Por Juan Terranova. Lunes. Me llega una gacetilla de prensa donde se informa la salida de un nuevo libro titulado Sin amor y firmado por Anna Kavan. Como cita de autoridad aparece un fragmento del Times Literary Supplement: “Sin amor está escrito con una intensidad alarmante. Los personajes se delinean contra montañas heladas, frondosos jardines tropicales, hoteles poblados de espejos. (…) El principal interés de la novela reside en una suerte de cambiante incertidumbre acerca de las experiencias que se describen y diseccionan con cabal lucidez". No sé quién escribe estas líneas. No se consigna autor. Aunque estén escritas en el Times Literary Supplement me voy a permitir opinar que salvo por el precio de los libros –este sale ciento veinte pesos– no quedan ya cosas “alarmantes” en la literatura. ¿O me equivoco? La traducción es de Elvio Gandolfo. Contra toda viruta mental, quizás el libro valga la pena solo por ese dato. Gandolfo es traductor excelente y lector confiable. Por otra parte el título me parece muy bueno, directo, de violencia sutil: Sin amor. (Y después de todo, ¿quién no escribió alguna vez adjetivando así, trabándose de esa manera, reproduciendo la prosa institucional que nos garantiza el pan y la esperanza de ser comprendido?).

 

Martes. Dos versos de Hölderlin: “Así aprendí triste la renuncia:/ Ninguna cosa sea donde falta la palabra”. Aprender la renuncia en el primer verso, y un deseo en el segundo, un deseo de conciencia, una expresión de deseo. ¿Se fuerza la relación lenguaje-conciencia? No voy a descubrir nada sobre eso este martes de otoño. Pero si estos versos me llegaran solos, si ninguna explicación o compañía, diría que se trata de un manifiesto. El poeta se compromete con la palabra y solo con ella. Por supuesto, esto implica por una lado, cierta angustia vital. Y por otro una mentira, una traición garantida, porque es imposible vivir siempre en la palabra. No se comprometa a esas cosas poeta, habría que decirle. Escriba como quién llena un formulario, escriba y lea haciéndose el distraído, recorra los anaqueles de las bibliotecas con suspicacia y languidez. Y al mismo tiempo, qué triste es la renuncia, es verdad. Y qué útil.

Miércoles. Una vez pensé en voz alta que Galimberti era nuestra versión de Don Draper. Diego Vecino me dice ahora que Guillermo Moreno es nuestro Tony Strak. Me sorprende la relación por lo precisa y sugestiva. El tecnócrata irreverente y maleducado, apasionado, trabajador, altruista, transgresor, de moral ambigua y ética incorruptible, cuya empresa y principal garante es la única empresa millonaria que siempre funciona dentro de la modernidad, el Estado. Feos por lindos. La realidad es así, nena, no hay nada que hacerle.

Jueves. Hace unos días, Martín Castagnet me señaló el techo de un colectivo 92 que sobresalía por arriba del paredón de uno de los depósitos ferroviarios de Once. Volvíamos caminando por la calle Perón, después de una clase en el CEC. “Es el que chocó el tren en Flores” me dijo. “¿Será?” le pregunté. Examinamos la posibilidad. ¿Qué otra cosa podía ser? La línea, la carrocería deshilachada por el impacto... Ayer pasé por la tarde y le saqué una foto. Sobre el paredón de ladrillos, una agrupación política había pintado la palabra “diversidad”. No puedo dejar de leer la consigna como una ironía. (Martín también encontró en la web a una mujer que trabajó en el hospital-cárcel donde está preso Charles Mason y le preguntó en un comentario al artículo donde contaba la experiencia qué era lo que desayunaba los internos. La mujer, con mucha amabilidad, respondió que los presos comían crema de trigo o avena, tostadas y ocasionalmente alguna fruta enlatada. Agregaba que no era algo un desayuno apetitoso, más bien todo lo contrario. El artículo que escribió se titula, desde luego, “Breakfast with Charles Manson” y la autora se llama Arlene Poma. Qué desayuna Charles Mason era lo que quería saber Ballard a principios de la década del 80, sinécdoque de esa información difícil que tanto le costaba conseguir. Now we know it, Jim.)

