columna Terranova

Por Juan Terranova. Lunes. En un puesto de Primera Junta compré Las Islas Malvinas de Juan José Hernández. En 1952 la editorial Joaquín Gil-Editor publicó los artículos que José Hernández escribió en su diario El Río de la Plata y una muy linda carta donde el marino argentino Augusto Lasserre cuenta su visita a las Islas. Es un libro muy breve pero no por eso menos emocionante.

 

Lunes, más tarde. En YouTube veo el trailer de una película que nunca se va a filmar donde hay zombies nazis montando tiburones mutantes voladores. YouTube también es patria.

Martes. Escucho una rara suite titulada Out of Doors de 1926 donde Bartok explora los graves, la alegría, la muerte y el ritmo.

Miércoles. Redes sociales. Chi puo dir com' egli arde è in picciol fuoco.

Miércoles, más tarde. Leo un artículo de Gumuncio que me gusta. Se titula “Buenos Aires como una ofensa.” En el universo de ese artículo, Buenos Aires, majestuosa, abierta, gana, y Santiago, provinciana, a merced de los terremotos y la cordillera, pierde. ¿Qué decir frente a esa postura que no puedo más que festejar de una forma algo irónica? Un fragmento del artículo, de sentida y sensorial prosa: “Santiago es el lado oscuro de la luna bonaerense, la ciudad que de un día para el otro se decretó metrópoli, primer gigante de un nuevo mundo sin pudor ni fronteras. Pampa, mar, Buenos Aires se inventó una inmensidad sobre las aguas pantanosas y algunos establos malolientes, ritualmente desvalijados por los indios y los gauchos montoneros. En Santiago la inmensidad está ahí: es la montaña que aplasta sin pedirle disculpas a nadie. Con la naturaleza de Buenos Aires se puede dialogar y pactar; con la de Santiago sólo se puede callar, y hay que agradecerle que no te mate. Y esa sordidez querida y nuestra de la que Borges habla en sus primeros poemas espera en Valparaíso, donde las ancianas son asesinadas por sus perros falderos y las brujas cuelgan, destripadas, de los desagües.”

La literatura chilena es una especie de tesoro violento escondido para todos, empezando por los propios y muy ignorantes chilenos y siguiendo por la mayoría de los escritores argentinos.

Jueves. Para presentar La fenomenología del espíritu, Antonio Gómez Ramos, el traductor de mi versión, dice que se trata de “uno de los libros más importantes de toda la filosofía” y agrega una lista de lectores famosos de La fenomenología entre los que destaca Kafka; “(...) el joven Kafka la leía con su amigo Hugo Bergmann en el salón de Berta Fanta.” Hegel en un salón de Praga. ¿Qué leían ahí ellos? ¿Cómo lo leían? Hegel intenta trabajar con “toda la conciencia humana y todo el saber del mundo”, dice Gómez Ramos. Y da a entender que los personajes que recorren como fantasmas el libro son Goethe, Napoleón, la Revolución Industrial, el Absoluto, la Consciencia, la Verdad, la Ciencia. En la tercer página de su presentación ya señala que “Es un libro que no se deja sustituir por un resumen o una interpretación: pero que de las últimas reclama y provoca montones, y es imposible leer el libro sin acompañarse de algunas de ellas.” Bien, el libro moderno y sus exégetas y divulgadores. Cuando termino mi lectura del día, para despavilarme de tanto superyo, escucho una adaptación para piano de Romeo y Julieta, la ópera de Prokofiev. Disfruto la canción, señorial, inteligente, seria, que les dedica a los Capuleto y a los Montesco.

Viernes. Leo a un escritor de policiales que le comunica al mundo su reciente nominación para un premio de morondanga. Ah, qué poderosa es la idiotez, qué poderes negros tiene la ignorancia. Ahí está la prueba, ahí, adelante de todos nosotros, de primera mano, viva, desafiante, inexpugnable, aterradora. Con ella alimentamos nuestro odio sí, pero ella ¿de dónde sale? Imposible decirlo, no tiene sentido, ni un poco de luz, es algo compacto, pringoso, opaco. Parece que Santo Tomás de Aquino alguna vez escribió “La justicia sin misericordia es crueldad, pero la misericordia sin justicia es el principio de toda disolución.”

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