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Por Juan Terranova. Domingo a la noche. Tengo un breve diálogo con Quintín por Twitter. Él venía haciendo sus típicos comentarios políticos, mezcla de crítica y queja, y al mismo tiempo relatando un partido de fútbol. La situación me sonaba conocida. Entonces puse: “Me acabo de dar cuenta que @quintinLLP es un loop”. La respuesta no se hizo esperar: “En cambio, yo hace rato que me di cuenta de que sos un pelotudo”. Enseguida escribí: “Ahí está el insulto que esperaba. Queda confirmado. No te enojes, @quintinLLP”. Pensé que me iba a tildar de kirchnerista porque es lo que hace automáticamente cuando alguien le dice algo que no le gusta. Pero no. Respondió de esta manera: “Por qué no me voy a enojar, tarado”. Y yo terminé el intercambio con “Porque quizás, quizás, tal vez, muy tal vez, no vale la pena enojarse e insultar cada vez que recibís un comentario”. Al rato me bloqueo, pero como no protege sus twitts, todavía puedo leer lo que pone. Es una suerte tener a un tipo como Quintín agitando las lagunas estáticas de la intelectualidad argenta. En su paranoia, en su amargura, en su desmesura, lo banco mucho. Sin ironías. Su voz me resulta disonante, agria, aguerrida, y valiosa, una voz atolondrada pero intensa que todo el tiempo nos desafía, como un laberinto de espinas.

 

Lunes. La semana pasada, Dominique Venner, un historiador y ensayista de la extrema derecha francesa, entró a la Catedral de Notre Dame y se suicidó. Parece que se ubicó frente al altar y sin decir una palabra se metió un tiro en la boca con una pistola belga de una sola bala. La nota que leo dice que lo hizo en contra del “matrimonio igualitario”. Supongo que sus libros van a pasar a tener otro peso ahora. Dos o tres días después, Hermes Binner hizo declaraciones a La Nación. “No somos un país normal" dijo y agregó que en la Argentina nos encaminamos a una “cleptocracia”. Sin embargo, siguiendo el hilo de la cosa pública, nuestra derecha no parece tan exhibicionista y dramática como la francesa. ¿Cuántos suicidios públicos contamos durante el siglo XXI?

Martes. A veces siento que estoy atrapado en lecturas incidentales que no me permiten hacer las “verdaderas lecturas”. Después me doy cuenta de que las “verdaderas lecturas” son las que me retienen, estás lecturas, las de las pantallas, las otras son lecturas potenciales, igual de importantes, lecturas que “debo” hacer, que tengo que hacer, que no puedo hacer y que pospongo, lecturas que me potencian porque me faltan. Al mismo tiempo, la idea de sentirse atrapado, encerrado, me suena insufriblemente romántica y poco original. ¿Dónde están las paredes de este estuche de acero, doctor Weber? Los límites nos llegan heredados directamente de la primera modernidad, acompañando el gesto superyoico de la perfecta insatisfacción. ¿Por qué? Nadie nos da un hacha. Los escudos ya no existen salvo en los museos. Se acabaron hace cientos de años los días del arco de fresno y la flecha que se dispara por la supervivencia. Ahora tenemos órdenes judiciales, hiperconectividad y las góndolas de los supermercados iluminados con tubos fluorescentes. O como ya decían los Suicide en Ghost Rider: “Baby, baby, baby he's screamin' the truth/America, America's killin' its youth”.

Miércoles. Una escritora argentina ganó un importante premio en España con una novela cuya trama El País describe con esta fresca brutalidad: “Manuel, un periodista de 26 años hijo de desaparecidos del régimen militar, recibe la noticia de que tiene un cáncer terminal a la vez que descubre tener un hermano gemelo de quien fue separado al nacer. Y decide emprender un viaje por el interior argentino para intentar conocerlo antes de que le llegue la muerte”. Cuando le pasé la descripción a Facundo Falduto dijo que le hacía acordar “a ese capítulo de American Dad en el que Roger presenta una película de un chico judío durante la Alemania Nazi, que además de judío es mogólico, y además de mogólico es alcohólico, y además tiene un perro que tiene cáncer. No le falta nada”. La escritora es investigadora del Conicet. ¿Por qué no me llama la atención ese dato?

Miércoles, más tarde. El fotógrafo Thimothy Archibald tiene un hijo autista que se llama Elijah. Durante tres años se dedicó a fotografiarlo. Empezó cuando tenía cinco y le diagnosticaron el autismo. Hay una foto donde Elijah aparece metiendo la cara en un embudo rojo. Cuando la vi me sentí identificado.

Jueves. La experiencia desgarradora del amor y la música un día nublado. Estar en la cama. Prender la televisión. Dejar pasar las imágenes sin sonido. Dormirse y despertar. Apilar libros en la mesa de luz. Hablar por teléfono. ¿Qué día de la semana es? Salir a la calle. Tomar un taxi. Ingrese su número de celular. La tarjeta de crédito no tiene cargo alguno. El free jazz está muerto. La contraseña no es la correcta. Deje su mensaje después de la señal. Paul McCartney escribió a Rusia pidiendo por las Pussy Riot.

Viernes. Leo Yahoo Preguntas usando su buscador y disfruto cada entrada. Encuentro la siguiente pregunta: “Si a Jesús le hubieran matado con una pistola, ¿las iglesias tendrán pistolas colgando en las paredes?”. El que pregunta luego aclara: “Como a Jesús le mataron en una cruz, las iglesias; si le hubieran abatido a tiros, sería lógico que los cristianos colgaran cruces de las paredes”. La respuesta más votada es la de una chica que dice: “Tendrían una figura de Jesucristo, con los sesos de fuera”. La pregunta es mucho mejor que la respuesta, desde ya.

Viernes, después del mediodía. Yo: “¿Solamente cantás canciones de amor y de terror?”. Mi hija: “No hace falta más”.