| MÚSICA FUTURISTA DEL PASADO |
| El principio del ruido |
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2. Salvo por algunos bocetos y pinturas de Emlio Pettoruti –¿un futurista argentino?–, la muestra exhibe más de doscientas cuarenta piezas del futurismo italiano. Y todo lo que podamos resumir sobre “futurismo” a partir de noticias fragmentarias está ahí. El culto a la velocidad, las tensiones con el fascismo, el bigote de Marinetti, las pinturas brillantes, el talento, la denigración agresiva de la tradición, el proselitismo, el esfuerzo completamente italiano por dejar atrás un pasado deslucido. (A principios del siglo XX, la unificación era todavía demasiado reciente y el complejo de inferioridad con respecto a las potencias del norte se siente en el arrebatado programa futurista.) Pero hay más. Hay juguetes, fotos, vestuario, proyectos y bocetos, y se destaca la parte dedicada a la revolución tipográfica. Si cuando pensamos en vanguardia, pensamos en surrealismo y cuerpos blandos, el futurismo viene a mover la estantería de esos reflejos críticos. La visita a Proa modifica, así, nuestra lectura de la Teoría de la vanguardia de Peter Bürger. La muestra se completa con la edición de un catálogo excelente. Reproducciones de las obras, material crítico, dos importantes cronologías y buena parte de los treinta y seis manifiestos, el género literario central del futurismo.
3. Entonces, decimos: Fueron Fritz Lang antes de Fritz Lang, fueron la estética y la confusión política peronista antes del peronismo, fueron el resumen de buen aparte del siglo XX a principios del siglo XX en un país arrasado por los fantasmas del pasado. Quizás por eso en sus escritos se nota cierto entusiasmo ingenuo, cierto kitsch provinciano, cierto aire de ópera bufa –que a los franceses y a los cubistas no se les escapaba–, pero eso no va en desmedro del interés que pueda provocar el futurismo. Al contrario, lo refuerza. Insisto, sus pinturas hablan un idioma universal que hoy resulta cotidiano pero en ese momento era bastante inédito. Las vemos a través de los medios audiovisuales y la prensa gráfica, cuyos pioneros aprendieron de los futuristas mucho más de lo que estarían dispuestos a admitir. (Entre muchos contactos directos, no debe escapársenos el viaje que Fortunato Depero hace en los 20 a Nueva York para trabajar durante dos años como publicista y diseñador.) Pero hay todavía una zona no domesticada, sobre todo en los manifiestos. La afirmación categórica incluso hoy hace dudar. Entre la escenografía y la pose surge la sospecha. ¿De qué hablan estos italianos? Véanse las referencias de ida y vuelta sobre la mujer. (El catálogo impreso por Proa trae los exabruptos anti-femeninos de Marinetti y la respuesta de la artista francesa Valentine de Saint-Point, como no podía ser de otra manera, en forma de manifiesto exacerbado.) Hay algo bestialmente lúdico, entonces, infantil, experimental en el sentido más fresco de la palabra, conceptual y al mismo tiempo irracionalmente vital en los manifiestos. Hago una sola cita que podría multiplicarse por mil. En La vestimenta antineutral, manifiesto futurista, fechado en 1914 y firmado por Giacomo Balla, se lee: “El sombrero futurista será asimétrico y de colores agresivos y festivos. Los zapatos futuristas serán dinámicos, distintos uno del otro en su forma y color, adecuados para agarrar alegremente a patadas a todos los neutralistas”.
4. Llegado este punto, podría seguir contando las derivas políticas y espectaculares de Marinetti, o también reivindicar la figura de Umberto Boccioni, que era calabrés y encontró una muerte irónica para un futurista cuando se cayó de un caballo durante la Primera Guerra Mundial. También me tienta sondear la obra del fenomenal Fortunado Depero cuyos autorretratos fotográficos de 1915 bien valen el viaje hasta la Fundación Proa. Pero elijo detenerme en Luigi Russollo. ¿Por qué? Veamos.
5. Como pintor, Russolo acompañó a los futuristas y estuvo ahí desde el principio. Discutió y practicó el divisionismo, firmó los primeros manifiestos, quemó la bandera de Austria en el Teatro Dal Verme y cayó preso. Fue, para decirlo de una manera banal, pieza clave de la máquina futurista. Sin embargo, como personaje y como creador, sus atractivos son muchos. Una intuición cambió su destino. El 11 de marzo de 1913 publicó su manifiesto L´arte dei Rumori donde incluía los ruidos de la vida moderna como parte fundamental de la música del futuro. El manifiesto revela a Russolo como un prosista atento, informado, que sabe de lo que habla. La anécdota que abre esta primera argumentación es precisa. Durante un concierto de Francesco Balilla Pratella, Russolo imagina una variación fundamental. La naturaleza es básicamente silenciosa. El hombre la llena de música y de ruidos. ¿Por qué no hacerlos convivir en el arte? El gesto es moderno. O sea, al mismo tiempo mimético y disruptivo. Cuando redacta el manifiesto, todavía se piensa como artista plástico: “No soy músico. No tengo ni predilecciones acústicas ni obras que defender. Soy un pintor futurista que proyecta fuera de sí, en un arte que ama, su voluntad de renovarlo todo”.
