VERSIONES DE AIRA (1) |
| Los lectores de Aira |
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2. Sin embargo, a mediados de los 90, Fogwill parecía escaparse de la pedagogización. Aira y Lamborghini no. Sus libros, pensados como formas disruptivas y creados al tibio fuego de las últimas vanguardias, la sufrían estóicamente, pero sin mayor reacción. Algunos textos y algunas posturas o intervenciones resultaban opacas, pero el más difícil de asimilar de ese grupo era Fogwill. Después venía Lamborghini. Y al final Aira aparecía como amigable al lector universitario. Los alumnos aplicados leían con mucha prolijidad las parodias y “los rasgos posmodernos” de Ema, la cautiva y se reían a veces con el uso que entendían pícaro de las siglas “CGT” para nombrar a un personaje de El Fiord. Por otra parte, Los pichiciegos les resultaba simplista, muy directo, desenfocado, incluso malo. No lo entendían. Todavía no estaban listos para entender la belleza de un texto crudo por afuera de las reivindicaciones de los juegos de la tradición y la erudición. Probablemente nunca lo estarían. El mito erudito de Aira les quedaba mejor, era, para decirlo con un poco de sorna, el prêt-à-porter de los pasillos de Puán.
3. Un poco por afuera del plan de estudios, recuerdo bien que no compartí el entusiasmo general por Lamborghini ni por Aira. Se me antojaban, quizás porque mi lectura era infantil, autores “ajenos”. De hecho, el entusiasmo por ellos sonaba demasiado “prestado”. Eran escritores y formas de leer que habían impuesto durante el alfonsinismo los ex PCR vueltos de México disfrazados, en ese entonces, de socialdemócratas. Y a nosotros nos llegaban por mediación de los discípulos más aplicados de esos ex chinos, discípulos que empezaban el doctorado mientras pensaban en irse a enseñar afuera. Y esto era indefectiblemente un campus universitario estadounidense. En los 90 se privilegió el exilio monetario. Europa, y sobre todo España, pasaban períodos de escasez universitaria entre el destape y el Gran Proyecto de la Unión Europea.
4. Insisto. Fogwill era otra cosa. Se lo notaba más independiente, sin docilidad neoliberal. Un tipo que mordía la mano que le daba de comer. Alguien que no se contenía y se historizaba a sí mismo. Con muy poco, rompía los engranajes de la máquina de lectura política del reacomodamiento democrático. Se enojaba en su prosa y en sus entrevistas y hacía todo lo posible por presentarse como un personaje caliente, uncool, cursi, incluso “grasa”. (Una palabra que encontró su fecha de vencimiento semántica con la llegada de Menem al poder.) Por su parte, Aira se iba transformando en un indiferente hombre de acero. Con ese traje recorrió la década del 90. Sus libros se aligeraron. Sus lectores, dentro de la masa escolástica, crecieron en número. Hizo un buen pacto con el mercado. Lo desafió a la japonesa, acelerando su ritmo, saturándolo. El gesto, uno de los más importantes de su obra, se transformó en marca de autor. El aire de época no le resultó refractario. De hecho, es posible que la década de Aira sea la década del 90. Los 80 lo vieron nacer y empezar, le dieron su plataforma de indiferencia y frivolidad para entender los circuitos intelectuales, y los 90 le suministraron la tranquilidad para su laboratorio estético. (En qué afectó la década del 90 a la manera de leer a los autores argentinos es una deuda pendiente de la crítica. Borges es un caso interesante. Su pico de lectura liberal coincidió con la publicación de sus “obras completas” y su lectura se selló como canónica durante esa década. En los 80 todavía se lo discutía y su exportación se hacía de forma más artesanal.) Lamborghini acompañó como un Zaratustra el posicionamiento de Aira. Fogwill por su parte se dedicó a invernar. Mantuvo un perfil discreto y las malas lenguas dicen que se dedico a consumir drogas y a disfrutar de la bonanza económica parcializada. Hacia finales de década, mantuvo una atípica polémica con Quintín después de la publicación de Vivir afuera, una novela intensa y bien hecha que proponía diferentes saldos del periodo menemista. Todavía faltaban unos años para que la web y los blogs le devolvieran la palabra al roce y al diálogo del disenso.
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Por: Juan Terranova. 1. Leí por primera vez a César Aira, como tantísimos otros lectores, dentro de un marco académico. Sus primeras novelas y lo que ya era su mito de autor formaban parte de los mejores programas universitarios sobre literatura argentina del siglo XX, la mayoría de las veces como bibliografía obligatoria. De la misma manera toda una generación de estudiantes llegó a escritores como Lamborghini y Fogwill. Los tres habían circulado en el semi-secreto de los entendidos e iniciados durante los ochentas y ahora estaban listos y empaquetados para pegar un salto hacia arriba.
