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lovecraft

Por Juan Terranova @juanterranova Domingo. No puedo contar sobre mi vida laboral porque puede ser muy miserable y no quiero quejarme todo el tiempo. Y aveces no es miserable, como en este momento. (La queja es un género que no me sale bien.)

 

Lunes. Jünger publicó en los años 20 sus memorias de la Primera Guerra. A principios de los años 90 contaba que las leían como si fuera un libro escrito por otro. Parece que una vez le consiguió trabajo a un joven Hitler. Tiene un aforismo que dice: “No podés controlar quién te insulta pero sí quién te elogia.”

Lunes, más tarde. Irse al desierto, escuchar música, quemar cosas. La música te lleva a esa suspensión de la idea de futuro. Te mete en ritmo y relativizás todo. Muerte, vida, sexo. Baco lo sabía. De hecho, la cultura grecolatina dominó el mundo porque si vivís en esa parte del mundo no querés morir. Querés seguir ahí por el sol y el mar. Eso se siente cuando encendés un fuego en cualquier parte, pero en las playas del Mediterráneo, bailando abajo de las estrellas, el hombre quiere ser eterno. Las bebidas fermentadas, los tambores, coger, pintar los huesos de rojo. Esa es la cultura humana. Lo demás va en épocas y gustos.

Lunes, un poco más tarde. Hoy es feriado por los carnavales. Soy un viejo que habla de viajes inventados a la Patagonia en el Parque Rivadavia mientras come una naranja.

Lunes, medianoche. Algún día voy a andar en moto por las Malvinas.

Martes. Me puse Aliocha Coll como nickname en Twitter. Aliocha Coll fue un escritor español, nacido en Madrid pero criado en Barcelona, parisino por opción, médico de profesión, rentista y suicida. Se dice que estaba casado con una mujer de origen japonés. Lo que escribía era experimental, hermético y hasta cierto punto ilegible. Su nombre es un mito y no es mi héroe. Si lo saqué del semiolvido fue para señalar que la lengua escrita, sobre todo en las redes, no es otra cosa que opacidad, con mucha fuerza, un triunfo a medias en lo traslúcido.

Miércoles. Antes de elegir sus sonatas de piano o el concierto para cello en do siempre tengo un atisbo de duda. ¿No será Haydn un poco frío? Cuando lo escucho me doy cuenta que tiene más que ver con mi estado de ánimo que con su música. Pero tampoco estoy seguro del todo. Ahora bien, una vez que comienzo a escucharlo me quedo ahí, no lo cambio, me quedo hasta el final, en la llamada de ese anacronismo clásico.

Jueves. Cuando no logro escribir, cuando no me puedo concentrar perdí las ganas, o estoy desconcertado, releo el prólogo, muy breve, de Piglia al libros de poemas de Ricardo Carreira. Ahí usa esta frase: “La cultura contemporánea está en manos de profesionales y los profesionales de la cultura están al servicio del poder.” (Leí algunos poemas de Carreira y me parecieron de una mediocridad evidente. Pero Piglia es tan preciso y astuto leyendo que los transforma, al poeta y a los poemas, en algo misterioso y magnético.) Otra cosa que hago es escuchar las sonatas de piano de Prokofiev tocadas por Richter.

Jueves, más tarde. Victor Hugo recibió muy joven una pequeña renta por escribir poesía. Lo leí hace mucho tiempo y de alguna manera siempre me incomodó. Pero, desde ya, era un escritor oficial, la figura emblemática del escritor oficial del siglo XIX. Ahora encuentro un párrafo de 1848 donde, frente a una propuesta ministerial de recortar fondos para cultura, se explaya así: “Afirmo, señores, que las reducciones propuestas en el presupuesto especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas Son insignificantes desde el punto de vista financiero y nocivas desde todos los demás puntos de vista.”

Viernes. Hace un calor muy húmedo. En Italia también hace calor en verano pero nunca tenés esa sensación de que bajó el camalote lleno de víboras a tu cuerpo. Ahora mismo alguien abre la puerta de una casa en Paraná y del otro lado está Lovecraft. Un título: “El hombre que esperaba a Lovecraft.” Supongo que en Providence el verano se pasaba escuchando discos y secándose la frente con un pañuelo blanco. Hoy en día, cuando cae el sol, pueden citarse en el Lovecraft Memorial Square.

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