UN AUTOR, DOS LIBROS Y ALGUNOS RECUERDOS
Masotta como un espejo que se mueve

Introducción a la lectura de Jacques LacanSexo y traición en Roberto ArltPor: Juan Terranova. La librería Eterna Cadencia inicia sello propio con dos libros de Oscar Masotta. Se trata de dos guiños bien claros y definidos. Por un lado, Introducción a Jaques Lacan, es bibliografía obligatoria para el mundo del psicoanálisis. Por el otro, el rescate, muy esperado, de Sexo y traición en Roberto Arlt, un ensayo simple y directo, determina la tradición de los lectores libres de Arlt.

Primer contacto

Mi primer contacto con Masotta fue una noche de viernes en el living de mi casa. Mi madre había invitado con una copa a sus colegas psicoanalistas, unos tipos más bien aburridos. Yo estaba cursando el CBC, estudiaba de noche los rudimentos de la semiología como si fueran la palabra revelada y, pese a la invitación, había decidido no quedarme al evento. Entonces, un tipo canoso y más bien grueso, empezó a hablar bajando línea, increpando la pasividad de los demás, desautorizando con probidad el discurso académico. En la amable y meliflua conversación psi, su discurso era sólido, picante, escandaloso en el buen sentido. Retuve hasta el día de hoy una frase: “Si me masturbo, me da placer por lo menos. Pero, la masturbación intelectual de los claustros universitarios, ¿qué placer me da?”. No recuerdo qué hacía mi viejo. Mi vieja se indignaba y se reía por partes iguales. Cada tanto García citaba a Masotta. “Por qué Masotta… No nos olvidemos que Masotta…”. Y ahí fue que dije: “Bueno, a estos hay que leerlos”.

En la biblioteca

Apenas un año más tarde, la segunda escena es en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras. La luz de quirófano, la mirada idiota de los bibliotecarios, la burocracia, no empañaban el encuentro con las fotocopias de Roberto Arlt, yo mismo y Sexo y traición… Jorge Panesi enseñaba las mil y una formas de la impostura intelectual argentina, algo muy útil, visto en perspectiva. Mientras tanto, yo descubría que había una forma argentina de hacer ensayo negro, sin la inercia impostada de la academia, digamos, con la hybris de ficción. El mito Masotta decía que era sordo, autodidacta y fóbico. Había un pibe en mi clase de teoría que tenía el libro, reeditado por Centro Editor en 1982. En la tapa había una lata de conservas abollada y abierta. Se lo envidiábamos porque no se conseguía.

El arte de titular bien

Sexo y traición en Roberto Arlt se publicó cuando Masotta no había hecho su pase al psicoanálisis lacaniano. Todavía era una crítico literario sartreano, un francotirador de la filosofía, para decirlo de alguna manera. Desde las seis palabras del título se marca una lectura que incluye una de las primeras traducciones del existencialismo francés al dialecto argentino (del otro lado está la pipa siempre apagada y seca de Abelardo Castillo), una breve pero acabada diatriba contra las taras de la clase media (la otra, más rústica, es la de Jauretche) y un sofisticado rescate de la figura de Arlt de las manos torpes del comunismo vernáculo (el otro pertenece a David Viñas). Pero el filtro con el que Masotta lee a Arlt se estira sin problemas hasta la potencia narrativa de Fogwill, el programa revoltoso de César Aira y los temas del héroe canónico Osvaldo Lamborghini. 

Clase media

Sexo y traición en Roberto Arlt es un texto que todavía rinde. El lugar común crítico dice que se escribió a la sombra del San Genet de Sartre. El mismo Masotta aceptaba esa genealogía. Eso no significa, por supuesto, que el resultado no sea ácidamente argentino. Sin ir más lejos, ¿no tiene genuinos rebotes en el año 2008 la forma en que Arlt le sirve de palanca a Masotta para describir la clase media argenta? “Una clase obligada al cinismo, a la ridiculez, a la mentira –escribe Masotta–; es seguro que si le hubieran preguntado a Arlt que definiera a la clase media hubiera contestado: histérica. Un conglomerado de individuos temerosos, temblorosos, comediantes, inocentemente mentirosos. Es que en una sociedad en la que el hombre se define por lo que tiene, gran parte de ella queda condenada a ocultar lo que no tiene, esto es, que debe resignarse a incursionar por el penoso e interminable camino de la hipocresía”. (Para los puristas de la lengua y los alcahuetes neuróticos, el párrafo también deja constancia de la sintaxis arrevesada y lindera con el error de Masotta. No fue menor este detalle en mi aceptación juvenil del libro, cuando las chicas aplicadas de la carrera de Letras –muchas de ellas heterosexuales de género masculino– forjaban la máxima “si vas a escribir, escribí bien”.)

Despecho

Cuando Interzona lo reeditó, leí por primera vez Operación Masotta de Carlos Correas. Antes había tenido noticias de ese texto por el excelente ensayo Arlt, Profeta del miedo de Elsa Drucaroff. Operación Masotta, tan ambiguo y raro como un panegírico en contra, me sorprendió. Correas ataca a Masotta, pero se que en el fondo de sus neurosis –y no tan en el fondo– sabe que le debe, sabe que está en deuda. No me pasa lo mismo con Sebreli. Encuentro sus ataques pueriles, infundados y antipáticos. El despecho de Correas produce una narración crítica atractiva y sensual. El de Sebreli, la prosa burda del resentimiento más lato. Una comprende mucho, la otra demasiado poco.

Prólogos

El prologo de Luis Guzman que la gente de Eterna Cadencia elige para Sexo y traición… es malo y vale apenas por la firma. Su único aporte es un ejercicio de nostalgia más bien bobo. Pero el prólogo de Germán García a la introducción es excelente. Refiriéndose al pase de Sartre a Lacan, García escribe: “No hay aquí “evolución”, hay un salto sostenido por el background anterior, por lo que sabemos, un cambio de posición irreversible. Es el momento en que Masotta encuentra un deseo decisivo (lo que no entienden sus amigos Carlos Correas y Juan José Sebreli, que ven en este salto una entrega a la “frivolidad” de un ambiente de vanguardia, recelado por los “comprometidos”). No se trata de frivolidad sino –como él mismo lo subraya– de sofitiquería, palabra que condensa los sofismas, los sofistas y la sofisticación”. En el primer capítulo del libro, Masotta escribe: “La sinceridad oculta muchas veces el desprecio”. Esa sola frase vale la lectura del libro.

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