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Por Juan Terranova. Domingo. Sigue la desconcentración. Nunca tuve un “bloqueo de escritor.” Más bien al contrario. Mi disco rígido está lleno de fragmentos, de residuos de la experiencia, de lecturas y anotaciones y apuntes que crecerían si pudiera focalizar en ellos. La página en blanco es fría, sí, pero jamás la sentí estática o reactiva. La gran enemiga es la dispersión. Todo el que escribe como una rutina tiene cientos de archivos word como unidades militares desperdigadas y aisladas en un desierto. Concentrarse es empezar a reagruparse. Sí, vivo en una economía del gasto, con un excedente de ansiedad que debe ser quemado, y por eso la página en blanco para mí no es pesada.

 

De ahí la fascinación con el “proyecto”, muchos proyectos, una permanente saturación de ideas. Todas buenas o incluso muy buenas, sobre todo desde lejos. Y de cerca, algo viscoso, que no se puede reparar, ni recomponer, que no se logra hilvanar. Algo que a veces incluso ya está cocido. A la página en blanco Fogwill le opuso la mucho más aterradora página en negro, la escrita, esa es la que te persigue, como un fantasma sin brillo, la letra impresa que ya no se puede cambiar. Pero uno aprende a vivir con sus torpezas. Ahora la página gris, la que está a medio componer y se despliega por todas partes, clonándose en residuos inútiles, inconexos, contraproducentes, como una enfermedad, como un cáncer, bueno, esa página es la más terrible. Mientras tanto sigo escuchando las sonatas de Prokofiev por Richter y leo un paper donde se habla de las que escribió durante la Segunda Guerra. Ingenuamente, intento escuchar el sonido bélico que, en teoría, esconde esa música.

Lunes. Me levanto, llevo a mi hija al colegio. Vuelvo, prendo la computadora, me sirvo un café, leo en el Libération que murió Gunter Grass. Después en Twitter: “Im Alter von 87 Jahren ist heute morgen der Literaturnobelpreisträger Günter Grass in einer Lübecker Klinik gestorben.” Fue un social demócrata después de haber estado sirviendo unos meses en las SS. Por eso solo ya lo admiro. (Aunque tengo buenos recuerdos de Del diario de un caracol también.)

Lunes, más tarde. Le debo a Sebastián Napolitano la escucha atenta de la sonata op.134 para violín y piano tocada por Andrei Gavrilov y Gidon Kremer. El mejor Shostakovich. Desde hace un par de días que no puedo dejar de sorprenderme. La punzante actividad del talento redescubierta y democratizada gracias a YouTube. Lo que toca Kremer, ese tiempo, esos matices, esa energía, me resulta increíble y hermoso. El registro se dio en el “Berlin Philharmonic hall” durante su tour europeo de 1978. Ninguno de los dos interpretes, se dice, sabía que el concierto estaba siendo filmado. ¿Los filmó la KGB? Qué buen oído el de esos espías, si así fuera. https://www.youtube.com/watch?v=QEY0iqdXnJs

Lunes hacia el mediodía. Trato de poner orden en mis libros. Devuelvo los diarios de Rommel a la biblioteca. Desarmo la pila que hay en mi mesita de luz. Me detengo para releer Los libros de mi vida de Piglia donde Emilio Renzi dice que se ve a sí mismo como un escritor italoargentino.

Martes. ¿Grass era o no era muy Canal Encuentro? Quiero creer que no era. Pero dudo. Un verso de Hölderlin: “Der Morgen der erwacht ist aus den Dämmerungen...” Pienso en los homenajes de los suplementos culturales locales y ya me duele la cabeza. Leo un artículo titulado. “Everything We Have Been Taught About Our Origins Is A Lie.” En realidad, lo que leo es el título. Lo demás resulta interesante, información sobre herramientas encontradas hace millones de años que desmienten las cronologías arqueológicas clásicas y estiran los períodos humanos, rompiendo la idea mainstream de la evolución del hombre. Bien, es ambicioso. Pero el título es imbatible. ¿Como resistir la frase “Todo lo que nos dijeron sobre nuestros orígenes es una mentira”? En su denuncia terrible del fraude esa frase no puede dejar de contener al menos un poco de verdad.

