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Por Juan Terranova. Lunes. El fin de semana estuve repasando Cómo vivir juntos, simulaciones novelescas de algunos espacios cotidianos de Barthes. Disfruté releer los tres prefacios del libro. Sí, tres. Creo que son necesarios para entender lo que sigue, los apuntes de Barthes para sus cursos y seminarios en el Collège de France de 1976 y 1977. Me gusta cuando Alan Pauls dice que Barthes piensa sostener el proyecto de esas clases con “la pluralidad sin jerarquías, el montaje sin relato, la simulación, el excursus, la deriva: en suma, la ficción como método.” ¿Por qué me suena tan conocida esa lista, tan empática, tan cercana? Un poco porque yo también, con mis limitaciones, hago eso cuando escribo. Pero ¿quién no? La especial afinidad se da, me parece, en que se trata de un crítico parasitando la ficción cuando se le pide género argumentativo. La ficción, la ficción, la ficción. Qué etiqueta sobrevaluada. Cuanta basura líquida debemos respetar porque lleva esa etiqueta y cuántas frases hermosas, ideas potentes y narraciones aleccionadoras se nos pierden porque no la llevan. Aquí mismo le declararía la guerra a la ficción sino supiera que perdería batalla tras batalla y que mis aliados, los analfabetos militantes de la crónica, esos periodistas, intentan algo parecido con pobres, pobrísimas, herramientas conceptuales.

 

La ficción sigue siendo recurso y refugio. También me gusta cuando Éric Marty –no tengo idea quién es– cuenta en su prefacio que le preguntaron a Valéry por qué no publicaba sus cursos en el Collège y Valéry respondió “la forma es cara.” Luego, los apuntes de clases de Barthes son interesantes pero demasiado fragmentarios. O mejor dicho, demasiado inconexos. No tengo problema con el fragmento como género, con lo fragmentario pero lo inconexo, lo falto de un ritmo, de un hilo, me desconcierta. (Lo irónico es que el ritmo y su relación con lo grupal, con una comunidad o grupo, es uno de los temas, o el tema central, del libro.) Finalmente leída desde Buenos Aires, la pregunta “¿cómo vivir juntos?” formulada en 1976 tiene otras connotaciones. Por momentos, más interesantes y trágicas que las que podría adjudicarle un lector europeo. Pero de todo, lo que más me sorprendió fue encontrarme con que Barthes había enseñado en Rumania. Antes lo había pasado por alto pero ahora es diferente. Ahora sé un poco más de Rumania, conozco más, fantaseo más con Rumania. Barthes y Rumania. El saludo de los opuestos, la experiencia y la lectura, los libros y el amor.

Martes. En la librería de Avenida de Mayo, la que parece un túnel, compré Novelistas post-románticos de un tal Martín Alberto Noel y Los argentinos y la literatura nacional de Guillermo Ara. Estaban en la mesa de los saldos más baratos. Los pague cada uno diez pesos. El primero es una especie de ensalada mixta, de buffet decadente, con fragmentos de novelas de Sicardi, Cambaceres, Grandmontagne y Martel. Publicado en 1972 por el Ministerio de Cultura y Educación en su colección “Los fundadores de la literatura argentina”, en la primera página trae la típica lista de autoridades encabezada por el Presidente de la Nación, en ese momento el Teniente General Alejandro Agustin Lannuse. El de Guillermo Ara estaba publicado por Huemul y el nombre me sonaba. Guillermo Ara. ¿Quién era? Me fui a tomar un café y a leer los libros. Me gustó reencontrarme con un el primer capítulo del Libro extraño de Sicardi en la antología. Pero lo de Ara me atrajo de otra manera. El título no podía tener intenciones más canónicas y centrales, Los argentinos y la literatura nacional. Tenía un subtítulo que aclaraba, adusto: Estudios para una teoría de nuestra expresión. ¿De dónde recordaba a Guillermo Ara? ¿Por qué su nombre me sonaba tanto? El ensayo era de 1966 y la edición tenía el apoyo del Fondo Nacional de las Artes. Lo hojeé. Me di cuenta que Ara se tomaba la taxonomización demasiado en serio, y la explicaba y justificaba, o al menos intentaba hacerlo. Estos intentos, bastante acartonados, por contraste se volvían una pedagogía muy exacta, cuyo principal enseñanza era que la taxonomía en las artes no puede ser otra cosa que irónica. “La taxonomía irónica de la crítica argentina” pensé. “Lo sepa o no lo sepa el crítico.” En sus momentos más lisos, Ara se vuelve el crítico que arma listas y se saca problemas de encima. Pensé una vez más que eso que llamábamos “literatura argentina” era un juguete caro, despilfarrador y retorcido. ¿Y Ara? ¿De dónde lo conocía? ¿Por qué me sonaba tanto? Pasó un rato hasta que me di cuenta de que lo conocía del futuro. Como le gusta decir a Mavrakis, era el fantasma de mis navidades venideras. El ensayista polvoriento que quiere impartir al menos un poco de orden en los libros y los autores que lo rodean y cuyos esfuerzos terminan en las pilas de viejo de las librerías amarronadas y vintage del centro de la ciudad, convertidos en mudos testimonios prescindibles. Ese es el destino fatal que me recuerda Guillermo Ara. Yo soy él, y él en algún punto está en mí.

