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SOBRE BORRACHERAS Y EL LIBRO BEBER PARA CONTARLA
Dime qué bebes hoy

Beber para contarlaPor: Juan Terranova.  Hemingway tomando mojitos en la barra del Floridita, Verlaine y el ajenjo, Lowry en México con el mezcal, Balzac escribiendo su Tratado de los excitantes modernos, Simone de Beauvoir compartiendo con Nelson Algreen un whisky en el aeropuerto de Chicago, Allen Ginsberg expulsado de la universidad por dibujar, ebrio, simbología nazi en el vapor de una ventana invernal, Stephen King vaciando las últimas botellas de cerveza en la pileta de la cocina para evitar escuchar cómo hablan en la heladera. La tradición de postales que retratan la relación entre el escritor y el alcohol van del pintoresquismo al arrebato trágico. ¿Por qué? Con la misma intensidad con la que en algunos ámbitos mega-conservadores se asocia al poeta con la letra manuscrita y al narrador con la máquina de escribir –de ser posible Olivetti–, la sobriedad no parece ser un estado natural para el escriba en el acotado imaginario cultural vernáculo. Se podrían esbozar muchos motivos para este equívoco, la mayoría banales. El principal, central en la crasa opinión de los lectores poco avispados, pondría al creador de la palabra como un mortal que cambia su percepción mediante artilugios técnico-químicos para así sacar a la superficie rutinaria de la realidad los monstruos que alimentan el talento. Esta descarga romántica conlleva un par de hipótesis conocidas sobre el funcionamiento de la creatividad y también la idea de que si no es posible forzar la creación, al menos se la puede adobar.

En la música o en las artes plásticas funciona la duda –el rocker y el pintor abstracto, un Hendrix y un Pollock, para poner dos ejemplos clásicos que tienen su fama bien ganada–, pero es bueno ser categórico respecto al frágil y racional acto de la escritura. Digámoslo de una vez: no, no se puede escribir borracho. O quizás, habría que decir, sí, se puede, pero cuando, una vez sobrio, se lee lo que se escribió, el resultado nunca está a la altura de la anterior efervescencia alucinada. Así y todo, el malentendido, como siempre, tiene divertidos y aberrantes matices. En Diario de la Argentina, Jorge Asís describe la redacción de un diario y dice que el bar de ese diario no vendía alcohol. No sólo porque los redactores y editores se emborrachaban, sino porque no contentos con eso, también se agarraban a piñas. De hecho, el altísimo porcentaje de alcohólicos en las redacciones porteñas no es un factor que deba ser pasado por alto a la hora de evaluar el nivel general de nuestra prensa gráfica.

Un trago en Irlanda

Norma acaba de sacar Beber para contarla, una “antología de borracheras insignes”. Recopilada por Peter Hining, el libro sobrevuela con más responsabilidad que riesgo la frondosa literatura irlandesa. Previsiblemente empieza con un cuento de Joyce donde se conversa sobre jesuitas y protestantes y un bebedor que se muerde la lengua, sigue con el Belacqua Shulah de Beckett que hace un alto en un pub donde “los estetas y los impotentes quedaban muy lejos”, y sigue con una crónica de Robert J. Martin sobre el día de San Patricio. Aunque incluye un relato de Eamonn Sweeney, nacido en 1968, y un fragmento autobiográfico del rocker Shane MacGowan, la vocación canónica de la selección es innegable y se balancea entre el regocijo y la iniciación, con especial énfasis en el teatro, presentando dramaturgos como J. M. Synge, Brian Friel y el satirista Flann O´Brien. Superando la torpe mitificación del escritor como borracho (o viceversa), Beber para contarla acerca un par de hipótesis claras, nudos sólidos donde el alcohol se relaciona con la literatura. Del juego de palabras del título –regalo del editor, ya que el original es el más noble Great Irish Drinking Stories– se desprende una clave. El beber es una experiencia intransferible, quizás incluso la experiencia privada por definición. La política está devaluada, el erotismo y los viajes, muy transitados, y para una buena guerra se precisan muchos actores, escenografías y locaciones. En cambio, un trago no se le niega a nadie. La segunda cara del fenómeno, también en el título, es la sociabilización literaria vía narración oral. Haining en su introducción dice, y lo sabemos todos, que el bar es el lugar ideal para contar historias. Así, experiencia más sintética expresión del Logos confluyen, y, pliegue sobre pliegue, la situación de enunciación clásica es narrar una borrachera pasada mientras se comparte una cerveza con amigos. Finalmente, la tercera pata negra del rompecabezas la pondría el deseo. ¿Cómo hacer para que un personaje viva, para que una acción tenga objetivo, para que un relato impacte sobre el lector y no naufrague en el aburrimiento y la desidia o se marchite en la intrascendencia? La clave es el deseo. Incluso en los más desprotegidos y esqueléticos relatos se cuelan sus hebras. El tercer consejo para escribir de Kurt Vonnegut lo dice muy claro: “Todos los personajes deberían desear algo, aunque más no sea un vaso de agua”. Claro que para el narrador es más fácil hacer que el protagonista de su historia pelee, llore, engañe, mate, alucine o intente convencer a un amigo de que le preste dinero si en vez de agua se trata de un líquido más espirituoso. Eros pasa frío sin Baco y el deseo también es materia prima de la cual ninguna narración puede desprenderse. Tesoro de la construcción narrativa, lugar ecuménico del novelista, motor a dos tiempos de la precaria motoneta narrativa actual, hay muchas formas de invocarlo, pero con seguridad siempre se ve en el fondo del vaso o viene prendido en la cola de la borrachera.

