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MINISTERIO Y POLÉMICA
Apuntes sobre el ministro Posse

Abel PossePor: Juan Terranova. José Pablo Feimann, que últimamente se regodea bastante en su postura de señora ilustrada, no le pifió cuando empezó su intervención con un “Y de pronto, el tsunami Posse”. Pero acierta más y con más fuerza cuando dice, mientras increpa al asumido Ministro de Educación de la Ciudad, que los libros de análisis político se transformaron en algo parecido a la autoayuda. ¿Late o no late en el fondo de la esperanza clasemediera la idea sublime de que una bota de cuero brillante le pise la cabeza a la serpiente errática de nuestra imperfecta democracia periférica? Lo pregunto con honestidad. Por lo demás, los gritos y las imputaciones que surgen de la prosa enfurecida de Feinmann me encuentran ya un poco sordo.

La brocha gorda del progresismo

Posse logró muchas cosas con sus palabras. Primero, sacar lo peor de sí mismo. (Corría con ventaja porque lo venía haciendo en las columnas, muy burdas, que entregaba desde La Nación.) Pero también sacar lo peor de las plumas más conspicuas de la nanoizquierda argentina. Por el mismo canal, a Mario Wainfeld, un articulista ingenioso, hábil y responsable, le sale una formalidad que toca el brulote. A Horacio González, experto en filigranas, y del cuál es posible aprender cómo pararse en los barros más profundos, se le escapan algunos significantes y cae en el proselitismo alarmista. Por afuera y por adentro, entonces, lo que se leyó fueron acusaciones inconducentes y bombeadas de colaboracionismo, reflote de archivos y viejas querellas irresueltas (a las que nos tiene tan acostumbrados el kirchnerismo), la mayoría de las veces con un uso marcadamente político, justiciero antes que ligado a lo justo o a la justicia. El PRO cobra nuevamente el cheque del exabrupto ministerial. El tsunami Posse terminara en renuncia o en sordina, los fuegos artificiales ya los logró.

Microbloggin

Ahora bien, la caza de brujas que enciende al progresismo y sus derivados políticos no toca la fibra republicana de periodistas, divulgadores y demás lauchas rentadas que siempre juegan del lado del capital. El escritor Charly Gradin puso en su twitter: “Posse es nuestro D'Elía dicen en el PRO”. La ocurrencia es graciosa porque ironiza y delata que la tan pretendida imparcialidad del periodismo no pega en todos lados con la misma fuerza ni mide todo con la misma vara. La equidistancia no existe. Hacia la derecha, habilitados por su manejo del capital a decir una interminable cantidad de delirantes pelotudeces sin castigo periodístico, los escribas de la ciudad no se golpean el pecho y juegan la carta del despegue (del despegarse, sería, en realidad). Joaquín Morales Sola solo puede entibiar sus posiciones con la hidra bifrote Posse-Macri en la medida de que avisa que lo de Scioli es peor.

El baúl de los libros

Trato de afinar el lápiz. Pero es difícil. Posse arrastra todo a un síntoma. Hay poco para sacar del peloteo entre el asombro, la indignación y el equívoco. Pero por el fondo, como de costumbre, se ven algunos libros. Posse que supo ser diplomático de carrera, también se dedicó con cierta salud al arte de la novela. No coincido con Sergio Olguín que lo trata de “mediocre”. De todo lo que escribió, que es bastante, leí solamente El viajero de Agartha y no me pareció malo. González lo lleva hasta Hugo Wast pero se equivoca. Posse escribe lejos de la bajada de línea, tiene un halo jungiano, su mística narrativa se parece a la que en algún momento podía avalar la parte menos transera del grupo Sur. En El viajero de Agartha, un soldado del Tercer Reich se hace pasar por inglés para encontrar las armas secretas escondidas en Asia que ayudarán a los alemanes a vencer a los aliados. Ligar esta trama a la poca preparación que demuestra Posse para el ministerio que ocupa es banal. Como todo, el progresismo tiene un límite en su hospitalidad hacia lo otro. En estos días, Posse parece encarnar a la perfección la figura del “garca”. Intentar ver más allá de los encasillamientos y las acusaciones fáciles es una actividad complicada, pero necesaria cuando los bandos están tan claramente marcados y cada uno muestra sus imposibilidades tanto a nivel discursivo como político.

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