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SOBRE UNA COLUMNA DE QUINTÍN EN DIARIO PERFIL
Master Paranoia

la columnaPor: Juan Terranova.  El 28 de noviembre pasado, Quintín publicó una columna en Perfil con el título “¿Estamos viviendo bajo una dictadura?” El texto resulta llamativo incluso para los habitués de este espacio que fue bautizado con tino como el Barcelona de derecha. Ahora bien, ¿llama la atención por saturación y exceso? ¿O hay un salto cualitativo? Me inclino más por la primera hipótesis, aunque lo hago con reservas. La cita con la que arranca la columna suena un poco añeja, por no decir rancia. “En esta Argentina nuestra, el riesgo de que la democracia muera lentamente es muy fuerte. Un día uno se despierta y se da cuenta de que la democracia ya no está” sospecha Guillermo O´Donnell, como lo llama Quintín, evitando el confianzudo apodo. Sobre este “riesgo” tengo mis dudas. La historia se repite, es verdad. Pero todo suena un poco a Honduras, una situación con matices, donde las peleas remiten más a un futuro incierto o a un presente con poca imaginación, antes que a un pasado reciente, confirmado y espantoso. Por otra parte, y a esto no hay mucha vuelta que darle, el miedo apocalíptico a la derecha totalitaria es uno de los tics centrales de la derecha liberal. 

Las preguntas

De la lista de preguntas de Quintín me quedó con dos. “¿En qué país democrático los mecanismos de control de las acciones del gobierno están completamente desactivados?” y “¿En qué país democrático las derrotas parlamentarias o electorales del gobierno son irrelevantes a la hora de evitar que este imponga sus decisiones en todos los terrenos?”. Ambas son raras en su autismo. La primera la responde la atención soberana que está teniendo de parte de los mega-medios este congreso superbowl que se va armando para el año que viene. Para la segunda no hace falta más que recordar cómo sufrió el gobierno la votación que su mismo vicepresidente le decidió en contra con la archi-famosa “125”. Que los Kirchner vuelvan una y otra vez a empujar y a cuestionar, y tenga un deseo sorprendente por hacer política –con todo lo que eso implica- y que tenga una voluntad innegable de quilombo –en el mejor y el peor sentido de la palabra– no significa que impongan sus decisiones en todos los terrenos. Más bien, ahí hay una dialéctica. Una dialéctica que Quitnín ve y entiende, pero en todo caso, no quiere autorizar. Y algo más, el encabezamiento “en qué país democrático” da para responderle que la democracia está lejos de ser una, única y perfecta, tanto en oriente como en occidente. Agradezcamos, en este gran concierto de los sistemas políticos actuales, parecernos más a Brasil que a Rusia.

Primera 

¿Quintín necesita más libertad de la que tiene? ¿Cómo son los acordes de la música que le suena en la cabeza? Hay dos formas de interpretar la columna. La primera, está siendo honesto y pone en su análisis su capacidad analítica. En este sentido, no sólo está equivocado sino que demuestra una carencia evidente de formación política. Democracia imperfecta, perfectible, periférica, elijan el nombre técnico que quieran. Pero democracia al fin y al cabo. No dictadura. Y de hecho, comparar este sistema en el que vivimos con algo parecido a una dictadura es una falta de respeto para todos aquellos que alguna vez sí tuvieron que lidiar con la represión. Ahora bien, las negociaciones con el respeto como moneda de cambio me resultan siempre turbias. Sin embargo, es un hecho que hoy las libertades están recortadas sobre todo por temas de índole económica. Entiendo que no es a eso a lo que Quitín hace referencia.

Segunda

La otra opción es que Quintín esté haciendo política. Privilegiando, exagerando, deformando para ganar peso a favor de una causa. Y entonces cabría preguntarse, esta mirada proselitista de la nota, ¿no implica una fuerte subestimación del lector? Quizás. Lo más factible es que Quintín, como ya es usual, predique sobre los conversos. En el congreso los diputados le cuentan las patas a las sillas, pero eso no significa –lejos estamos– que falte gente dispuesta a leer síntomas de autoritarismo y un escenario que tiende a lo represivo. La cereza del postre es terminar con el tema de la libertad de prensa. Internet, y Quintín lo sabe bien, llegó para cambiar todo ese trazado. No me explayo más sobre el tema.

Una duda

Más allá de todos los errores epistemológicos y de apreciación política de la columna, creo que Quintín, en el fondo y en un plano no consciente, está pidiendo que lo repriman, que lo corten, que lo ataquen. Es algo que recorre mucho la posibilidad de argumentación de sus textos. Para confirmar sus hipótesis paranoicas y su neurosis desatada, ¿habría algo mejor que la constatación de la violencia? ¡Qué placer festivo el de rebelarse! Y también el de entender que uno es tan importante para el otro que el otro, con poder y crueldad extrema, intentará hacerlo callar. Los caminos de la lucha por el sentido rara vez siguen una línea recta.

Una anécdota

Hace unos años, algunos periodistas almorzábamos con la Comisión Interna de la editorial Perfil. El diario había sacado una serie de notas sobre la libertad de prensa y los abusos de poder. La palabra “autoritarismo” había empezado a sonar para hablar del gobierno. En un arrebato que recuerdo a la perfección dije, sin humor, con un énfasis que ahora me avergüenza: “Lo que tendría que venir es una buena dictadura para que estos hijos de puta sientan en carne propia lo que es la falta de libertad”. Marcelo Iglesias me miró y, con resignación, me respondió: “Pero no, qué decís, si pasa eso nos persiguen a nosotros. Ellos o se callan la boca, o arreglan enseguida”. La historia le da la razón.

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