La conexión local

Alan Pauls habló  del alcohol como ese servicio militar obligatorio de los narradores norteamericanos. No es una idea exagerada. ¿Y en la Argentina? La tradición de borrachos locales aporta pocos adherentes canónicos. La gauchesca es chúcara, pero no etílica. Si se hace algún alto en el camino quizás aparezca “el frasco” que pasa de acá para allá  y se administra. Los bebedores, en todo caso, son los indios, que en el Martín Fierro no ríen, mientras la carne de El Matadero se come en seco. De allí que la tierra del desierto pampeano decimonónico la riegue Dios con la lluvia, nunca una orgía de tragos, y mucho menos de drogas. Saliendo de todo relativismo, vale preguntarse, ¿por qué nos tocaron indígenas tan primitivos en este sentido? Los mexicanos llenaron sus desiertos con serpientes emplumadas y chamanes y a nosotros nos tocaron pobres tolderías de palos y cueros. El prehistórico sistema de fermentación que usaban los indios era masticar cualquier yuyo y luego escupirlo. Peor que eso, la Antártida. Después, avanzaron hacia un mecanismo apenas más sofisticado: el mangazo al hombre blanco. Salvador Ferla cuenta en su Historia Argentina con drama y humor –reeditado hace poco por Peña Lillo/Continente– que Castelli convocó una asamblea de indios a orillas del lago Tiahuanaco. Fogosamente les predicó sus más hondas verdades, las que le daban sentido a su vida y a su expedición. Dicen que dijo: “Os traigo la libertad. Estamos en lucha contra el yugo español. Os traigo las nuevas ideas. Las de Rousseau. Las de los Enciclopedistas. Las de la Revolución Francesa. España sólo puede daros el atraso, la oscuridad y el yugo de la tiranía. Yo os ofrezco la vida republicana y libre. ¡Elegid! ¿La tiranía o la libertad? ¿Qué queréis, hijos de esta tierra? ¿Qué queréis?”. Los indios, según parece, respondieron con honestidad “¡Aguardiente, señor!”.

Entrado el siglo XX, se puede pensar engañosamente más en Boedo que en Florida, en los arrabales que en el centro. Es más fácil de imaginar la picaresca del roto con la botella en la mano, que la del tilingo bebiendo a escondidas. Abelardo Castillo escribió El que tiene sed. Fogwill habla sin pudor sobre la cocaína –a la que llama con terrena elegancia “la droga”–, pero no tanto sobre el alcohol. También están Libertella y Laiseca como buenos bebedores, pero poco más. Piglia, Walsh, Puig, Aira, Saer, Cohen, Arturo Carrera y Hebe Uhart, ninguno elaboró una literatura del beber. Ni hablar de Macedonio, asceta, Borges, pacato, Ezequiel Martínez Estrada, puritano, Bioy Casares, dandy seco, Silvina Ocampo, aniñada, Victoria Ocampo, rígida, y así. Todos estos autores, columna vertebral de las lecturas nacionales, van, como mucho, hasta el vaso de tinto en la cena y el solitario bajativo final, cuando no son directa y escandalosamente abstemios. ¿O hay entre ellos algún bebedor oculto y mis conocimientos del chisme cultural son demasiado breves? (Una tarde del verano pasado, me tocó compartir mesa redonda en una librería-bar de Palermo con Martín Kohan y mientras yo me emborrachaba a expensas del lugar con una inenarrable cerveza Quilmes, él tomaba una estricta y ascética agua mineral de producción nacional.) Con los narradores jóvenes, la cosa mejora. En las lecturas en bares, donde los bloggers se reconocen y los lazos sociales se completan, siempre hay algo para tomar. Los novelistas Julián Urman, autor de Ravonne, y Federico Levin, que viene de publicar Ceviche, una barroca experiencia gastronómica-literaria, son famosos por los alcances épicos de su sed. Las historias que sobre ellos se cuentan ya tienen aire a mito. Sin embargo, hasta la publicación de Furia & Clase, de Luis Diego Fernández, la complejidad del hedonismo ligado al buen beber no había aparecido de forma explícita en la producción joven. Rememorando estilos muy valorados pero poco transitados, desde Lamborghini hasta Barón Biza, Fernández inaugura el “ensayismo syrah” y asegura que los Chemical Brothers son mejores que los hermanos Karamazov.

Entre el scotch y la nada

Una noche de 1956, Jean Stein entrevistó a William Faulkner para The París Review y le preguntó cuál era el mejor entorno para escribir. Faulkner lo pensó y dio su famosa respuesta que describía la profesión de encargado de burdel como ideal para el escritor. Pero enseguida, algo lo empuja a ser más sintético, y aclara que lo único que él necesita para escribir es papel, tabaco, comida y whisky. Ella repregunta “¿Bourbon?”. Y Faulkner aclara: “No necesariamente, entre el scotch y la nada, elijo el scotch”. Luis Chitarroni advirtió  con criterio sobre este diálogo que, dando curso a la simplificación etílica, “es ya un lugar común entre artistas y simulaciones ebrias”. Sin embargo, pese al alarde evidente de la respuesta de Faulkner, su impostura y exageración no caen mal. Ambas pueden ser citadas, en el espiral eterno que se renueva todas las noches para narrarse a sí mismo, como parte de la larga y rendidora tradición de historias de bar. Una más para cerrar. Brian Johnson, ex camionero y actual cantante de AC/DC, confesó en una entrevista que fue a la audición que hizo la banda después de la muerte de Bon Scott –por intoxicación etílica, claro está– sin ningún tipo de expectativa. “Fui porque podía ir.” ¿Solamente por eso? “Bueno, siempre me gustó cantar y casi seguro el asunto me iba a dar una buena anécdota para contar en el bar”.

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