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LARGA CONVESACIÓN SOBRE LA MÚSICA POPULAR
Un libro sobre rock

Después del rockPor: Juan Terranova.  La excelente editorial porteña Caja Negra acaba de lanzar Después del rock, psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas del crítico británico Simon Reynolds. La selección y el excelente prólogo son de Pablo Schanton, y la traducción, muy buena, de Gabriel Livov y Patricio Orellana. El libro merece atención por varios motivos. Aunque joven, Reynolds es un crítico canónico, informado y relevante, y sus artículos se leen y discuten con placer. Después del rock… es, así, un eslabón, a veces ajustado, a veces polémico, en una larga conversación sobre la música popular. Mientras resulta imprescindible para los periodistas del gremio, muchos fanáticos y melómanos encontrarán en sus páginas más de una frase para subrayar.

Como primera apreciación habría que decir que el orden de los artículos no ayuda a comprender el pensamiento de Reynolds. Leemos una introducción del 2006, después artículos del 2005, 1993, 1988, 1990, 1994, luego volvemos al 2005, luego retrocedemos a 1994. Los últimos artículos son del 2009 y 2008, respectivamente. Para un crítico muy –para no decir totalmente– evolucionista como Reynolds la alteración cronológica en la presentación no puede ser un detalle menor. Sin embargo, su escritura es tan clara y sólida que incluso en esta yuxtaposición de años sus ideas se van hilando con claridad.

Publicado en el 2005, Post punk. La revolución inconclusa es, sin estridencias, una excelente pieza revisionista sobre lo que en la Argentina llamamos “new wave”. Mientras glosa algunos datos que no son nuevos, Los poderes del horro. Ruido, fechado entre 1987 y 1990, historiza bien y de forma prolija el uso estético de eso que “bloquea la transmisión, neutraliza el código, evita que se constituya algún sentido”. Post-rock, un artículo de 94 con una posdata no del todo afilada del 2007,  se queda corto en la actualización, pero sigue siendo un trabajo inteligente sobre un campo que el crítico conoce y ayudó a construir.

De entre las mejores piezas de la antología se destaca Ono, Eno, Arto: No-músicos y la emergencia del rock conceptual. Sabemos de la debilidad de los críticos de rock por “lo conceptual” y Reynolds no es la excepción. Predeciblemente le saca todo el jugo narrativo y toda la sensualidad a personajes como Yoko Ono y Brian Eno, excelentes productores de discurso para los jóvenes atentos y con ganas de teorizar. Sin embargo, Reynolds va más allá y sorprende cuando se extiende, lejos de las guitarras y todo su andamiaje “post”,  a inéditas y acertadas especulaciones sobre lo que en el Rio de la Plata conocemos como “música electrónica”. Psicodelia digital: sampelo y paisaje sonoro, un pionero artículo de 1998, demuestra la fidelidad del crítico con su propio sistema de escucha mientras entrega lo mejor de sus virtudes: mirada panorámica, una productiva combinación de sociología narrativa y descripciones auditivas, y sobre todo una innegable capacidad de síntesis que medianamente brillan en todos los artículos del libro, pero que aquí se destaca.

Pese a este salto, que demuestra una plasticidad excepcional en un periodista tan especializado, Reynolds exhibe, en varias ocasiones, posturas conservadoras, algunas de ellas desconcertantes. Su incapacidad para entender las contradicciones del hip hop, su condena temprana y paranoica al género resultan excesivas y empapadas de lo peor del pensamiento progre anglosajón. Algo similar ocurre con What a drag! Postfeminismo y pop, el breve pero tajante ensayo que le dedica a Madonna. Muy rápido y de forma muy poco convincente, Reynolds sutura y da respuestas definitivas a procesos que, en los respectivos momentos de escritura de los artículos, estaban en equilibro o lejos de resolverse. Por otra parten, tanto el hip hop como Madonna siguieron evolucionando después de la escritura de estos textos y de alguna forma desmienten, o al menos complejizan, esos dictámenes. Es posible ver, si se lee un poco entre líneas, que el crítico, lejos de abordar ambos objetos en sí mismos, polemiza o directamente responde a otros críticos que también se deben haber expedido de forma rápida o militante. En el caso del hip hop y el rap, el blanco es Paul Gilroy; en el caso de Madonna, la musicóloga Susan McClary. A diferencia de otros artículos donde Reynolds pone en su lugar con mucha claridad las pretensiones revolucionarias de un artista –por ejemplo, es paradigmática y muy eficiente su lectura del situacionismo–, estas intervenciones puntuales, desprovistas de sus rivales y de su contexto de enunciación original, se vuelven un poco vanas.

