| PARTE DEL ASUNTO |
| Amenazando a Hamlet |
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Los poetas que describe Zambra abundan en Latinoamérica, aunque quizás en Chile sea más alto su porcentaje, más reconocida su voz y más insoportable su presencia. Chile es, para los que no lo saben, la patria de los poetas afectados. Tienen un poeta nacional tan firme y horripilante como puede serlo Neruda y recientemente entraron al siglo XXI con la megaestrella literaria Roberto Bolaño.
Pero el poeta que quiere describir Zambra es “un fracasado”, un intelectual que en su búsqueda vital termina administrando su poca vida, apagándose, y termina “muy viejos para suicidarse”. Por eso, es posible plantarle muchas críticas a Zambra y seguramente él lo sabe y decidió escribir igual para sacarse de la boca el gusto a amargo del equívoco que nos producen siempre los poetas. (Es probable que también sepa que el título de su artículo remite a un famoso ensayo de Gombrowicz que es mucho más cáustico y asertivo que el suyo.)
Para empezar con las críticas se podría decir que no hay “oficio intelectual” que escape a esa descripción. La cronología de Zambra cabe para periodistas, para narradores, para docentes universitarios, y así. O mejor, no hay oficio o profesión que carezca de estos personajes. Pasa con los jugadores póker, con los militares y los políticos, con los veterinarios y los payasos. Pero eso no sería tan importante. ¿Por qué le importa tanto al narrador chileno la dialéctica siempre ajena del éxito y el fracaso? ¿Por qué no deja a los poetas ser trágicos, optar por lo menos, por el escarnio, la contradicción y la rutina? Lo que sí me parece importante decir es que también hay otros poetas, que, a nivel de sus textos, no son ni mejores ni peores que los que describe Zambra. Son los que reaccionan contra esta figura, digamos, melancólica especuladora. Estos en todo caso proyectan su melancolía en el punk, en el desgarramiento, sigue insistiendo, creen en lo que hacen, aunque el techo se les caiga en la cabeza y al mismo tiempo ven a los demás poetas como los ve Zambra. Es decir, son más ligeros y resistentes, son más genuinos en sus prácticas. Se pueden parecer, copiar, influenciar, reconocer, por los poetas que describe Zambra pero son cosas diferentes.
Julián Axat me acaba de hacer llegar la antología de poesía Si Hamlet duda le daremos muerte, editada por Libros de la Talita Dorada. No es la primera antología pos-noventas. Si mal no recuerdo Milena Caserola sacó una amplia y muy recomendable colecta hace poco. Sin embargo, Si Hamlet duda le daremos muerte complementa y de alguna forma completa esa y otras antologías anteriores. Hacer, leer, editar y mostrar una antología es difícil. Arrecian las críticas y las quejas, las vanidades, los excluidos, y largo etcétera del cuál Zambra seguramente sacaría material para su breve biografía general e imaginaria del poeta rompebolas. Pero eso que es difícil en la antología puede ser seductor para el lector y también –o especialmente– para el crítico. Como toda antología bien hecha, Si Halmet duda le daremos muerte propone mucho, acompaña, abre, da a conocer. “Cada poeta nos fue llevando a otro” dicen Julián Axat y Juan Aiub en el prólogo del libro. De la cincuentena que agrupa hay algunos que ya ganaron cierta relevancia. Puedo decir que leí a Jonás Gómez, Guillermina Watkins, Emiliano Bustos y Tomas Watkins; a Ramón Tarruella lo conocía como novelista y a Sebastián Lalaurette, como periodistas. Lo demás me queda todo por explorar. Y veo con alegría que sin caer en sectarismo geográficos, hay un ánimo saludablemente federal en la antología.
El artículo de Zambra y la lectura de Si Hamlet duda le daremos muerte hacen que vuelva a una pregunta recursiva. ¿Por qué Los detectives salvajes tuvo tantos lectores? Arriesgo una respuesta: porque interpelaba de forma visceral e inteligente a todos los poetas del mundo, que esta vez se sintieron narrados, entendidos, contenidos, básicamente comprendidos. Los primeros y fieles lectores de Bolaño, sus mejores agentes de prensa y difusión, fueron los poetas latinoamericanos que lo leyeron y se lo pasaron como quién descubre una herramienta que funciona o un truco en un juego de la playstation. Bolaño armó una épica creíble de la poesía y los poetas, una etnografía universal, necesaria y atractiva, y ellos se lo agradecieron bancándolo en todos los ágapes, fiestas de cumpleaños, universidad y bares de habla hispana. El éxito de Bolaño, y en la otra punta, lejos de la editorial Anagrama, la calidad y la fuerza de Si Hamlet duda le daremos muerte muestran, de formas muy diferentes, que Zambra se equivoca o al menos es demasiado parcial. No alcanza su gesto de denunciar el divorcio entre autoestima y realidad, el cultivo esmerado y ácido del narcisismo. En todo caso, Zambra reacciona contra una sola parte del asunto, mira tuerto, afectado él mismo, no recorre todo el camino.
Así las cosas, finalmente es evidente que hay algo impostado en la poesía, algo ridículo, pero sano, algo que se escapa, irreductible. Inés Aprea lo dice en este Hamlet amenazado cuando con mucha simplicidad se hace de nuevo otra vieja pregunta: “y si la poesía no era/ otra cosa/ que el gesto adolescente/ de abandonarlo todo/ como Rimbaud/ como Bolaño/ lanzarse a los caminos”.
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Por: Juan Terranova. Derivando por las web encontré un breve artículo del narrador chileno Zambra publicado 