Viernes. Hace unos días, una semana exactamente, fui a tomar una copa a un cónclave de intelectuales pudientes de esta ciudad. No la pasé mal. Me llamó la atención un tipo de mi edad que habló de historia de la economía. Lo hizo muy bien. Recién me siento a escribirlo porque quedé impresionado y necesitaba procesarlo. Este tipo, no retuve su nombre, describió los diferentes quiebres y ciclos de la economía tipificando los positivos y los negativos, hablando del crecimiento y del retroceso de la riqueza, y en muy poco tiempo, apenas unos minutos, estableció que los ciclos eran cada vez más cortos. La tesis central era esa. No mucho más. Desde principios del siglo XIX y el nacimiento de la modernidad hasta la actualidad, los momentos de expansión y distensión de la economía de las naciones habían ido alterando con ciclos largos primero, décadas y décadas de estabilidad con cortes abruptos, hasta llegar a la actualidad en que una crisis puede durar un par de años como mucho. El orador decía que aquello que con tanta novedad se describía en los 90 como la “globalización” era ridículo para muchas cosas, como por ejemplo, las historias nacionales, sus tradiciones e ideologías. McDonalds podía entrar en Buenos Aires y vender un modo de vida. Pero la carne y el pan que se comía en esos lugares seguían siendo argentinos. Hasta ahí llegaba la cosa. Ahora bien, el dinero digital y la información cada vez se movían más rápido. Incluso con cierta “histeria”. Había usado ese término, “histeria”, y se esmeraba en seleccionar las palabras, intentaba ser preciso, y cada tanto coloreaba la argumentación con datos. La crisis del 30 duró poco, era verdad. Pero había sido devastadora. Luego, llegó una lenta recomposición y la guerra. Los años 60 había sido muy buenos, los 70 también. Los 80, decididamente malos. Reagan había sido un raro carnicero para el norte. Los 90 había tenido a un Clinton expeditivo y equilibrado, con continuidad en Bush hasta que explotó la burbuja inmobiliaria. Alguien le preguntó si Clinton no había tenido que lidiar con una burbuja similar con la web. El economista lo escuchó con atención, y le respondió que no había sido nada comparado con el problema de los préstamos inmobiliarios. Hizo un chiste, que todos entendieron, y agregó que justamente eso se había debido a la prosperidad y la necesidad de proyectos donde invertir el sobrante de dinero. Quiero insistir en que hablaba con una voz tranquila y confiable. No tenía nada de esos economistas duros y esquemáticos que suenan casi amargados, o resignados o demasiado técnicos. El punto cumbre de su argumentación, al cual llegó enseguida, era que si esos ciclos se alternaban cada vez más rápido, llegaría un momento en que todo el mundo entraría en un caos sin nivelación y que eso traería primero un período muy complejo, una “meseta terrible” decía, hasta que quedara claro que los Estados tenían que trabajar en conjunto e intervenir fuertemente en sus economías locales. Todo eso traería severas restricciones a la libertad de mercado. Hubo risas y sonrisas cordiales en el living donde tomábamos esa copa y escuchábamos. El tipo había dicho “libertad de mercado” con cierta ironía, levantando las cejas, como si intentara asustar a un chico con un cuento de terror. Después nuestro orador agrego que eso iba a suceder antes que cualquier cambio climático decisivo, así que nosotros seríamos testigos presenciales de este cambio. Después se habló de otra cosa, y yo perdí el interés. Esa noche no pasó nada más, no al menos digno de ser comentado. Pero al otro día me llegó un mail de un amigo que había estado en la reunión. Me saludaba, me hablaba de otras cuestiones y al final le dedicaba una línea al orador: “y perdonalo a Fulano, se pone en pedo y habla gansadas toda la noche”. No le respondí.