ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE JÓVENES NARRADORES
Presentando los 90

Uno a unoPor: Juan Terranova. No se vio cocaína en los baños. Esta ausencia decía dos cosas: los 90 quedaron definitivamente atrás –el libro que se presentaba daba la idea de paquete bien cerrado, caja de pandora style– y a nadie le interesaba recrear ese momento más que en plan de bizarra excursión literaria a un pasado reciente. Así, el miércoles 25 en Podestá, Armenia al 1700, entró en sociedad Uno a uno, la tercera antología temática de la serie con la que Mondadori viene presentando jóvenes narradores. Acá, lo que se vio desde el llano.

Música

Cuando llegué, operadores culturales de tiro corto, críticos literarios part-time, sociólogos insatisfechos y sobre todo narradores del palo disfrutaban pizza (abundante) con champán (escaso) y la música paraba para que Glenda Vieites –la editora más linda e inteligente del mundo– introdujera a Félix Bruzzone que leyó un texto de su autoría. Nadie les dio mucha bola. Estaba programado Leo Oyola, autor de la pieza dramática Tony Plana, incluida en el libro, pero una terrible gripe invernal lo retuvo en su casa. Bruzzone acaba de publicar en Editorial Tamarisco un libro de relatos o novela torsionada de título 76 y se lo veía, como casi siempre, más allá del bien y del mal. La gente quería música fuerte, tomar, encontrarse y charlar un rato.

Generación

Un dato interesante: el trazado sincrónico era perfecto y blindado. Salvo por la presencia alentadora de Sergio Bizzio, que acompañaba a Lucía Puenzo, no se vieron autores mayores de cuarenta años. La falta de maestros o chaperones motivó comentarios laterales.

— Esto parece una fiesta de viaje de egresados —comentó, filoso, un comensal.

La media estaba clavada en los treinta y dos, treinta y tres, como mucho. Incluso varios nombres que ya empiezan a sonar, todavía se preservan en la curva de los veinte largos. Dios los bendiga.

Mapas y blogs

— Las antologías forman mapas— trató de sintetizar un editor independiente, retirado de la semi-pista de baile.

— Mapas siempre incompletos —remarcó un poeta avejentado que seguramente había derivado de casualidad al evento.

— Si no están acá, están en los blogs. No es tan difícil —respondí yo.

— ¿Y si no están en los blogs?

Una periodista enterada y con larga trayectoria en medios de cabotaje respondió por mí.

— Están en su casa, lugar del que deberían ir saliendo porque este asunto viene social y el mito del escritor encerrado ya no le interesa a nadie.

Al piso veintiuno, por favor

En la mitad de la noche un borrachín simpático me lo dijo bien claro:

— Vos, Terranova, para hacer un asado, prendés fuego una casa.

Por ahí vamos. La famosa economía del gasto.

— Todavía vivimos en una América salvaje —se me ocurrió responderle.

No era defensa ni ataque, más bien se trataba de un síntoma.

Sobre el final, quedó claro que si no hubo peleas de puños a la salida y nadie vomitó atrás del decorado, el asunto había sido un éxito. En la calle, seguía el diálogo sobre el juego de la meritocracia y el sistema de consagración porteño.

— Hay que ambicionar más, che.

— Yo voy por el ascensor, man, no da seguir usando la escalera de servicio.

— Nosotros somos mucho más relajados…

— Me cago en el “viva la patria”.

Demasiado.

La noche ya estaba cerrada.

Pero la frase del ascensor me quedó. A mí también habiendo ascensores, me dan pereza las escaleras de servicio. Aunque el propietario no se responsabilice y, cada tanto, uno se quede atrapado frente a un espejo, el riesgo vale la pena.

{moscomment}