Miércoles. De Ara pasé a Aira. Personajes posibles el uno del otro. Cesar Aira hoy es una escuela, un estilo, un método. Fue y está siendo aplicado. En el futuro vamos a leer a Aira y a sus contemporáneos estilísticos y sus epígonos –son muchos– como ahora leemos a los novelistas positivistas del cambio de siglo, con el mismo despectivo interés, con el mismo desgano académico. Algunos buscarán la fórmula, el rasgo tipificador, el aire de época, otros intentarán sacar toda la literatura que puedan de ese corpus. Los primeros se quedarán con las becas; los segundos, pese a todo, quizás lleguen a alguna parte.

Jueves. “Nuestra filosofía, nuestra poesía, nuestro teatro o nuestra novela, igual que nuestro ensayo –casi todos nuestros estudios literarios concurren a él– han sido siempre un sondeo angustioso, una meditación desvelada y torturante del “yo” evasivo de la argentinidad. No nos conformamos con la paternidad inmediata de nuestros progenitores” escribe Guillermo Ara. El párrafo, que no es genial, tiene su verdad. No terminamos de ser latinoamericanos, ni tampoco terminamos de ser europeos, no nos asumimos en el cono sur, ni siquiera entendemos que somos el prólogo de la Antártida. Por todo esto estoy empezando a pensar que somos eslavos, al menos en nuestro espíritu. Esa parte rara, final y seductora del Imperio Astrohúngaro. Esa zona de llanuras que rodea a Europa, y que se conoce como Europa del Este. Argentina como una Europa del Este al sur, muy al oeste y muy al sur, muy perdida, muy lejana, muy intensa.

Viernes. Mavrakis dice que las palabras “rostro” y “niño” y “aquí” son parte de la inyección ibérica que mordemos cuando nos metemos las traducciones de Anagrama. No estoy de acuerdo. Son palabras que se pueden usar con dignidad, que incluso están en mi expresión oral. “¿Pero no hay en decir niños algo irónico ya?” me pregunta. Mejor sería preguntarse qué no es irónico de las otras palabras que usamos. En el fondo temo que Mavrakis, con esa búsqueda obsesiva, nos deje sin vocabulario. La forma es cara. Cerca de medianoche, leo el poema de Pasolini que dice:

De improviso, mil novecientos
cincuenta y dos pasa sobre Italia:
tan sólo el pueblo le tiene
un sentimiento verdadero:
no extraído nunca del tiempo,
no lo encandila la modernidad,
aunque siempre el más
moderno sea él mismo, el pueblo, expandido
en caseríos, en barrios, con juventudes
siempre nuevas –nuevas para el viejo canto–
que repite ingenuo aquello que fue.

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