EN UNA MESA REDONDA EN LA BIBLIOTECA NACIONAL
El famoso tema de la independencia

BIBLIOTECA NACIONALPor: Juan Terranova. El viernes pasado la gente de Editorial Tamarisco me invitó a una mesa redonda en la Biblioteca Nacional titulada “Revistas literarias, revistas culturales. La circulación alternativa” con Juan José Burzi de Los Asesinos Tímidos y Víctor Malumian de Esperando a Godot. La convocatoria me sorprendió, la mesa no salió tan redonda como se esperaba, más bien salió bastante cuadrada, pero yo llevé este texto.

1.

Hablar en una mesa sobre lo que pasó hace veinte años tendría un valor y un grado de dificultad. Otra cosa muy diferente sería hablar de algo que pasó hace diez años. Pero hablar de una revista que se empezó a editar en el año 2000, hace nueve años, es difícil y farragoso. No nos ayudan, por ejemplo, los números redondos tan gratos a los periodistas culturales. El primer número de la revista Tres Galgos salió en noviembre del 2001, un mes antes del famoso diciembre del 2001. El diseño había sido digital, pero su producción se limitaba a una triste, aunque magnética, pila de hojas de papel abrochadas con un sapo diseccionado en la tapa. Los tres números que siguieron continuaron este soporte que podríamos llamar “papel”. El cuarto hicimos la clásica revista-libro, con lomo, dedicada íntegramente a Juan José de Soiza Reilly. La incursión web, sobre el final de la existencia de la revista, fue breve y penosa. Los editores de la publicación, Celia Dosio, Martín Servelli, Ernesto Vallhonrat y yo mismo, que también éramos los principales proveedores de contenidos, ya nos comunicábamos por mail. Pero todavía no existían los blogs. Tres Galgos fue entonces y sobre todo una revista analógica. Un resto del siglo XX en el abanico del cambio hacia el siglo XXI. La recuerdo como un principio grupal. Como el primer intento de decir algo coherente por afuera de las instituciones a las que pertenecían sus redactores. Pero sobre todo la recuerdo como una revista inconformista, cuestionadora, irónica, y también culta, torpe y exigente, como sólo los alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires pueden serlo. Tengo muchas anécdotas sobre ese momento tan especial de la historia argentina reciente y sus articulaciones con las reuniones de la revista. Recuerdo cómo leíamos y discutíamos la lujosa y para nosotros completamente regresiva revista Mil Palabras que también empezó a salir por esa fecha, recuerdo el desprecio apenas velado de algunos estudiantes y docentes por la estética precaria de la revista, recuerdo las juntadas en el área de referencia de la biblioteca de la Facultad, y también el asombro por el violento final de La Alianza y la alegría de compartir la lectura de un autor como Soiza Reilly.

2.

Se me invita hoy a discutir sobre “edición independiente”. Respondo a esta invitación con una afirmación categórica: este no era un problema que les interesara a los integrantes de Tres Galgos. La independencia era algo de hecho, algo que estaba ahí como puede estar un mueble en el que apoyamos nuestros materiales de trabajo. Hacíamos, para decirlo mal y pronto, lo que queríamos, muchas veces forzando ese “querer”. Usábamos la palabra “independiente” con el significado complejo y quizás ambiguo pero finalmente útil para designar la falta de recursos. Éramos “independientes”, básicamente porque éramos pobres, inexpertos y arrogantes. Aunque quizás me apure diciendo esto y saque conclusiones antes de tiempo. 

3. 

Me gustaría traer a discusión una entrevista que el escritor cordobés Javier Quintá le hizo, el mes de julio pasado, a Pablo Ramos para la revista-blog Hablando del Asunto. Más allá de lo que diga Pablo Ramos –a quien puedo incluso admirar– sobre mi persona y mi literatura, y sabiendo que tomar como “texto” una entrevista es, por lo menos, dudoso, me gustaría detenerme en sus declaraciones. A la primera pregunta de la entrevista Ramos ya responde marcando una separación y una veneración: “Lo que pasa es que la gente entiende muy poco de literatura y es muy común que tengan una visión superficial de las cosas.” La “literatura”, sin fisuras, sin marcas, va a ser una constante preocupación para Ramos a lo largo de todo el diálogo. ¿Y cómo leer esa separación tan dura? ¿Literatura versus superficialidad? ¿Gente que no entiende versus gente que entiende? Ramos dice que escribiría aunque nadie lo leyera, que el padre es el “gran tema” y también que es “una persona que está todo el tiempo pensando y viviendo en medio de la literatura”. Son muchas las frases lanzadas desde ese lugar, que podríamos llamar “de pertenecía cultural”. La más radical quizás dice: “Leer es la solución verdadera a todo, es la solución mágica a todo.” Llegado este punto me gustaría decir que por sus declaraciones, pero también por sus libros, Pablo Ramos es un conservador prácticamente de manual. ¿Cómo lee? ¿Se puede extraer una forma de leer por los autores que cita como referentes? El “formato lista” que elige Ramos recuerda mucho a las enumeraciones de Juan José Saer, que no dejaba pasar entrevista o artículo sin enumerar el super-canon de la Literatura Argentina, dos palabras que para ambos autores parecen escribirse siempre con mayúsculas. Hasta acá tenemos lo que podríamos llamar un “conservador pasivo” que vive sus contradicciones como las vivimos todos, con ligereza o con ira, según el caso. El clima sin embargo se enrarece un poco más cuando Quintá le pregunta por “los escritores más jóvenes”. Ahí las posiciones se consolidan y endurece. La presión que ejerce Ramos es clara. Lo cito: “Se está dando esta serie negra que dirige Juan Sasturain, él es divino, le da una mano a los escritores, pero están escribiendo a tema dado, tres libros por año. Y el resultado es lo que se ve. Yo parezco demasiado radical, por eso no quiero hablar demasiado.” ¿Por qué decide callar Ramos? ¿Por qué no quiere hablar “demasiado” de la escritura de libros por encargo? ¿De qué está hecha esa radicalidad de la que habla? Mi hipótesis es que sus palabras evidenciarían, de ser pronunciadas, una tensión aun más profunda entre su figura de autor, ligada al campo semántico de la calle, la experiencia, incluso la marginalidad, y sus férreas concepciones estéticas, entroncadas en un estilo determinado y reconocible, a un canon fuerte, no negociable ni modificable. La declaración que condena la escritura por encargo, entonces, refuerza el gesto del estilista exitoso, que puede darse el lujo de escribir lo que quiere, que publica en editoriales poderosas, que gana becas y subsidios, sobre el del laburante, que escribe para ganar dinero. Nadie puede decir que Ramos sea un narrador más o menos dependiente porque puede vivir de su escritura. Pero sin duda es dependiente, y también evagelizador de una forma de pensar dependiente. En su concepción, la “literatura” no se debe manchar, deformar, ni acercar al dinero ni aparecer apretada por las condiciones de producción. Esta forma de pensar resulta estrictamente conservadora porque reproduce la lógica más o menos perversa de administración de los capitales ligada al prestigio y a una “tradición alta”. Si me permiten la metáfora extrema, hoy en día, para mí, Ramos, la pedagogía conservadora de Ramos, su prédica, es al campo cultural argentino lo que el pejotismo es a la política.