Martes, más tarde. Ayer murió Eduardo Galeano también. Parece que alguna vez escribió que “El lenguaje que dice la verdad es el lenguaje “sentipensante”. El que es capaz de pensar sintiendo y sentir pensando.” Creo que hay investigaciones más precisas sobre las relaciones entre lengua y pensamiento. Supongo que el velatorio será cursi, correcto y aburrido como sus libros y su vida.

Miércoles. Hemingway decía que los escritores tenían que escribir solos, y que lo mejor era que se juntaran una vez terminado el libro en el que trabajaban, y así y todo no era bueno que lo hicieran con demasiada frecuencia. El peligro era convertirse en uno más de los escritores de Nueva York que vivían como lombrices de tierra, adentro de una botella. A veces la botella tenía forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa y así. Pero, en realidad, eso mucho no importa. El tema es que una vez adentro de la botella, los escritores se quedaban ahí porque afuera se sentían solos. Y no querían sentirse solos. Y por más grande que fuera la botella, la cantidad de tierra siempre quedaba limitada. Hoy la botella tiene la forma de las redes sociales, de las pantallas conectadas, de la aprobación inmediata. Nadie te recibe de esa manera cuando estás en la gélida llanura blanca del Word, en esa especie de Siberia donde lo único que podés hacer es poner una palabra atrás de la otra como si construyeras un refugio en el hielo, como si colonizaras la inteligencia artificial de un robot que vive adentro de una cámara frigorífica. Sí, estoy de acuerdo con Hemingway, pero, al mismo tiempo, convengamos que la soledad es una mierda.

Miércoles, más tarde. Robles me dice que compró Romanticismo de Safranski en una librería de su barrio. Hizo el comentario con un entusiasmo de lector que me conmovió.

Jueves. Vuelvo a leer una vez más la magnífica carta de Alberto Hidalgo a Borges. También leo que en diciembre de 1772, un tío de Joseph de Maistre, el conde de Chavanne, lo fue a buscar a Sade y lo metió preso. Pienso una ucronía donde el Marqués de Sade termina como el Rey de Francia, sofoca la revolución y se hace amigo de Fernando VII. ¿Qué nos tocaría a nosotros, provincias ultramarinas del sur?

Jueves, más tarde. Todo lo que quiero escribir y lo que escribí y lo que soñé ya lo cantó Billy Gibbons en esta estrofa:

Last night I saw a naked cowgirl
She was floatin' across the ceilin'
She was mumblin' to some howlin' wolf
About some voodoo healin'

Viernes. Encuentro una vieja columna donde digo que no me cuesta concentrarme. Y sigo pensando que, en general, no me cuesta. Pero, esta vez, algo persiste en alejarme de escribir. Estoy empezando a pensar que es cierto hastío. O cierto cansancio físico. Para bajar los niveles de ansiedad, o al menos dominarlos, escucho la que es hoy mi sonata preferida de Prokofiev. A la que vuelvo siempre. La octava, la que cierra el ciclo de sonatas de la guerra, tocada por Richter, que no la estrenó pero igual la entendió enseguida. 1944. Iván, el oso ruso. Prokofiev compuso la sonata mientras cientos de miles de soldados, no sólo rusos, sino de todas las repúblicas socialistas, iban al frente. Hombres de los Montes Urales, campesinos de Kazajastán, zapateros y obreros de Ucrania, metalúrgicos y estudiantes de San Petersburgo. ¿Por qué eran tan duros? Algunos peleaban por su patria, otros por sus familias, otros porque los habían mandado a pelear. La propaganda en Moscú decía que gritaban “¡Por Stalin!” cuando cargaban pero es mentira. Yuri Belash, un poeta soldado, escribió los siguientes versos: “Para ser franco sobre esto/ en las trincheras en lo último que pensábamos/ era en Stalin”. Dios te bendiga, Yuri Belash, por ser poeta, por ser soldado y por decir algo que suena a verdad.

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