6. El 2 de junio de ese mismo año Russolo –¿cansado de esperar la respuesta de Balilla Pratella?– presenta los prototipos de sus “entonaruidos” durante una velada futurista en el Teatro Storchi de Módena. En enero de 1914 patenta su invento que consta de una caja de madera que en su interior tensa una cuerda de violonchelo asegurada sobre una membrana de cuero conectada a un megáfono. El aparato se opera con manivelas y palancas que tensan o distienden la cuerda y aceleran su frotación. En los meses que van de la firma del manifiesto a enero de 1914, Russolo no deja de ser pintor, pero se convierte también en inventor, intérprete y compositor. Abril de ese año lo va a encontrar tocando en un teatro londinense. En junio, un año después de que suene el primer entonaruidos, el estudiante serbio Gavrilo Princip asesina al archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo desencadenando la Primera Guerra Mundial. Más tarde Russolo llega a dirigir tres conciertos de “bruiteurs futuristes” en el Théâtre des Champs Élysées y “fabricará”, hacia el fin de la década del 20, la música de los films de Eugene Deslaws.
7. Los entonaruidos abren la exposición de Proa. Comparadas con las pinturas y los proyectos arquitectónicos, estas réplicas de los originales quizás no sea lo más vistoso del conjunto. Sin embargo, su valor no debe ser subestimado. ¿Cómo era el universo musical en el que se movía Russolo? Hablamos de 1913. El jazz estaba lejos, faltaban por lo menos treinta y cinco años para que llegara a Europa de la mano de la ocupación norteamericana. Pese a que existían ya los gramófonos, la música se escuchaba casi siempre en vivo. ¿Mussorgsky? ¿Stravinski? Quizás, y Wagner y alguna opereta más o menos estrafalaria. De allí que, con sus aparatosas bocinas, Russolo saque a Europa del siglo XIX. Estas cajas cuadradas con cornetas de amplificación y palancas son el principio de la música del siglo XX. Si Russolo hubiera agregado un ritmo de negra a sus ruidos, y no los hubiera respetado tanto en su languidez, habría abierto una brecha espacio temporal por la que hubiera llegado a la década del 60, o incluso a la del 90, cuando los loops se integraban a la globalización. Como fuere, el entonaruidos es el padre, no el abuelo, del sampler.
8. Por el otro lado, pero no tan lejos, en su primer manifiesto Russolo describe la escena clásica del rock donde el intérprete, poseído por el furor dionisíaco de la música, destruye su instrumento para que esa sea indiscutiblemente la última vez: “¡Fuera! Salgamos, puesto que no podremos frenar por mucho tiempo en nosotros el deseo de crear al fin una nueva realidad musical, con una amplia distribución de bofetadas sonoras, saltando con los pies juntos sobre violines, pianos, contrabajos y órganos gemebundos. ¡Salgamos!”.
9. Aunque llegó a fabricar algún instrumento eléctrico, el aporte de Russolo a la evolución musical fue netamente mecánico. Así, de John Cage a Tom Zé, pasando por Stockhausen y toda la gama de pedales Boss para guitarra, las cajas de ritmos y los sequencers, su influencia llega hasta nuestros días. Siendo el pintor que inventó la música del siglo XX, entonces, llama la atención que su artículo en wikipedia sea tan austero. Algunos de sus manifiestos, en traducciones muy respetables, pueden leerse en el sitio web de la Universidad de Castilla La Mancha (http://www.uclm.es/artesonoro/russolo.html.) y también es posible bajarse un disco con sus composiciones de la web.
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Por: Juan Terranova. 1. Hasta principios de julio en Fundación Proa puede verse “El universo futurista: 1909-1936”. Apenas un año después de que el Museo d´Arte Moderna e Contemporanea di Trento e Rovereto festejara los cien años del principio del futurismo –fechados en el ya clásico primer manifiesto de Marinetti– Proa propone un paseo pedagógico, cronológico, y no por eso menos disfrutable o revelador. Vale la pena. 
