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Por Juan Terranova. Las tradiciones son maleables. Todo se puede justificar desde la tradición porque la tradición es un fichero en el que está todo y del cuál podemos seleccionar lo que queramos, lo que más nos convenga, lo que creamos que nos puede ayudar. Borges se dejaba ganar por la ansiedad cuando hacía saltos de una tradición a otra, cuando justificaba y promocionaba exportaciones e importaciones. ¿Por qué? En una tradición, cualquiera, la más ruin, la más excelsa, están todas las tradiciones. Lo que vale, entonces, son las lecturas selectivas, las combinaciones, los olvidos, lo que se recupera y cómo se lo recupera.

 

¿Podríamos decir que Houellebecq es uno de los pocos franceses que lee bien la tradición de lo moderno? Digamos, mejor, que es un lector productivo de la modernidad francesa, de su ironía, de su decadencia, de su voluptuosidad. Su lengua avanzó mucho en autoexamen y celebración durante el siglo XX. Lo que hoy llamamos “teoría francesa” está en el centro de ese fenómeno. De Saussure a Lacan, de Deleuze a Derrida, las bibliografías obligatorias del mundo saben de lo que hablo. Y el barroco, que nunca se fue, ese merengue saturado, que se hace punzante, tentacular, vive en cada despacho académico. Eligiendo otro andarivel, los autores que recupera Houellebecq son Balzac, Flaubert, los Goncourt, por supuesto, pero también Fourier, Comte, Tocqueville. De fondo, un Émile Zolá transfigurado en su esencia pero percibido en intención. Y Baudelaire, mucho Baudelaire, con el que entra, de una nitidez cegadora, lo desagradable.

El trabajo con lo material, que siempre es corrupto y se corrompe, lo perecedero, la ansiedad erótica, la miseria del dinero y sus fantasmas y su sensualidad, tiene, todavía hoy, el favor del mercado de la novela. ¿Por qué? ¿Porque cuando leemos una novela no queremos saber cómo deben ser las cosas, sino como son? Contra el humanismo fóbico, lejos de los gabinetes, Houellebecq hizo regresar la novela francesa a la experiencia leyendo la parte execrable del placer que nos ofrece la modernidad. Se sacude así el lastre anegador del existencialismo. Ese aire de universidad, de abstracción, de beca escolar y distancia que tiene lo francés. Tautológicamente, lo desagradable no gusta. Y si se lo vende como desagradable pero no lo es, decepcionada. Por eso hay que trabajarlo. Así Houellebecq, que maneja una muy acabada artesanía del escándalo, también es diestro con la forma novela, la composición del francés y los tiempos bursátiles.

Aparte, escribió poemas. Insultó a Jacques Prévert. Jugó a ser cineasta. Desapareció y apareció. Se sacó fotos desnudo. Se volvió más excéntrico, más irritante, más visible. Consiguió un éxito que seguramente no buscaba pero que disfruta y sobre todo utiliza. En su repertorio de trucos está la ambigüedad de no juzgar y la intensidad de la duda. Así las cosas, tenemos aquí un novelista francés que vive de su personaje, que manipula a la prensa, que es universal a base de los contrastes entre turismo, Gran Capital, hipocresía y terror político. ¿Lugares retorcidos, retratos fríos? La novela argentina, que cada tanto cae en la desgracia insalubre de no decir nada, quizás debería volver a Houellebecq. Ya que, parafraseando Ciorán, si no podemos integrar su tradición, quizás, como hacemos casi siempre en la nuestra, logremos consagrarnos a sus restos.

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