la novela. Si esas son las marcas de identidad alemana, ¿cuáles son las marcas de identidad argentinas?

Exactamente las mismas. Y la crispación y el entusiasmo para involucrarse en todos los proyectos totalitarios que se cruzan en el camino de los argentinos, aún en detrimento de lo que dictan el sentido común o la experiencia.

Las hipótesis de Hollenbach sobre la filosofía de la historia, ¿no construyen finalmente una larga reflexión sobre el arte de narrar, o incluso el arte de la novela?

Sí, exacto. Hollenbach se interroga sobre cómo narrar la Historia, que es como preguntarse cómo narrar simplemente, y El comienzo de la primavera es narrada precisamente de acuerdo a su propia concepción de cómo se debe hacerlo, que es de forma discontinua.

El libro cierra con una nota donde citás una larga lista de libros que leíste para construir tu historia. ¿Cuál fue el que más disfrutaste y por qué?

Muy probablemente el principal descubrimiento del período de documentación fue el diario de Marianne Feuersenger Mein Kriegstagebuch. Führerhauptquartier und Berliner Wirklichkeit [Mi diario de guerra. Cuartel general del Führer y realidad berlinesa] (1982), de donde extraje la información acerca del trabajo en la «Kriegsgeschichtliche Abteilung des Oberkommandos der Wehrmacht», el departamento de escritura de la Historia del alto mando del ejército alemán que aparece en la novela. También el libro de Gerhard Sauder sobre el incendio de la Opernplatz Die Bücherverbrenung. Zum 10. Mai 1933 [La quema de libros. El 10 de mayo de 1933] (1983) y el libro de Anna Maria Sigmund Las mujeres de los nazis (2000), uno de los pocos que ha sido publicado en español de toda la bibliografía. No me sorprende que los protagonistas y autores de dos de esos tres libros sean mujeres.

El comienzo de la primavera puede ser leída como la novela de un arribista, que vendría a ser Hollenbach, o la novela de un ingenuo, que sería a ser Martínez. ¿Te podés identificar con alguna característica de estos personajes?

Desde luego. Por lo demás, yo agregaría al arribismo y a la ingenuidad, la cobardía, puesto que las tres son las virtudes más habituales entre los escritores, no sólo entre los más jóvenes.

En la novela hay muchas voces femeninas. Y muchas veces son las mujeres las que narran, llevan el relato adelante y ocupan el lugar de la inteligencia. ¿Es El comienzo de la primavera una novela “feminista”? ¿Qué pensás del feminismo?

No, no es una novela feminista: es una novela de mujeres, que son quienes la narran y en quienes radica la potencia de mentir pero también la de decir la verdad, esto es, la de establecer un sentido para la Historia. En cuanto al feminismo, supongo que fue una lucha que tuvo sentido, allí y entonces, pero yo mismo no suelo detenerme en el sexo de los autores a la hora de leerlos; como ha dicho Samantha Schweblin, “la literatura no tiene género”.

¿Hay algún escritor alemán que te haya influenciado? ¿En qué?

Bueno, la sintaxis alemana parece haberse colado en mis libros mucho más de lo que yo suponía; a esa sintaxis fría, levemente sentenciosa y articulada de W.G. Sebald o de Thomas Bernhard o de Martin Walser (aunque estos últimos son austríacos), yo le sumaría la curiosidad intelectual de Bertolt Brecht o de Walter Benjamin y añadiría a otros autores modernos como Wladimir Kaminer o Birgit Vanderbecke entre esas influencias. Mis autores favoritos, por lo demás, son los expresionistas alemanes, casi todos desconocidos, todos muertos jóvenes en la Primera Guerra Mundial o asesinados por los nazis o víctimas de una gripe que, sólo Dios sabe por qué, se llamó “Gripe Española”.

¿Y algún argentino? 

Sí, varios cientos de escritores muertos y un puñado de escritores contemporáneos: Fogwill, Elvio E. Gandolfo, Pablo De Santis, Ricardo Piglia, Gustavo Nielsen, Guillermo Saccomanno, Marcelo Cohen, César Aira o Sergio Chejfec. Uno de ellos es el  mejor escritor argentino vivo.

¿Y algún español?

Creo que Enrique Vila-Matas  y Roberto Bolaño, si quieres considerarlo español. Max Aub y Rafael Cansinos-Assens también.

En El comienzo de la primavera, y en otras partes de tu obra, hay una desconfianza muy clara y una condena dura a los momentos de sociabilización intelectual. En la novela se dice que los congresos académicos sirven para “beber o liarse con algunas de las participantes”. En el relato Es el realismo escribiste: “El primer argumento es que deseaba mantener su autonomía como escritor en un marco en el que el reconocimiento –esa forma modesta de la fama de la que gozan algunos escritores, no más de cinco por generación– está supeditado a continuas concesiones la mar de humillantes: almorzar con A, comentar elogiosamente el libro de D, apoyar como jurado la novela de H, decir chorradas en el suplemento Ñ.” ¿La verdad sólo está en los libros? 

No, la verdad no está en los libros; al menos no en los que me interesan a mí, que son mayoritariamente ficciones. Si estuviera en ellos, desde luego, yo no los leería: Edipo salió a buscar la verdad y acabó ciego después de haber matado a su padre y haberse acostado con su madre. Nadie quiere la verdad en su casa a la hora del desayuno, y yo tampoco. Si en los libros no está la verdad, sin embargo, quizás sí esté una forma de legitimar lo que uno es o lo que uno pretende ser, y para mí, desde hace mucho tiempo, esa legitimación pasa por los libros, por leerlos y escribirlos, todas las mañanas y todas las tardes, tratando de ser como los escritores que fueron importantes para mí y esperando serlo yo también para otros como yo, que están allí afuera.

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