4.

Para hablar de independiente o dependiente, no hay que irse, entonces, hasta la teoría de la dependencia, la CEPAL y Fernando Henrique Cardoso. Lo que hay que hacer es leer no buscando una solución mágica, sino produciendo una lectura. Leer a pelo y a contra pelo de lo que sucede en la comunidad a la que pertenecemos. Leer y tomar una posición. Leer y jerarquizar. De hecho, en todos los lugares donde se ejerce la lectura se puede hablar de “dependencia” o “independencia”, no como una dicotomía sino más bien como una escala de grados y matices. Las editoriales, como las revistas y los escritores, también son máquinas de producir lecturas. Eterna Cadencia editora tiene un catálogo muy diferente de Entropía. Eso puede ser leído. Si es leído con mala leche o con resentimiento, seguramente la lectura será errada. Hay que leer las elecciones editoriales como procesos conectados, con sus préstamos y reemplazos. La independencia entonces pasaría por la independencia de criterio a la hora de realizar, proponer y proyectar lecturas, autores y libros, independientemente de si se tiene dinero o no, si se depende de decisiones centralizadas en otra parte o no. Como no es lo mismo decir que dejar de decir, tampoco es lo mismo hablar de un libro o de otro.

Para poner ejemplos más claro e invitar a la discusión yo empezaría por señalar que la revista Esperando a Godot lleva el título de una obra de teatro de un premio nobel irlandés que escribió en francés.  O el nombre Los asesinos tímidos, si no me equivoco, es parte de una conferencia muy poco feliz que Roberto Bolaños dio antes de morir. Eso nos habla de algo. La serie de las revistas literarias argentinas, Martín Fierro, Crisis, Los libros, Babel, también nos dice algo. Los nombres, esto es evidente, no se ponen por qué sí. Definen gustos, estéticas, preferencias que siempre son políticas, y grados de dependencia de los lugares centrales de producción intelectual o también grados de independencia.

Esperando a Godot y Los asesinos tímidos –a las cuales reconozco como propuestas editoriales muy diferentes entre sí y con un grado verificable de éxito y exposición– pueden ser –estoy seguro, de hecho, que lo son– independientes en un sentido económico. Sus decisiones son suyas, propias. Sus editores deciden qué leer y qué hacer. Pero al mismo tiempo ambas revistas son conservadoras y reproducen casi palmo por palmo una manera de pensar que las precede. En este sentido la independencia sobre la que pueden construir su discurso se ve vulnerada. Los contra ejemplos están sin duda en la web, en los diferentes blogrolls que uno puede ir encontrando cuando navega por la plataforma de lanzamiento sostenida por blogger, una empresa del gigante mundial Google. “Si yo me tuviera que ubicar en una generación, me iría para atrás. Yo sigo fascinado con todo el elenco de El escarabajo de oro” dice Ramos en la entrevista de Hablando del Asunto. ¿Qué hay para adelante? La respuesta es una sola: la web.

Me gustaría terminar diciendo que los editores de Tres Galgos no vieron –y por lo que sé, todavía no ven– la “literatura” –el término, hoy, acá, es de Ramos– como algo a defender sino más bien como algo a atacar, básicamente porque lo saben resistente. La “literatura” es un frontón de cemento pintado de verde, descascarado pero duro al que hay que tirarle con pelotas de plomo para ver resultados, para ver modificaciones, para ver qué pasa. De hecho, raquetear en solitario con pelotas de goma se parece mucho al onanismo. Puede ser divertido una mañana nublada de domingo. Pero es mejor si se hace de a dos, dos jugadores dándole al frontón como en la pelota-paleta. Y todavía es mejor si se deja de lado el frontón y se pasa al viejo y querido polvo de ladrillo. Esa es una de las mejores y más inquietantes virtudes que el tenis comparte con el oficio de escribir. La situación se parece mucho a una seguidilla de penales, a un duelo de película de vaqueros. La intimidad que se logra con el oponente es muy precisa, se le ve el blanco del ojo, los gestos de la cara y, sobre todo, nunca sabemos para dónde va a salir la pelota.

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