| CASTILLO Y FOGWILL EN FOCO |
| Sobre la juventud |
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Lo primero que llama la atención del artículo de Garcés es la descripción que se hace de los cuentos de Castillo. “Mi lectura de Castillo nunca fue plácida” escribe. Para Garcés las narraciones que se leen ahí son, alternativamente, “hirientes” o “incómodas”. Esta última palabra se repite mucho. Garcés se siente “incomodado” por la lectura de La mujer del otro, o “herido” por Crear una pequeña flor es trabajo de siglos. Los ensayos de Desconsideraciones también incomodan. Tanto “que muchas veces parecen incómodos consigo mismos”. Luego, hay otras ideas que la crítica volvió recursivas sobre Castillo y que Castillo fija cada vez que puede. Los autores estudiados en los ensayos son predecibles. Arlt, Sartre, Hemingway, Barret. Está la cita a Van Gogh. La alusión a la “literatura comprometida”. Lo nuevo viene después. Relacionando con un salto al escritor con sus lectores –y no es una relación que considere errada– Castillo se transforma en el “más joven de la literatura argentina”. Copio el final del artículo: “(…) propongo, en vez de la imagen de mármol que empieza a instalarse, la de un escritor que habla visceralmente desde la adolescencia, con las exaltaciones, las contradicciones, y la vibrante luminosidad de la adolescencia, un Abelardo Castillo al que no es demasiado paradójico llamar el escritor más joven de la Argentina (…)”.
Llegado este punto, me hago una pregunta capital en la disposición de los nichos de mercado y los dulces barrotes de las etiquetas literarias: ¿hasta cuando se es joven? (En Respiración Artificial, Piglia da una respuesta.) Y más acá, ¿juventud y adolescencia son sinónimos? No, no son sinónimos. No es lo mismo ser joven que adolescente. Y, siguiendo por ese camino, la adolescencia también es otra cosa aparte de la “vibrante luminosidad” que señala Garcés. La adolescencia es, complementariamente o no, confusión, inseguridad, torpes búsquedas de absolutos y sublimes que no existen. El adolescente, sobre todo, adolece, vive en la falta. Hoy en día no hay edades. Las cronologías parecen abolidas. Pero los ciclos vitales que se estiran, persisten. Lo joven, lo inmaduro, lo blando, lo cruel, la realidad inasible, diría Gombrowicz. Un hombre de cuarenta años en un bar de Palermo intentando hablar con chicas adolecentes. ¿Es este artículo, entonces, una boutade de Garcés, la llamada del escándalo? No, es una lectura. Y bastante sólida. Pero tiene esa grieta. Adolescente y joven tienen un significado diferente, incluso a veces opuesto.
Hago un salto. Editorial Ateneo acaba de sacar en estos días una reedición de Los pichiciegos de Fogwill. Ayudadas por el mismo autor, se establecieron sobre esta novela muchísimas lecturas, leyendas y anécdotas teórico-críticas. No voy a repetirlas acá. Pero me gustaría marcar que lo importante de este Fogwill que tipea en las puertas de la década del 80 no es que redactó Los pichiciegos rápido, en una o dos noches. Lo importante es que la escribió rápido sobre algo que pasaba, que estaba pasando. Como si fuera –oprobio literario– un periodista. Lo hizo obsesivamente. Con una vitalidad química y una voraz vocación por aprehender lo que pasa y darle una respuesta. Tan recio –por usar una palabra rara o demodé– fue el empujón que la novela incluso escribe partes fantasmales del futuro, como ese Turco que dice que en la isla hay que comerciar con todos. Fogwill es un fotógrafo. Esa es su angustia y su talento. Un fotógrafo digital, ligero, preciso. Esta nueva edición de Los pichiciegos, confortable para la lectura –el interlineado generoso invita a la anotación–, abre con un prólogo del autor a la séptima edición. Se trata de un texto sintético y muy bello donde se cuenta la anécdota de “Mamá hoy hundió un barco”. No me resisto a copiar su final: “En razón de mi edad, la presente edición de Editorial El Ateneo, realizada atendiendo a las indicaciones de la editora cubana Nancy Maestigue Prieto, debe considerarse la versión definitiva de la obra. Ante ella, repetiré que no he escrito un libro sobre la guerra, sino sobre mí y sobre la lengua de uno que jamás escribirá contra la guerra, contra la lluvia, los sismos, ni las tormentas, y siempre contra las maneras equivocadas de convivir con nuestro destino”.
Mis lecturas de Abelardo Castillo no son limitadas. Tengo en la biblioteca y recorrí varias veces el tomo de Los mundos reales, editado por Alfaguara, donde se compilan todos o casi todos sus cuentos. Y leí, no sin placer, varias de sus novelas. Sin embargo, sus ensayos críticos, de relaciones simples, remanidas, sin retórica ni novedad, me aburrieron. Invariablemente su propuesta como autor –en cualquier género– me resultó previsible, complaciente, a veces incluso adocenada. Sobre la tesis de Garcés –y quizás sobre los ensayos de Castillo– me gustaría agregar que la ingenuidad puede ser vital, desprejuiciada y atractiva. Pero si es fingida o impostada resulta desagradable como el maquillaje grueso a la luz del día. Una cosa más, entonces. Quizás Garcés esté en lo cierto y Castillo sea el autor adolescente. Pero, a mi entender, es Fogwill el escritor más joven de la literatura argentina. Ignoro por qué lo presiento con tanta fuerza, pero estoy convencido que lo va a seguir siendo por mucho tiempo más.
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Por: Juan Terranova. La revista Ñ del sábado 8 de mayo trae un artículo de Gonzalo Garcés que se titula “Retrato del artista adolescente”. En el copete se lee: “A partir del nuevo libro de ensayos del autor, Gonzalo Garcés reflexiona sobre su obra y explica por qué lo considera “el escritor más joven de la Argentina”. El autor considerado es Abelardo Castillo y el nuevo libro se titula Desconsideraciones de reciente publicación en Seix Barral. Me gustaría analizar aquí las ideas que se volcaron en esa nota.
