AUTOR, OBRA, GESTOS Y PALABRAS/ 
Diario de lecturas 40

PELÍCULA DE OSPINA Y LIBRO DE MUJICA LAINEZ/Por: Juan Terranova. Lunes. Volví a leer “El hambre”, la narración que abre Misteriosa Buenos Aires de Manuel Mujica Láinez. No la recordaba así. Me gustó, no como está escrita, ni cómo está resuelto el tema central. Pero tiene detalles potentes y la idea general me parece insuperable. (sentí envidia creativa en varios momentos. Cuando Mendoza enfrenta un fantasma y mira su vajilla ornamentada, bella, pero “limpia de viandas”) En un par de páginas, incluso en un par de párrafos, se explica con claridad como las ciudades se fundan sobre el crimen, el escarnio, el error y la violencia. Viniendo de un patricio con aspiraciones aristocratizantes como Mujica Láinez no es poca cosa.

Martes. El domingo a la noche Luciana Calcagno me invitó a presentar, en el ciclo de cine que organiza, La desazón suprema-Retrato incesante de Fernando Vallejo de Luis Ospina, una película del 2003. La proyección era a las siete de la tarde y hablé unos quince minutos sobre Vallejo y la película. Empecé con algunos lugares comunes: una buena “introducción” para Vallejo pero también una excelente película si no se leyó nada y si no se va a leer nada de Vallejo. Vallejo es uno de esos narradores que componen sus libros y al mismo tiempo, por afuera de sus libros, al costado de sus libros, en otras intervenciones, pero apoyados y apoyando sus libros, ofrecen un conspicuo personaje de autor. Pesimista, provocador, exuberante, neurótico, ridículo, que denuncia y odia, que usa la herramienta del escándalo, de la frontalidad para establecerse como autor. Toda esta artillería que ataca a los sentidos del lector y el espectador, toda esta disrupción, dije, tenía una larga tradición y no debía ser confundida con originalidad. La originalidad de Vallejo, de hecho, no está en esta figura de autor sino en su obra, en sus palabras, o mejor dicho en algunas de sus obras, en su gesto que es genuino y auténtico. Y en su humor. Un humor negro y retorcido, liberador, que se veía con claridad en la película. Luis Ospina, el director, guionista y productor, es el otro personaje, el carácter, también singular, que le da el equilibro a la narración. Ospina aspira a ocupar un lugar neutro. Tanto cuando escribe como cuando filma es medido, respetuoso, lateral, esa es su posición, la que desea y elige. Se corre y le abre paso a Vallejo para que hable, se mueva, diga, se contradiga, se deje filmar, recuerde, afirme. Casi como si el positivo filmara al negativo. Terminé mi breve presentación resaltando dos escenas. En la primera, uno de los hermanos de Vallejo señala la carretilla donde se cargan los animales muertos en su recorrido por la veterinaria, justo después de que se haya contado la muerte trágica de otro hermano, la que Fernando recompone en El desbarrancadero. Hay ahí algo condensado, esa idea de “lo fatal”, que recorre toda la obra de Vallejo y desde luego la película. Y la otra escena se da cuando corta el teléfono en conversación con una radio colombiana. Lo llaman a México donde vive y lo confrontan con un periodista que decía que había que prohibir su obra. Vallejo se despacha con insultos sobre el presidente. Es una discusión breve pero intensa, donde hablan dos voces irreconciliables. Lo quieren prohibir. Él se defiende. Hay insultos, se habla de resentimiento, de amor a Colombia. Todo en muy poco tiempo y de manera formal, con esa formalidad que nos resulta tan ajena a los porteños y que es tan típica del Caribe. Y cuando Vallejos cuelga, mira a cámara. Y ríe. ¿Por qué ríe Vallejos? El por qué de esa risa es lo que intenta descubrir Ospina, el gran tema de la película. Cuando volví a casa encontré en la web una conferencia que Vallejos dio en el Instituto Cervantes de Berlín sobre el Quijote. Ahí dice, entre mucha retórica, que Cervantes escribió una gran novela, oscura, sensual y desprolija.
 
Miércoles. El fin de semana pasado fui a la inauguración de la retrospectiva de Giacometti en Fundación Proa. Recién hoy repaso un poco el catálogo. Giacometti, bien. ¿Qué podemos decir de Giacometti? Un artista nacido suizo, mudado, y muerto en París. Demasiado suizo, demasiado parisino. Su “búsqueda” siempre fue estilizada, armoniosa, tímida, cuidada. Me resulta simpático que los curadores de Proa decidieran exhibir su primera pintura, muy limitada, producida a los catorce años. Lo demás es olvidable. La muestra está excelentemente curada. Lo que se muestra es excepcionalmente anodino. Cabezas, cabecitas, blancas, negras, cuerpos alargados, texturas tersas o porosas. Todo en técnicas y motivos que hoy reproduce cualquier artesano de barrio, o esos jipis que venden artesanías en las ferias de las plazas. Arte para viejos, entonces, para gente que tiene mucho tiempo por día, y muy poco tiempo por delante, y lo usa en macerar sus pensamientos sobre el pasado y la muerte. Desde luego, la muestra será un éxito de público. En el catálogo se puede leer esta frase: “Rechazando los formulismos que entorpecen continuamente nuestra percepción, Giacometti despertaba cada mañana con el propósito de mirar por sí mismo, con ojos propios, para luego traducir lo que veía con la mayor exactitud posible”. La frase me hace acordar a la respuesta que le dio Rodin cuando le mostraron los dibujos de William Blake. “El realmente veía estas cosas” le dijeron. Y Rodin respondió “bueno, quizás debería haber mirado dos veces”.
 
Jueves. Patricio Erb me pasa un video de Youtube titulado “Lincoln Assassination Eyewitness (1956)”. En un blanco y negro muy castigado por el tiempo y por la reproducción analógica, un presentador hace entrar a un viejito, lo sienta en un viejo estudio de televisión y un grupo de personas empieza a hacerle preguntas. El juego consiste en que adivinen quién es y por qué resulta importante. Lo sacan en unas cinco o seis preguntas. Acá, en la Argentina, una proto-Susana-Giménez le habría hecho una entrevista basurosa y adoratriz, nostálgica e intrascendente. (En vez de Lincoln, podríamos tener un viejo mayordomo paraguayo que descubrió al cadáver de Sarmiento en su escritorio o el que le sacó esa conocida última foto.) En los USA lo transformaron en un show único donde se aprende mientras se timbea. El acto incluye una escena digna de Philip K. Dick con un hombre cayendo de un palco en un teatro y un niño de cinco años que gracias a la magia de la televisión se nos presenta como un viejo deforme. Eso es saber de la industria del espectáculo y de la función de la historia en el orgullo nacional, y todo esponsoreado por una empresa de tabaco. “En los Estados Unidos el estreñimiento da patente de prócer” escribió una vez Anzoátegui sobre Lincoln. Bien. ¿Y en la Argentina? ¿Y en la TV?
 
Viernes. Una frase de Nelson Rodrigues: “Considero o bom gosto uma virtude de quinta classe”. No hace falta traducción.

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