IRRUPCIÓN NARRATIVA CONTEMPORÁNEA/ 
Diario de lecturas 30

el loro que podía adivinar el futuro/Por: Juan Terranova. Lunes. ¿Cuál es la mejor edición digital de la Biblia? Cuesta encontrar una con un buen buscador interno. La que estoy usando ahora, www.bibliaonline.net, no está mal. El buscador corre bien y nos deja una sensación de dominio sobre un cúmulo de textos que siempre me resultó inabarcable.

Martes. Leí con mucho placer El loro que podía adivinar el futuro de Luciano Lamberti, editado por Nudista. Es diferente a El asesino de chanchos, su primer libro de relatos (Exceptúo Sueños de siesta de la lista, una plaqueta con prosas diversas). Si El asesino proponía un astuto realismo de intersección entre lo urbano y lo rural, que doblegaba al costumbrismo y lo hacía rendir en anécdotas de todo tipo, en El loro encontramos la misma prosa ajustada y bella, el mismo culto de la arbitrariedad eficiente, pero en función de otra constelación genérica. “Perfectos accidentes ridículos” es un cuento de pasaje. Podría ser incluso el último cuento de El asesino. Ya en La canción que cantábamos todos los días el género cambia. Se vuelve opaco, ominoso. Es lo más cerca que estuvo alguien en la Argentina de lo mejor de Stephen King. (Cerca de lo no tan bueno de Stephen King hay varios, que también tienen su mérito.) En este cuento, Lamberti logra un terror que desborda a los maestros del género local. Pienso en Horacio Quiroga. La vida es buena bajo el mar y La feria de Oklahoma exhiben un corte nostálgico muy cerca de las piezas más logradas de Bradbury. El primero, como ejercicio de reescritura de la ciencia ficción alegórica. Y el segundo, con tintes más locales, jugando al efecto traducción. Algunas notas del país de los gigantes es el que menos me gustó. No me resulta malo, pero acá el remix de los riffs conocidos –suena por atrás todo el tiempo la voz del Borges mítico– no logran la contundencia necesaria para dejar atrás la influencia o el punto de partida original. Sin embargo, está tan bien escrito, con una grado de síntesis y maestría tal, que no desentona. (También es uno de los cuentos donde el humor no es negro, sino violento y vital.) Cuando le señalé a Lamberti la posible influencia de las nuevas series, desde Lost hasta Breaking bad, recibió el comentario como un elogio. El cuento que le da título al libro tiene, dentro del género del desquicio siniestro, muchos momentos de contacto con esas series bárbaras que se descargan para ver en la compu de a cinco o seis capítulos seguidos. Pero hay más coincidencias. Lo que fluye, la prolijidad formal, lo bien hecho, las imágenes que son pertubadoras y bellas al mismo tiempo, el trabajo sofisticado con los motivos pulps. Cuando este nuevo uso de las series se empezó a extender, el periodismo usó la palabra “hiperficción” para describirlas. No sé si se puede usar esa palabra para acercarse a los cuentos de Lamberti, pero leo El loro que podía adivinar el futuro, no sin cierta arbitrariedad, pero también con algunas razones de peso, como una respuesta literaria a esa irrupción narrativa contemporánea.

Miércoles. Me bajé al kindle Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento de George Steiner. Es un ensayo blando, “de discusión”, disgresivo pero no tanto, bien escrito, elegante. Steiner suele mezclar citas del romanticismo alemán con axiomas de la física cuántica y da ejemplos científicos que a veces se vuelven un poco banales. Pero con todo es grato leerlo. (Y por esta vez no se vuelve innecesariamente nostálgico.) Me pregunto cómo se pueden aplicar las melancólicas ideas de este ensayo, cuyo eje es también la soledad y los abismos neuróticos del hombre, a Internet, un aparato que, por otra parte, no termina de seducir a Steiner. Me quedo con esta frase: “El pensamiento lleva dentro de sí un legado de culpa”.

Jueves. Preparando una clase, entré al programa de Literatura Argentina II, cátedra Saítta, de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Me llamó la atención ver la inclusión de narradores muy jóvenes en el cronograma de lecturas. Pero siempre atados a un escritor mayor y ya consagrado, como si hubiera una suerte de continuidad. De hecho, esta organización de las lecturas me resultó un tanto oprobiosa para esos jóvenes escritores. La asesina de Lady Di de Alejandro López se dicta unida a Manuel Puig, Hernán Ronsino se incluye después de Juan José Saer, el inefable Pablo Ramos ocupa el final de la unidad dedicada a Roberto Arlt. El factor “epígono” no puede ser subestimado en este entramado. Quizás la pronta canonización implique estos anudamientos. O tal vez se trate de formas de leer poco arriesgadas, adocenadas, nuevos lugares comunes de la historia literaria.

Viernes. Ah, Wikipedia, esa máquina del desnudo.

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