Por otra parte, la nostalgia del apunte biográfico inicial deja al lector un poco desconcertado. Lo que Reynolds describe como un aurea aetate de la crítica del rock a principios de los años 70 –la descontractura, la experimentación escritural, la megalomanía crítica, diferentes formas de la neurosis obsesiva, etcétera–, todo eso, está hoy en los blogs. O al menos esa es la situación en la Argentina, donde el recambio de bandas y solistas trajo aparejado un corrimiento hacia la web como lugar de expansión, apreciación crítica y análisis comprometido, generando algo mucho más interesante que lo propuesto por las revistas “especializadas”. Hoy, al menos en Buenos Aires, hay más distancia entre la Rolling Stone y un blog sobre música que entre la Rolling Stone y la revista Gente.

Lo pongo blanco sobre negro: Reynolds no parece darle la importancia que merece y tiene a la web, y menos aún reconoce su incidencia en la música, quizás el arte que más modificó y afectó. Si en ¿Se termino el underground?, publicado en el 2009, se hace ya desde el título una pregunta válida, el punto más alto de esta ceguera se da en El agotamiento de la innovación: la música pop en la primera década del siglo XXI, el último ensayo de la antología, fechado en 2008. Cito el principio del artículo:

“A fines del año pasado, mientras se acercaba el tiempo del balance anual, me encontré preguntándome: ¿qué demonios van a inventar para el 2007? Quiero decir, ¿realmente pasó algo? Hmmmmm… Estuvo la estrategia de Radiohead para vender su último disco directamente a los fans a través de una descarga del tipo paga-lo-que-te-parece-que-vale. Pero eso significó un avance en términos de distribución, y no sumergirse en nuevos y desafiantes universos sonoros (de hecho, In Rainbows no podría haber sido más de lo mismo, más deja entendu).”

Luego de este párrafo, el crítico homologa el gesto de Radiohead de poner su disco directamente en la web al colapso mental y físico de Britney Spears. La idea de pegar estos dos hechos no es feliz ni acertada. Desde principios de los años ochentas teóricos de la lectura casi masivos como Roger Chartier vienen insistiendo en que la producción material incide sobre la producción del significado y que la organización física de una material condiciona la lectura. Karin Littau en su Teorías de la lectura es contundente cuando dice que la tecnología –en este caso algo tan básico hoy como la máquina de escribir– “no es un aparato neutral ni un medio transparente sino que tiene efectos físicos sobre nosotros y no sólo modifica nuestro modo de escribir sino nuestro modo de crear”.

¿Por qué Reynolds, un lector y “escuchador” esmerado, dictamina que la distribución de la mano de la revolución industrial que trajo aparejada la web no modifica “la música”? Nada conservador en su estudio del House y el Ambient, aquí muestra no sólo sus límites para pensar el presente, sino como la histeria por la novedad puede implicar también incomprensión. La alusión final al “cansancio de occidente” y la apuesta superyoica a la India y China como futuros productores de arte me resulta lo más sintomático del artículo. No hay cansancio en la música occidental actual. Por el contrario, lo que se registra es una fuerza vital arrasadora. ¿Cómo podría haberlo con esta nueva forma de distribuirla donde los protocolos de “escucha” se ven completamente afectados? Pero quizás Reynolds proyecte y el que está cansado sea él. Es muy probable. Un crítico del “post” que dio mucho y que ahora no quiere, o no puede, enfrentar los nuevos y arrolladores desafíos del siglo XXI es un personaje comprensible. Por otra parte, Reynolds es un historiador, no un cronista. Necesita distancia para explayarse. En este sentido le pasa lo que a muchos músicos. Cuando se presenta el agotamiento, lo mejor es tomarse un descanso. No es raro que, tanto escritores como músicos, resurjan de sus cenizas porque las cenizas del rock siempre son fértiles. Como esas playas volcánicas que poco tiempo después de la erupción generan espesas y muy nutridas junglas.

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